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La Muestra

Mentiras blancas

Foto
Fotograma de la cinta neozelandesa dirigida por la mexicana Dana Rotberg
T

rece años después de Otilia Rauda, la directora mexicana Dana Rotberg, radicada en Nueva Zelanda, regresa a la realización con Mentiras blancas (White lies), producción ambientada a principios del siglo pasado en una población rural neozelandesa fuertemente dominada por el prejuicio racista. Basada en el breve relato Medicine woman, del escritor maorí Witi Ihimaera (coguionista de la cinta y autor también de un título muy popular, La leyenda de las ballenas/Whale rider), la cinta de Rotberg explora los dilemas morales que suscita el trabajo de Paraiti (Whirimako Black), una curandera maorí especializada en resolver problemas difíciles de parto, capaz también de interrumpir, sin complicaciones mayores, embarazos no deseados. Todo en base a una medicina ancestral cuestionada por las autoridades occidentales.

Cuando Rebecca Vickers (Antonia Prebble), una dama prominente de la sociedad inmigrante europea recurre a sus servicios para poner fin al embarazo que pone en riesgo su posición social, el primer impulso de una Paraiti, aún agraviada por el asesinato de su padre por parte de colonos blancos, es negarse a ayudar a la petulante joven acaudalada. Sin embargo, una trama paralela muestra el fracaso de la curandera en su intento por salvar la vida de un bebé maorí en un parto difícil, y la necesidad de compensar dicha pérdida restituyendo a la madre tierra una existencia nueva y logrando el equilibrio espiritual que al parecer exigen los ancestros. Con este fondo donde se enfrentan agriamente los prejuicios coloniales y una espiritualidad indígena continuamente vilipendiada, surge el drama central de la trama, la revelación de un inconfesable secreto familiar en el hogar de los Vickers, mismo que sacude las certidumbres de Paraiti y desencadena conflictos morales relacionados con cuestiones de raza, cultura y género.

El manejo que hace la directora, en colaboración con el novelista maorí, de los contrastes culturales, constituye el atractivo principal de una cinta sin mayores relieves en el terreno de la rea- lización y de la ambientación local (demasiado teatral la primera, lamentablemente acartonada la segunda). Ardua empresa la de dar mayor realce dramático y formal a una cinta que aborda temas tan vigorosos en el país productor de cintas como El piano (Jane Campion, 93) y Somos guerreros (Once were warriors, Lee Tamahori, 94). Difícil ser profeta en su propia tierra; más azaroso aún en tierra lejana.

Se exhibe en la sala 1 de la Cineteca Nacional. 12 y 17.30 horas.

Twitter: @Carlos.Bonfil1