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Munal: paisajistas británicos
Teresa del Conde/ I
A

caso existe más literatura en torno a la pura de paisaje británico que la que priva en otros géneros, salvo el caso del retrato que como bien se sabe cuenta incluso con un importante museo oficial londinense.

Sobre la fortuna crítica del paisaje, conviene recordar que uno de los más afamados críticos y teóricos del arte del siglo XIX fue John Ruskin, quien además era un notable dibujante principalmente de paisaje. Tal vez a algunos nos ha llamado la atención el hecho de que Ruskin (1819-1900) haya sido al mismo tiempo el asiduo promotor de los prerrafaelitas y simultáneamente, por antonomasia, el conocedor y exaltador de William Turner, lo digo dadas las diferencias entre los estilos propios de los integrantes de la hermandad, representada en el Museo Nacional de Arte (Munal) con algunas piezas y uno de los más alabados pintores de paisaje que hayan existido en cualquier sitio. Tanto es así que cuando empezó a escucharse que tendríamos en México la oportunidad de disfrutar de una importante colección paisajística, algunos amantes de la pintura dijeron que si así fuera la visita al palacio de plaza Tolsá resultaría inevitable con todo y la obstrucción temporal de las vías de comunicación debidas en parte a la filmación de la película sobre el agente 007.

Hay tres pinturas de Turner en exhibición, una temprana y clasicista y las otras dos, ambas vecinas en época y hasta en modalidad a la que acaso sea su pieza mas importante y conocida hasta por el título, Lluvia, vapor y electricidad, de 1844, referida a una ferrovía y al tren que avanza en la bruma. Dos de las obras de Turner que se exhiben, la primorosa acuarela realizada en Suiza y la de Venecia, son casi abstractas. Si no supiéramos absolutamente nada de él ni conociéramos su nombre, podríamos pensar que se trata de un impresionista avant la lettre.

Otra de las razones por las que los conocedores, expertos o no, tanto mexicanos como de otros países, nos interesamos en el paisaje británico se debe posiblemente a las letras, sobre todo al influjo de dos poetas mayúsculos del romanticismo: William Wordsworth (1770-1850) y S.T. Coleridge (1782-1834). Ambos ejercieron influencia no sólo en las letras, sino entre artistas de todas latitudes.

Con la expresión paisajismo británico, quizá haya quien se pregunte si se trata exclusivamente del paisaje en Inglaterra o si el término abarca otras regiones de la isla o sea Escocia y Gales, además, de la parte nórdica de Irlanda. En realidad estamos hablando de paisaje en el Reino Unido.

De otra parte el significado pictórico de la palabra paisaje ha sido estudiado, entre otros, por otro teórico británico muy leído y muy vigente en México aún ahora: Keneth Clarck (1903-1983) y no sólo a través de su conocidísima serie Civilización”. Por su parte sir Nicholas Serota, director de la Tate, afirma por escrito que esta exposición: Se complementa perfectamente en el Munal con la exhibición permanente (allí) de la obra del célebre pintor del paisaje mexicano José María Velasco. El director del Munal, Agustín Arteaga, tuvo la buena idea de incorporar una pintura de Eggerton realizada en nuestro país, con unas piezas de Velasco, a lo que me referiré en mi próxima nota. Con algún detalle.

La exposición está distribuida en nueve rubros, división que corresponde a la usanza generalizada en cualquier muestra abundante. Atinada o no al título de los rubros, los visitantes pueden afirmar que la actual museografía del Munal se percibe aireada y muy elegante en todas sus secciones.

Obviando la importancia de nombres famosos con los que uno se topa iniciando el recorrido, desde mi punto de vista el primer cuadro que provoca emoción debido sólo a su belleza, no a su importancia, no es ni muy grande ni muy vistoso ni corresponde a uno de los paisajistas cuya notoriedad es tan consabida, como la de Gainsborough, por ejemplo.

Me refiero a la pintura de Richard Wilson (1713-1782) sobre un lago llamado Avernus y la Isla de Capri. Debo decir que su lujoso marco lo perjudica, pues debido a la iluminación le provoca sombra en su límite superior. El lago Avernus no es mitológico, realmente existe un lago de agua dulce con ese nombre, cercano a Nápoles. Lo que ignoro es si es posible divisar desde allí la Isla de Capri, pero se vale la licencia poética en el paisaje y en todos lados.

Acaso se podría decir que algunas piezas, como la de John Marin, alusiva según su autor a la destrucción de Pompeya, también hubiera podido titularse El oro del Rhin de haber correspondido a una época wagneriana. Esa pintura que debería atraer mucha atención por su formato y color por un público que, como el mexicano, se supondría adicto al colorismo, sin embargo, es pasado por alto en favor de otras piezas, sea o no que le estén cercanas.

El público, sobre todo, coleccionista en México es adicto a George Stubbs (1772-1834), quien ha sido reciclado sin pretensiones de fama o de originalidad por no pocos pintores virtuosos, pero de segundo o tercer calibre en el mundo, y que conste que no me estoy refiriendo en el caso mexicano a Ernesto Icaza, cuya temática también caballística es de otra índole.