Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Suplemento Cultural de La Jornada
Domingo 3 de mayo de 2015 Num: 1052

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

En memoria de Ramón Martínez Ocaranza
Evodio Escalante

FINI: Festival
Internacional
de la Imagen

Wendy Selene Pérez

Un encuentro entre
la idea y la imagen

Francisco García Noriega

Helena Araújo, una
Scherezada en el trópico

Esther Andradi

Leer

Columnas:
Tomar la Palabra
Agustín Ramos Aguilar
Jornada Virtual
Naief Yehya
Artes Visuales
Germaine Gómez Haro
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Paso a Retirarme
Ana García Bergua
Cabezalcubo
Jorge Moch
Prosaismos
Orlando Ortiz
Cinexcusas
Luis Tovar


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La Jornada Semanal

 

Orlando Ortiz

De rupturas a rupturas

En una de las charlas que Julio Cortázar dio en Berkeley en 1980 (la transcripción fue publicada recientemente con el título Clases de literatura), expuso a los oyentes que en su camino como escritor había pasado por tres momentos muy definidos: el estético, el metafísico y el histórico. Repasé en mi memoria cuanto había leído de él y me di cuenta de que estaba bien fundado lo que decía. Tal vez el azoro apareció de inmediato en la cara de sus oyentes o discípulos berkeleyanos, pues enseguida procedió a exponer las razones de su clasificación, explicable por completo para quien conozca la obra de Cortázar.

La etapa que él denomina estética corresponde a ese momento por el que todos (o casi todos) hemos pasado, cuando creemos ciegamente que “lo estético” es lo único que importa, que el realismo o las inquietudes sociales, políticas, filosóficas y hasta las existenciales dañan las obras; insisto, creo que todos comenzamos así, pero algunos se quedan ahí, suponiendo que esa actitud incrementará el “valor literario” de sus obras. Nunca, en esos momentos, se nos ocurre preguntarnos qué es “lo estético”, nos perdemos en esa falacia del “arte por el arte” y, lo que es peor, a veces creyendo que estético quiere decir bonito. Cortázar puntualiza que en esa etapa los jóvenes de su generación y él mismo no ignoraban lo que estaba ocurriendo en el mundo –por ejemplo, la Guerra civil en España– y en su propio país, sino simplemente lo consideraban ajeno a sus preocupaciones literarias. Al parecer no se daban cuenta de que un escritor es también un hombre que existe en un momento histórico, en una circunstancia que es más que sólo literaria. De ahí que para ellos lo importante era estar al día en cuanto a las obras que aparecían en Europa para tomarlas como modelo a seguir; lo otro, su circunstancia –diría Ortega y Gasset–, estaba ahí pero no los tocaba. En el mejor de los casos, les preocupaba estar en la vanguardia, romper con las formas literarias gastadas, así como con los temas, desde su punto de vista, obsoletos. Eran autores de ruptura.

Posteriormente, su segunda etapa, la que denomina metafísica (en realidad, creo, es existencial), corresponde al momento en el que decide aventurarse en la escritura de novela. Dejaré a un lado los detalles de todo el proceso, el caso es que percibió que en sus cuentos los personajes estaban ahí para responder a los requerimientos de la ficción, por más fantástica que ésta fuera; eran el pretexto para que “lo fantástico pudiera irrumpir”. Fue a partir de su cuento “El perseguidor” que comenzó a tomar conciencia de que su personaje ya no era una figura para que surgiera la fantasía, sino que el personaje se había convertido en el centro del cuento, había adquirido una relevancia que desbordaba lo fantástico.

Para ese entonces ya vivía en París. Lo agobiaba la realidad y se sentía en una abrumadora soledad, por ello comenzó a descubrir al prójimo, la importancia de ese otro que era él mismo. Se dio cuenta de ello en medio de atentados, terrorismo, represiones, masacres. Eran los años de la guerra de Argel y para ambos países –Francia y Argelia– las consecuencias eran trágicas. Luego, la Revolución cubana lo sedujo poderosamente y cuando, dos años después del triunfo, lo llamaron para ser jurado en el Premio de Casa de las Américas, pudo quedarse en la isla y convivir con aquel pueblo que carecía de todo y luchaba día con día para hacer avanzar la revolución. Era un pueblo admirable. A su regreso, comenta en la charla, sintió que había dejado de ser argentino y era latinoamericano. La historia arraigó en él con fuerza y con ella su conciencia histórica. Sus textos tomaron un cauce distinto y respondieron a una causa. Se pronunciaron de nuevo por la ruptura, sin renunciar por ello a nada y sin aceptar oportunistamente el entonces llamado compromiso, pero comprometiéndose en verdad con la realidad de Latinoamérica y con su escritura. Coincidentemente, nuestro continente comenzó a surgir en el mundo.

Eso ocurrió, calculo, más o menos cuando los autores europeos, principalmente los franceses, sostenían que la novela (escribió Jean Ricardou en alguna parte) dejó de ser la escritura de una aventura para convertirse en la aventura de una escritura. Los personajes se transformaron en pronombres y no pocos novelistas llegaron a afirmar que ellos no escribían sus obras, que éstas se habían escrito solas; ellos habían sido solamente una especie de médium utilizado por las palabras. También había ruptura ahí, pero... ¿hubo cambio en ellos?