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Gauchos judíos: ¿rebelión en la granja?
José Steinsleger
E

n la historia del judaísmo contemporáneo no hay pre­cedente de una carta como la que el canciller Héctor Timerman acaba de enviar a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA, 27 de abril), presentando su renuncia indeclinable como socio de la institución que desde 1894 agrupa a una parte de los judíos del país rioplatense.

El canciller extendió el alcance de su renuncia a la denominada Delegación de Asociaciones Israelitas (DAIA), y señaló que ambos organismos han tergiversado los intereses comunitarios, validando que la escoria local e internacional utilice a las víctimas para sus fines espurios.

Al hablar de víctimas, Timerman se refiere a las que perecieron en el bombazo contra la AMIA el 18 de julio de 1994 (85 muertos, 300 heridos) y las oscuras circunstancias del suicidio (u homicidio) del fiscal a cargo de la investigación, Alberto Nisman, quien el 18 de enero pasado (a horas de presentar en el Congreso una denuncia contra la presidente Cristina Fernández de Kirchner) apareció muerto en su departamento de Buenos Aires.

El canciller aseguró que en todas sus conversaciones con los dirigentes de la AMIA y la DAIA le fue quedando claro que “…su intención es mantener la denuncia contra los sospechosos, y al mismo tiempo boicotear toda posibilidad de iniciar el juicio, comenzando con obstaculizar los instrumentos de cooperación judicial acordados con Irán. En síntesis: culpables sí, juicio no”.

La respuesta de la AMIA y la DAIA no se hizo esperar. Pero, en líneas generales, cayeron en lo que Timerman apunta en su carta: “…la vulgar acusación que todo judío que critica su accionar, y no son pocos, sean tildados con el gastado argumento de ser ‘judíos vergonzantes’. Deberían recordar que el primer judío en ser acusado de tal forma fue Teodoro Herzl, padre fundador del sionismo moderno. Ocurrió en 1898, cuando fue denunciado por Karl Strauss de odiar tanto a los judíos, que quería erradicarlos de Europa. Desde entonces, dicha acusación tiene validez sólo para quienes creen poder medir la judeidad de los ­demás”.

Añade: También es una demostración de la falta de argumentos acusar a los no judíos de antisemitas, ante cualquier crítica que les formulan por sus acciones al frente de las instituciones que dirigen. Peor aún, cuando se utiliza para tal afirmación un acto en recordación de la valerosa resistencia de los jóvenes judíos que lucharon contra el nazismo. Al menos deberían haber tenido la dignidad de recordar que aquel puñado de jóvenes valientes decidieron luchar contra el opresor nazi desafiando las órdenes de los dirigentes comunitarios del gueto de Varsovia.

Concluye: “Las víctimas del atentado a la AMIA nos interpelan a diario, y lo seguirán haciendo mientras no se juzgue y castigue a los culpables. No es aceptable que su injusta muerte se convierta en una pieza de ajedrez de los intereses geopolíticos de otros países o grupos partidarios locales y… que su memoria sea utilizada como herramienta de presión de los fondos buitres, como hacen con la intensa campaña montada en Estados Unidos. Dos años antes que Alberto Nisman presentara su canallesca denuncia, ya los fondos buitres publicaban solicitadas sobre un supuesto pacto entre Argentina e Irán…”

De su lado, el reportero de Página 12 Raúl Kollmann registró que la renuncia de Timerman como socio de la AMIA tuvo lugar una semana después de que un plenario de judíos argentinos expresó públicamente que no se sienten representados por su dirigencia, a la que acusan de arrogarse la representación política de toda la comunidad y de estar alineada con el gobierno de Tel Aviv.

Celebrado en el amplio auditorio de la Federación de Obreros y Empleados Telefónicos (Foetra), los convocantes al plenario manifestaron: No creemos que nuestra postura represente a toda la comunidad, pero negamos a la DAIA y la AMIA su postura de creerse voz de ella, y depositaria del monopolio de lo judío.

Un corresponsal del articulista escribe: “Fui al acto de apertura, y uno de los organizadores me indicó que en el mejor de los casos esperaban cerca de 200 personas y arribaron más de mil 500, llenando el auditorio de la Foetra. El momento más impresionante del acto fue cuando se mencionó al Estado de Palestina. La gente se puso de pie y repudió al Estado de Israel.

“Ese mismo día –agrega– se formó la agrupación ‘judíos kirchneristas’, a la que se adhirieron cientos de asistentes. Ambos movimientos, con adhesiones y movidas similares en varias ciudades del país.”

En 1910, en homenaje al centenario de la emancipación argentina, el judío de origen lituano Alberto Gerchunoff publicó Los gauchos judíos, obra en la que el autor se inspira en los recuerdos de su infancia y adolescencia.

Suerte de salmo a la integración de los inmigrantes judíos a la cultura argentina, el libro de Gerchunoff se ajusta a la remisión que la investigadora Mónica Szurmuk hace de la filosofía de Yirmiyahu Yovel, erudito de Spinoza: ese otro que la modernidad remplaza por the other within. O sea, el otro que está presente dentro de la misma sociedad, desafiando el modelo ideal de identidad única.