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Razón de ser. Una selección
E

l estudio de la investigadora Ana Garduño titulado El poder del coleccionismo en arte: Alvar Carrillo Gil, publicado en la colección Posgrado de la UNAM en 2009, ostenta en la portada un retrato del doctor y coleccionista yucateco por Siqueiros. No es uno de sus retratos más famosos, pues fue considerado en ese momento (1951) por su autor como anticipo para un futuro retrato que no llevó a cabo. Se exhibe junto con otras piezas seleccionadas por Carlos E. Palacios en la exposición que da título a esta nota.

Según Ana Garduño, Siqueiros consideró esta pieza un bosquejo no terminado y así lo firmó. El doctor Carrillo encargó al pintor el retrato de su mujer, Carmen T. de Carrillo Gil, que es impactante y que también se encuentra exhibido e igualmente se exhibe el de la misma modelo por José Clemento Orozco, ambos de 1944. Son tan distintos los dos encuadres o enfoques, que el visitante interesado en retratos no puede menos que preguntarse acerca de la forma en que un pintor percibe y representa a una mujer de alcurnia (puesto que se trata de la esposa de su coleccionista). Vale la pena el intento de un comentario por parte de quien los contempla a décadas de distancia.

Siquerios representa a la señora, todavía joven, casi de frente, sentada, con el pelo claro suelto de un lado, formando ondas contrapuestas muy elaboradas; la boca netamente delineada, casi en forma de corazón, labios cerrados intensamente rojos. Este es el tono más saturado que ostenta el retrato, cuya expresión, según mi sentir, resulta un poco temible y no me extraña que el coleccionista no haya encontrado muy de su agrado esta versión de su mujer, sobre todo si lo que traía en la mente como recuerdo de retratos femeninos realizados por Siqueiros se relacionaba, verbigracia, con el retrato de María Asúnsolo bajando una escalera (colección del Museo Nacional de Arte), que parece una aparición o aun con los retratos en los que aparece sólo la cabeza de la modelo, como el que le hizo a Lola Álvarez Bravo.

Doña Carmen aquí es prototipo de dama de la alta burguesía mexicana, pese a que no ostenta joyas y a que su ceñido atuendo es sumamente sencillo. El aspecto general de la mujer es, además de vigoroso (según expresión de Jorge Juan Crespo de la Serna), hasta voluptuoso en cuanto a corporeidad. Una presencia puede ser llamativa y aun voluptuosa, aun y cuando no se trate de un desnudo, y así ocurre aquí, cosa que se ve acentuada por el énfasis puesto en los ojos de la modelo, que en su persona estaban demasiado delineados con pintura; son ojos se diría que poco piadosos. Así vio Siqueiros a su modelo en ese momento.

Casi frente a esta rotunda pintura se encuentra el retrato de la misma dama por Orozco, que me parece discreto en comparación con el descrito. Orozco la captó de perfil y puede uno deducir que quizá no necesitó que su modelo le posara más que por un lapso breve en el que le tomó los lineamientos esenciales. La figura termina justo en la cintura, dejando ver los antebrazos, que teminan en unas manos entrelazadas. Estas se constituyen en motivo muy principal de la representación, se antojan algo crispadas.

Orozco fue gran pintor de manos. El perfil de doña Carmen es correcto, sin ser bello; la sección de la boca es tan roja como la del retrato de Siqueiros, y el ojo visible (el izquierdo) se percibe igualmente recargado con delineadores y sombras. El atuendo es blanco tipo camisero, pero a la moda del momento. Tampoco hay joyas de ninguna especie, excepto el arete visible de media perla. La dama mira de frente y no se recarga en la silla en la que está sentada. Es un retrato muy digno, pero el pintor no trató de introyectar su visión anímica de la modelo, como lo hizo, verbigracia, en el retrato de la señora Siquelianos.

El doctor Carrillo no se hizo retratar por Orozco; tal vez le dio un poco de miedo hacerlo, si observamos la fisonomía de las tres cabezas que se exhiben, pintadas en Nueva York con intenciones francamente irónicas y críticas, aunque no se trata de fisonomías caricaturizadas. Entre las obras de Orozco que se muestran hay un retrato muy peculiar de Dolores del Río, también de 1944, vista de frente, con ojos alucinados, demasiado abiertos, que no favorece a la diva, quien también posó para Diego Rivera.

Dentro del conjunto exhibido de la rica colección, el museo destaca, sobre todo, a mi parecer, el conjunto de Günther Gerzso, con el que se abre la exposición. Parte de estas obras le fueron inspiradas al pintor durante un viaje a Grecia y el paisaje denominado Eleusis, que se ha visto exhibido en muy contadas ocasiones, destaca por su lirismo casi romántico, en esa etapa en la que el pintor fue gestando su modalidad geometrizante por la que mayormente lo distinguimos a partir de la segunda mitad de los años 50. No conocemos bien la razón por la cual el coleccionsita yucateco dejó de adquirirle obra en épocas posteriores, probablemente se debió a que gustaba de entablar relaciones amistosas con los artistas a quienes coleccionaba y Günther Gerzso no fue proclive a brindarlas. Se dirá que Orozco, a quien le adjudicaban el apodo de El Abrojo, fue menos propicio, pero no fue ese el caso.