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Jamás Hamas
E

n mi pasado artículo dije que el primer ministro de Israel, Benjamin Bibi Netanyahu, era un travieso. Ahora me doy cuenta de que me quedé corto. En vísperas de las elecciones el pasado 17 de marzo mostró una cara muy dura al anunciar que no pondría fin a los asentamientos de israelíes en los territorios ocupados y que no habría un Estado palestino independiente mientras él fuera primer ministro. Esas declaraciones estuvieron dirigidas a los grupos más conservadores de la coalición que lo llevó al poder.

El mismo día de las elecciones Bibi alertó al electorado judío que los árabes israelíes estaban siendo acarreados a las urnas en manadas por organizaciones de izquierda. En el espacio de 24 horas Netanyahu reiteró en público lo que tanto le había molestado en privado al presidente Barack Obama en su primera entrevista en 2009 e insultó a sus conciudadanos árabes. Luego negó que hubiera abandonado el principio de dos estados y pidió perdón por sus excesos verbales.

Surtió efecto la táctica de Netanyahu, ya que se tradujo en una importante victoria electoral que lo convertirá, entre otras cosas, en el primer ministro más longevo de la historia de Israel. Pero el oportunismo político de Bibi y las connotaciones racistas de su comentario sobre los árabes israelíes ya han tenido un impacto negativo en parte de la opinión pública en Israel y en muchas organizaciones de derechos humanos, en agrupaciones judías en Estados Unidos y en su propio Congreso. El apoyo del Congreso estadunidense a Israel era total. Sólo cabe recordar el respaldo unánime de ambas cámaras en julio del año pasado a los ataques contra Hamas en Gaza.

Lo anterior también se reflejó en la creciente impaciencia de la Casa Blanca con Netanyahu. El enojo de Obama por el discurso del primer ministro ante el Congreso 15 días antes (en el que intentó socavar las negociaciones de Washington con Teherán sobre el programa nuclear iraní) se transformó en un profundo malestar que podría repercutir en el apoyo bilateral a Israel y en su defensa tradicional en los foros internacionales.

El primer ministro Benjamín Netanyahu ha dado señales inequívocas de que no tiene la mínima intención de modificar la política de su gobierno hacia los palestinos: continuarán los asentamientos en los territorios ocupados y no habrá negociaciones de paz que puedan resultar en un Estado palestino independiente.

La llamada tesis de los dos estados en Palestina se planteó en la ONU en 1947, cuando su Asamblea General puso fin al mandato británico y aprobó un plan para la partición de ese territorio en dos estados –uno árabe y otro judío–, pero con una unión económica.

Los dirigentes judíos aceptaron el plan pero los árabes lo rechazaron. Así nació el Estado de Israel y así se iniciaron las casi siete décadas de conflicto y guerras intermitentes.

Es obvio que la historia de Palestina hubiera sido muy distinta si sus habitantes árabes hubieran aceptado el plan de partición y la creación de dos estados. Es obvio también que al rehusarse a aceptar la existencia de Israel (y recurrir a una lucha armada) los palestinos se equivocaron.

Durante décadas, pero sobre todo después de la guerra de los Seis Días, en junio de 1967, los dirigentes de Israel se negaron a tratar con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) por considerarla una agrupación terrorista. Con el tiempo, la OLP se convirtió en el interlocutor del gobierno israelí con los palestinos dentro y fuera de los territorios ocupados en 1967.

En 1993 el gobierno laborista de Yitzhak Rabin firmó los acuerdos de Oslo con Yaser Arafat, el dirigente de la OLP, ahora transformada en la Autoridad Palestina y aceptada como tal. Con ese reconocimiento mutuo terminó el estado de guerra entre ambos bandos. Sobre esa base se iniciaron las negociaciones sobre diversas cuestiones, incluyendo el establecimiento de un Estado palestino. Dichos acuerdos fueron denunciados por Netanyahu, a la sazón diputado de la oposición, y en 1995 Rabin sería asesinado por un fundamentalista israelí.

Mahmud Abbas, el sucesor de Arafat al frente de la Autoridad Palestina, ha dado muestras de una creciente impaciencia con sus interlocutores israelíes. Hace algunos años empezó a buscar el reconocimiento de un Estado palestino independiente mediante negociaciones bilaterales con muchos países y, al mismo tiempo, ha intentado que los foros multilaterales, empezando por la ONU, hagan lo mismo.

Internamente, sin embargo, en 2006 Abbas sufrió una derrota importante cuando el Movimiento de Resistencia Islámica (conocido como Hamas) triunfó en las elecciones y eventualmente se quedó con la Franja de Gaza al expulsar a los seguidores de Abbas (Al Fatah). Hamas había surgido en 1987 de las filas de los Hermanos Musulmanes y durante años se dedicó a ataques terroristas. Muchos países, incluyendo a no pocos árabes, lo consideran una organización terrorista.

Pese a unos acuerdos entre Abbas y Hamas, la presencia de este último en Gaza ha complicado mucho el trabajo de Abbas. Para los israelíes es una organización terrorista y su gobierno ha librado una lucha feroz en su contra. Recuerden los asesinatos de los dirigentes de Hamas por parte de fuerzas israelíes y recuerden también la brutalidad con que en julio del año pasado Netanyahu atacó a los habitantes de Gaza.

Hay israelíes que añoran los años de los gobiernos progresistas y de izquierda del partido Mapai, de David Ben Gurion, y luego de sucesivas administraciones laboristas. El panorama político ha cambiado mucho con los gobiernos de derecha del Likud y sus aliados religiosos y conservadores. Pero también hay muchos palestinos que se arrepienten de su decisión en 1947 y de la diáspora y sufrimiento que provocó.

Pero el futuro de Palestina (y el de Israel) pinta mal. Durante décadas los israelíes se rehusaron a negociar con la OLP. Ahora dicen que nunca lo harán con Hamas.