Opinión
Ver día anteriorLunes 2 de marzo de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Andanzas

El brinco en Morelos

C

omo todos los años, antes de que empiece la cuaresma se celebran los famosos carnavales, costumbre que, con pequeñas variantes, se ha preservado en el mundo entero como los rituales más antiguos y acendrados en la historia de la humanidad. Es la gran fiesta ancestral del fin del invierno y el renacimiento de la tierra.

Es el tiempo de la renovación de la vida. Bosques y selvas, la tierra misma, empiezan un nuevo ciclo; es la época de la fertilidad, de la siembra. Es la esperanza de seguir viviendo, y esto, es algo sumamente importante, respetado y celebrado por toda criatura del globo terráqueo.

Es el ciclo de la vida. Hombres y animales durante tres o siete días muestran la alegría de su llegada. Es felicidad que se traduce en las celebraciones y el regocijo de los carnavales, en los que prácticamente se vale todo: ritual, juego, misterio, broma, danza, música, cantos y risas; por doquier se bebe y se come. Se puede ser quien no sé es y juguetear al misterio o la tomadura de pelo; es atreverse a hacer lo que normalmente no se haría, pues se permite, aunque la sociedad ha sabido encontrar sus límites. Es el reventón, la libertad total, al menos algunos días al año.

El carnaval es el desfogue; dejar salir los deseos contenidos por las costumbres, la educación o el peligro, y rebasar todo eso. Créanme, parece ser sumamente divertido.

En Tlayacapan, pequeño pueblo entre Totolapan y Oaxtepec, vecino de Tepoztlán, en Morelos, el comienzo del carnaval se da con el famoso brinco; este lugar es la cuna de esa danza, a ritmo de metales y tambores. Los intérpretes utilizan un atuendo que surgió a fines del siglo XIX. Se enfundaban en una especie de túnica de manta blanca, la cual llevaba cintas azules alrededor de la parte baja y al principio de las mangas. En la cabeza usaban una especie de cubeta de cartón colocada al revés, a modo de sombrero, con cintas de colores y una gran pluma de avestruz. La vestimenta incluía una máscara de barba picuda, grandes cejas negras, con claro parecido a los rostros de los españoles, con cierta mezcla de rasgos árabes, según dicen, para burlarse de los gachupines.

De hecho, el traje ya no se usa con tales materiales; ahora la túnica es igual a la que utilizan personajes de Tepoztlán; está confeccionada en terciopelo de distintos colores, y los sombreros de cubeta están forrados de canutillo y lentejuelas; tienen vistosos diseños, de acuerdo con el gusto de cada persona. Honor y fama que corresponde al famoso Diablo, campesino que borda y hace los mejores tocados del estado, según dice la leyenda.

La música y la danza del brinco se acentúan verdaderamente con una especie de brinquito girando de lado a lado golpeando unas sonajas rítmicamente en una suerte de escandalosa algarabía que recorre los barrios y plazuela seguida de vecinos y visitantes, que también bailan, aplaudiendo o jugueteando. Así, la danza del brinco va recorriendo con sus cuadrillas y banderas representantes de cada barrio, mientras las mujeres salen de sus casas y ofrecen mole y antojitos deliciosos en medio de una furiosa alegría que termina de regreso a la plaza y la presidencia municipal, hasta elevadas horas de la madrugada.

Al día siguiente se escuchan los ritmos del brinco desde mediodía, como si la fiesta nunca se hubiera detenido.

Al final de los tres arrolladores días de danza, música, comida y bebida, el pueblo de Tlayacapan, amado y querido, hoy elevado a la categoría de pueblo mágico, parece entrar en una calma chicha y reposo bien merecido.

Los jóvenes han desfogado su energía con todo furor, pero pocos son los que se disfrazan de danzantes del brinco; los padres dicen que ya no les gusta ponerse la túnica, máscaras y de más, que prefieren bailar con sus jeans y sus camisas o playeras de llamativos colores.

Tal vez la costumbre empieza a languidecer debido a que la juventud quizá ya no comprende que la diversión y la tradición son absolutamente compatibles.

Así, luego de tres días de celebración y hartazgo alimenticio, con sus bebidas acostumbradas, la paz vuelve a este pequeño pedazo de vida rodeado de las imponentes montañas de la sierra morelense, donde aún se respira el aroma de Zapata. Esos cerros son mudos testigos de la epopeya de pueblos que sobreviven a como dé lugar en las páginas de la historia.