Opinión
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La generación de los rodinos
Jorge Durand
S

e van a cumplir 30 años de la reforma migratoria de 1986, conocida técnicamente como IRCA (Immigration Reform and Control Act), y mejor conocida como la amnistía que legalizó a 2.3 millones de mexicanos indocumentados.

A los amnistiados de aquellos años les llamaron los rodinos, ya que fue el senador demócrata Peter W. Rodino el que pudo destrabar la reforma migratoria que en 1982 habían intentado proponer de manera infructuosa los senadores Simpson y Massoli.

En efecto, en un par de años los rodinos cumplirán 30 años de haber entrado a la legalidad en Estados Unidos. Y muchos de ellos están de salida, con más de 30 años trabajados y cotizados en Estados Unidos.

Esta generación ha sido crucial para la conformación y la pujanza de la comunidad mexicana en Estados Unidos y para los hispano-latinos en general. Los braceros iban y venían, en un proceso de circularidad migratoria que precisamente se rompió porque los rodinos se quedaron en el otro lado y porque, además de la amnistía, la ley de 1986 tenía previsto el control y el endurecimiento de la frontera.

El control fronterizo logró precisamente todo lo contrario de lo que se proponían lograr con la ley. Los que lograban cruzar la frontera, después del incremento notable del costo y el riesgo, se quedaban en el otro lado todo el tiempo que consideraran necesario o que pudieran evadir a la migra.

Una buena parte de los rodinos se han naturalizado y de este modo otros tantos pudieron traer a sus esposas, hijos, padres y hermanos, de acuerdo con lo que dice la ley y la política de reunificación familiar. Los 2.3 millones de legalizados en 1996 engrosaron buena parte de los varios millones de mexicanos que vivían en Estados Unidos y además aportaron otro par de millones a la población general de la Unión Americana por reunificación familiar y nacimientos.

Pero con esta generación se ha inaugurado una nueva modalidad de retorno, que podríamos calificar de estacional. Los jubilados y retirados del mercado de trabajo migratorio vuelven a México en busca de buen clima, tranquilidad, amistad, vacaciones y buenas oportunidades. Ya no vienen para quedarse de manera definitiva.

Dejan a sus hijos y nietos en el otro lado, pero tienen ganas y manera de volver de manera recurrente al terruño. De los de lugares fríos, como Chicago, Michigan, Idaho, los mexicanos vuelven a la usanza canadiense como aves golondrinas en busca de mejor clima. Los del Texas y California tienen la frontera más cerca y en cualquier momento toman la van y enrumban hacia el terruño.

Muchos navegan entre los dos países por cuestiones de salud. Después de 30 años de trabajo tienen derecho a un seguro de salud, que no tendrían en México, simplemente porque no cotizaron al Seguro Social. Pero podrían tenerlo si se hicieran los acuerdos entre ambos sistemas. Algo en lo que tenemos todavía mucho trecho por avanzar y que aprender de otros países latinoamericanos.

Otros se mueven con doble nacionalidad y aprovechan lo mejor de dos mundos, dos países, dos culturas. El proceso de naturalización fue un cambio muy importante. México, por más de un siglo era el país que tenía menores índices de naturalización a pesar de tener varios millones de migrantes con residencia.

Esto empezó a cambiar en 1992, cuando los rodinos ya tenían más de cinco años de residencia, habían aprendido suficiente inglés y conocían mejor el país. Hoy en día los naturalizados suman más de 2 millones y medio, pero faltan otros 3 millones que deben hacerlo.

De igual modo hay unos 4 millones de hijos de mexicanos, con nacionalidad estadunidense, pero muy pocos se han inscrito en los consulados, y menos aún han legalizado sus actas apostilladas en los municipios para recuperar su nacionalidad.

Hoy decenas de miles de hijos de mexicanos están pagando la falta de interés de sus padres por inscribirlos en el consulado. Miles de niños, nacidos en el otro lado, han tenido que acompañar a sus padres en el proceso de deportación. Y la vida se les ha complicado. La famosa apostilla que se exige en las escuelas, más la traducción de un perito, se han convertido en barreras difíciles de superar para muchos deportados.

Pero también hay una omisión por parte del Estado mexicano y los gobiernos de turno. No es posible que decenas de miles de niños, hijos de mexicanos, se vean envueltos en una maraña burocrática que afecta sus vidas, su inserción, su escolaridad, su acogida en un país que también es suyo.

Como quiera, en los últimos años ha crecido notablemente la inscripción de niños nacidos en el extranjero que presentan en los registros civiles de los municipios sus actas apostilladas y les da derecho a la doble nacionalidad.

En el municipio de Acatic, en Jalisco, los registros de nacimientos oscilan en torno a los 350 niños por año y se han mantenido constantes en los últimos 20. Lo que ha cambiado es el número de niños inscritos con actas de nacimiento estadunidenses. Entre 1994 y 2004 no pasaban de 10 casos al año, pero entre 2010 y 2014 se registraron en promedio unos 65 niños.

Además del cambio de actitud que se dio entre los mexicanos migrantes ante los procesos de naturalización, se requiere dar el paso siguiente para que sus hijos adquieran la nacionalidad mexicana. Les conviene a ellos, nos conviene a todos.

Pero lo que se requiere es información, difusión, educación, y eso es asunto que compete al gobierno, los consulados, las asociaciones, clubes y federaciones de paisanos.