Opinión
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Farándula de Brian Nissen
A

dmiro los dibujos de Brian Nissen reunidos en un volumen publicado por Conaculta y RN editores con el sugerente y adecuado nombre de Farándula.

Dibujos encontrados milagrosamente en un clóset.

Me acuerdo de inmediato de varios casos extraordinarios que nos ofrece la literatura sobre objetos rencontrados al azar, como el Manuscrito en una botella, de Edgar Allan Poe, quien viaja con su imaginación, mientras permanece anclado a su verdadera botella, la del alcohol, en la Nueva Inglaterra.

O el Manuscrito encontrado en Zaragoza, del noble polaco Jan Potocki, escasamente conocido hasta mediados del siglo pasado y por tanto casi inédito. Este conde polaco, nacido en 1761, uno de los fundadores de la arqueología eslava, viajero infatigable como Brian, defensor de la libertad de prensa en Polonia, etnólogo y practicante casi a escondidas de un género en boga en los albores del Romanticismo, el cuento de terror y de aparecidos. Quizá en 1805 se publican casi a hurtadillas y en francés 100 ejemplares de su hoy famoso libro; reaparece hacia 1814 en París y desde entonces se pierde en bibliotecas y archivos familiares, surgiendo de repente a la luz pública en breves y mutilados plagios de autores conocidos y románticos como los franceses Charles Nodier y Jacques Cazotte o el estadunidense Washington Irving. Roger Caillois rescata hacia 1950 la versión francesa, hace muy poco su versión completa traducida por César Aira para la editorial Pre-textos.

Un libro de relatos dentro de otros relatos como cajas chinas. Dibujos dentro de otros dibujos como palimpsestos. Dibujos donde se redibuja la tradición.

Pienso asimismo en el Adolfo, de Benjamin Constant, quien para disfrazar por partida doble un relato probablemente autobiográfico sin nombre de autor pretende haber encontrado el manuscrito de su libro en un albergue abandonado en un remoto lugar de Francia.

Y me acuerdo también de Marguerite Duras, quien encontró los manuscritos de su libro La douleur en una vieja maleta también sepultada en un clóset de su casa de campo. Pero descarto este último recuerdo, el libro de Marguerite Duras es, como su nombre lo indica, un libro de recuerdos dolorosos, nada menos que los de los campos de concentración nazis de la Segunda Guerra Mundial y el regreso de su esposo Robert Antelme casi moribundo; el de Brian, obvio, es todo lo contrario, una verdadera farándula, como las que le gusta reconstruir a Montse Pecanins en sus divertidas e ingeniosas cajas.

Las cajas, siempre hay cajas en la vida de Brian y Montse, pues ¿no nos dice Brian en su prólogo, después de un ejercicio de memoria que una exposición retrospectiva en el Palacio de Bellas Artes le trajo?

Un día empeñado en la búsqueda, encontré en mi estudio unas seis cajas con dibujos de los sesenta y setenta enterradas bajo un montón de carpetas viejas, cartones y objetos escacharrados. No me acordaba de ellos en absoluto, entre tantas mudanzas de país a país, tantos cambios de estudio a estudio, y tantos años corridos, su existencia estaba borrada de mi mente. Y bien puede ser que no los tenía presentes porque mi obra en pintura y escultura, que había desarrollado desde entonces, después tomaría rumbos distintos...

Pero Brian se equivoca, su obra tomó en cierta medida rumbos distintos, pero siempre mantuvo de manera obsesiva la representación de objetos que proliferan y se elevan gozosos por todos los rincones del cuadro y sobresalen después, puntiagudos y certeros, de las esculturas pintadas cuyos colores brillantes no consiguen ocultar esa gozosa profusión; objetos que intentan precipitarse en el vacío o suben disparados hacia el cielo como cohetes en celebraciones de fiestas patrias.

Sí, no cabe duda, la mirada que de Brian se descubre en estos dibujos es su habitual mirada sobre los humanos, los animales y las cosas. El ojo con que yo veía el mundo en esa época, pero no, como dice Michael Wood es en gran parte el ojo con el que Brian sigue viendo el mundo?

Twitter: @margo_glantz