Opinión
Ver día anteriorSábado 14 de marzo de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Genealogías de lo local
Ilán Semo
L

o global se estrecha. ¿Qué es hoy día un paraje? Un paraje, una cuadra, la calle en que crecí, la esquina que veo desde la ventana, el edificio de enfrente que se ha robado el cielo son la deriva de una historia subterránea: una historia de obliteración, de sentidos que se contraponen, de enmudecimientos y confrontaciones de una extraña violencia.

Hay un pasado que las maquinarias de la innovación –el vértigo sobre el que descansa el poder– quieren hacernos olvidar: que las ciudades perdidas devastaron al campo, que las colonias bien confinaron a las ciudades perdidas y que la ciudad tumultuosa, ensordecedora, ha devorado todo. El paisaje urbano que recorremos a grandes velocidades o caminando presurosamente, absortos en las multitudes del Metro o ensimismados en las peseras, guarda la semejanza con un espectáculo irreal porque en él se ha evaporado la vida, y ya nada en él parece dar vida. La ciudad ha devenido un laberinto de desiertos y monólogos, islas de monólogos sin eco (como en el poema de Gorostiza), trazadas por la cotidiana prisa de quienes huyen a sus casas.

¿Qué ha sido de lo público?

¿Quién podría, con excepción de algún turista, pasear por las calles de la ciudad sin sucumbir a la sensación de que una violencia acecha? Lo público es hoy un espectáculo cuadriculado, vigilado, construido para ser exhibido y no apropiado. Lo público ha devenido parte de la decoración de los malls, de los nuevos edificios de gobierno que se antojan como fortalezas medievales o búnkers antiaéreos, un lugar donde los únicos que se pasean por sus fríos espacios son los vigilantes, que a su vez son vigilados por las cámaras de otros vigilantes.

No es inexplicable que los paisajes virtuales sean hoy mucho más amables. El iPad, la lap top, la televisión, los audífonos que clausuran a los oídos en sí mismos, representan el sistema de una nueva intimidad. Una intimidad de la absorción, de la clausura de las relaciones que nos entrecruzan con los otros. Un sistema basado en la diseminación del concepto esencial del idiota moderno: aquel que no tiene otro remedio más que resignarse a que el pensamiento y la vida sean considerados como unidades privadas.

Lo local se encuentra hoy en ese sistema de ensimismamiento de la pantalla digital, de la navegación por el Internet, donde los posibles jamás devienen reales, donde la televida ha desplazado a la vida, donde todo es concebible menos actuar. Y es ahí también donde lo local se encuentra con lo global.

Zonas de feudalidad. Hay 17 comisiones en el Congreso que, no obstante los reclamos para su disolución, se mantienen inactivas. Las comisiones de Minería, de Energías Renovables, Automotriz, de la Cuenca de Burgos, de la Industria Manufacturera y Maquiladora de Exportaciones, de Puertos y Marina Mercante, de Seguimiento al Programa Especial Concurrente para el Campo y otras más. El argumento para su disolución es que no existen fondos en el Congreso para financiar sus labores. Un argumento curioso. Fondos existen, por supuesto, pero para financiar las dietas de los diputados, el creciente presupuesto del INE, el multimillonario gasto en propaganda electoral. El problema es hacia dónde se canalizan esos recursos.

Si se observa la materia de cada una de las comisiones, cada una de ellas trata problemas que representen los focos más rojos de la política nacional. Tan sólo en la Cuenca de Burgos han sido desplazados más de 40 mil pobladores por el avance de las compañías de fracking y la violencia del crimen organizado. Cuando cabezas rodantes aparecen en las ciudades de la Cuenca, no se trata de un ritual demoniaco de bandas criminales, sino de ahuyentar a la población, de obligar al abandono de los terrenos. En los últimos siete años, a partir del sexenio de Felipe Calderón, se concedieron más de 300 concesiones a compañías mineras. Son auténticos símiles de la empresa que protagoniza Avatar, la película, donde una industria de extracción de recursos naturales llega con su propio ejército a pacificar a sus extraños pobladores que han iniciado una revuelta contra la compañía. Las mineras canadienses y estadunidenses han propiciado una reconfiguración completa del espacio social constituyendo micro-estados de excepción. ¿No es éste el problema que debería investigar una comisión de Minería en el Congreso? Pero nada. No hay presupuesto para dedicarse a la única actividad que podría acarrear un mínimo de legitimidad a un Congreso que ha renunciado por completo a intervenir de alguna manera ahí donde no es que lo local se cruce con lo global, sino que lo global crea lo local con una violencia y una arbitrariedad impresionantes.

Cuando hoy se llama a no votar, es decir, a preparar el no voto, no se trata más que del último gesto ciudadano coherente para tratar de vaciar de legitimidad lo que no parece contar ya con legitimidad alguna.