Opinión
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El mayor Félix Serdán
Luis Hernández Navarro
C

on 72 años de edad, don Félix Serdán decidió que era indio. Buscó en sus raíces, como se lo sugirió Andrés Segura, capitán mayor del grupo Xinastli, y concluyó que si su abuela Tiburcia Quevedo, de la comunidad de Coatetelco, en Morelos, hablaba náhuatl y se curaba con medicina tradicional, él era indígena.

Ya mucho había caminado don Félix para ese entonces. Nacido el 19 de enero de 1917, apenas 24 horas antes de un combate cercano al paso del río de su pueblo, Galeana, comenzó a luchar, armado, desde los 18 años. Fue el menor de 13 hermanos. Su padre, trabajador rebelde de una hacienda cercana a Zacatepec y revolucionario zapatista, víctima del odio carrancista, gestionó en 1920 la dotación del ejido Galeana.

Don Félix cursó hasta cuarto año en el Instituto Benjamín N. Velasco en Querétaro. En 1933 siguió sus estudios en la colonia Peralvillo, en la ciudad de México, apoyado por Pedro, uno de sus hermanos. Pandillero juvenil, dejó las malas compañías, el tabaco y el alcohol después de una crisis de conciencia.

Conoció al legendario líder Rubén Jaramillo en 1930, cuando éste era ministro de la Iglesia metodista. Su vida estaría marcada por ese encuentro. Seis años después, él mismo entró a un seminario de esa Iglesia, donde estuvo seis meses. Salió de allí decepcionado porque los maestros apoyaban a quienes tenían vocación de oradores aunque su conducta fuera inapropiada. Él no lo era. Se consideró no apto para engañar ni para engañarse y les dijo adiós.

Junto a Jaramillo participó en el paro obrero-campesino del ingenio de Zacatepec en 1942. Un año después se fue al monte con el grupo guerrillero, hasta que fue herido y capturado por el Ejército. Con una máquina de escribir a cuestas, participó en la elaboración del Plan de Cerro Prieto. Sus demandas –explicó– son las mismas que después enarboló el EZLN. Íntegro, rechazó los ofrecimientos de ayuda que le hizo el presidente Manuel Ávila Camacho.

Don Félix promovió la organización del Partido Agrario Obrero Morelense (PAOM) en 1944, que postuló en dos ocasiones a Jaramillo para la gubernatura del estado, y defendió a trabajadores y labriegos.

En 1945 se fue de bracero a Nueva York, pero no quiso seguir trabajando allí. De regreso en México, y sin haber tomado curso alguno en la normal, lo nombraron maestro, primero de escuela unitaria y después jefe de sector. Los maestros –como se lo dijo un policía– son el paño de lágrimas de los campesinos. Él era las dos dos cosas simultáneamente. En 1955 fue par­te del comité de huelga de un paro magisterial en el estado.

Cuando en 1954, perseguido y hostigado por los caciques y el gobierno, Jaramillo se vio obligado a levantarse nuevamente en armas, el maestro Serdán no lo acompañó. Sin embargo, no perdieron el contacto y él estuvo siempre dispuesto a cumplir las tareas que fueran necesarias desde la trinchera civil.

En esos años –cuenta don Félix– Rubén tuvo que andar en una especie de clandestinidad para ayudar a las luchas legales y pacíficas de los pueblos. “Yo –puntualiza– me colocaba dentro de las filas de los pueblos, formaba parte de la resistencia civil.”

El 23 de mayo de 1963 Rubén Jaramillo fue asesinado sanguinaria y traicioneramente por el gobierno. Su cuerpo, el de su esposa Epifania y los de sus hijos fueron encontrados al pie de las ruinas de Xochicalco. Lo sepultaron como se hace con un hombre íntegro, incorruptible, luchador por los derechos del pueblo: con la bandera nacional cubriendo el féretro.

Para Félix vinieron años de exilio. Oculto en la ciudad de México, conoció a José Revueltas, a Othón Salazar, a Rubelio Fernández, a militantes de la Liga Comunista Espartaco. Aprovechó ese tiempo para leer y formarse políticamente. Después de un breve regreso a su pueblo tuvo que refugiarse nuevamente, ahora en Ciudad Juárez.

De regreso en su región fue hecho comunero de Tzompahuacán, en el vecino estado de Puebla, en 1972. Infatigable, comenzó entonces a hacer trabajo político en ejidos y comunidades. En 1980 participó en la fundación de la Unión de Ejidos y Comunidades del Sur de Puebla en 1980. Desafiando a los gatilleros del narcotráfico, en tres años la organización rompió el dominio de los caciques de la región. Lograron acuerdos sobre las tierras, desplazando a los ganaderos.

Como integrante de la Unión de Pueblos de Morelos participó en 1989 en una reunión de pueblos indios, celebrada en el marco de lo que serían las jornadas por los 500 años de resistencia en 1992. Fue en estos afanes que rencontró sus raíces indias y se puso al frente de la lucha de los pueblos originarios.

Cuando en 1994 estalló el levantamiento zapatista, don Félix se sumó jubiloso a la causa rebelde. En abril de ese año viajó a Chiapas para entregar a los mandos un documento llamado Declaración de Morelos, elaborado por varios grupos de la entidad. Allí fue nombrado mayor insurgente honorario del EZLN y pasó revista a 85 combatientes.

Incansable, una y otra vez, el mayor Félix Serdán explicaba a campesinos e indígenas, en foros y reuniones, que es necesario luchar por un cambio profundo del sistema autoritario y criminal del PRI, que es el que permite que se creen fortunas a costa del hambre y la miseria que sufre el pueblo, en beneficio de unas cuantas familias que se hacen millonarias. Ese cambio –insistía– debe empezar por uno mismo, pensando siempre en el beneficio de todos, luchando contra la mentira, la ambición y el egoísmo que impera también en los partidos de oposición.

En El corrido a Rubén Jaramillo, una de las canciones mejor logradas del cantautor José de Molina, se dice: Tres jinetes en el cielo / cabalgan con mucho brío / esos tres jinetes son: / Che, Zapata y Jaramillo. A ellos se les sumó con 98 años de edad el pasado 21 de febrero el mayor Félix Serdán.

Twitter: @lhan55