Opinión
Ver día anteriorDomingo 17 de mayo de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Los desarraigados
Jorge Durand
L

os indocumentados que cabalgan en el lomo de La Bestia no son propiamente migrantes económicos que salen en busca de mejores oportunidades. Tampoco se les puede calificar propiamente de desplazados, porque ese término suele utilizarse para quienes abandonan su lugar de origen por la violencia y buscan un lugar donde vivir en el propio país. Tampoco son refugiados, aunque muchos podrían ser solicitantes de refugio. Es difícil catalogarlos, porque en parte son migrantes económicos, también son literalmente desplazados y podrían solicitar refugio.

Los que se suben a La Bestia no tienen recursos, viven a salto de mata, duermen a la intemperie, piden limosna o trabajan sólo unos días para luego retomar el camino; se refugian en las casas de migrantes para comer, bañarse y cambiar unos tenis destrozados; muchas veces no saben a qué lugar se dirigen, sólo saben que van al norte. Tampoco tienen mayor capital social, quizá algún contacto, un número de teléfono, un amigo o pariente que los pueda apoyar.

Son migrantes desarraigados, que perdieron los anclajes esenciales que los fijaban en su lugar de origen. Son campesinos sin tierra o con tierra sin valor, que perdieron lo esencial: la relación con la tierra, el arraigo al terruño. Son indígenas que ya no le encuentran sentido a la comunidad, a la propiedad comunal, al tequio, los cargos, obligaciones y eternos rituales. Son pobladores de grandes o pequeñas ciudades donde no se sienten seguros, donde la noche y la oscuridad son un riesgo, donde el miedo campea desde el amanecer y la angustia por encontrar o perder el trabajo es una constante.

Son migrantes para quienes la Patria ya no tiene sentido, sólo les aportó sinsabores, educación deficiente, servicios de salud limitados y trabajos precarios. Son migrantes donde la matria, el terruño, ya no acoge ni protege. Donde el rescoldo del hogar se ha apagado.

Obviamente, no son todos los migrantes. Pero hay un nuevo tipo de migrante que escapa a una caracterización, que es necesario definirla para poder entenderla y explicarla. Son migrantes que dejan todo, porque en realidad no tienen nada. Nada que perder. Quizá algo que ganar.

Es el caso de los migrantes mexicanos de fines del siglo XIX a quienes se llamaba trabajadores cobija al hombro, que deambulaban por los caminos cargando sus pocas pertenencias. Personas desarraigadas a las que perseguían las leyes en contra de la vagancia. Eran trashumantes que trabajaban unas semanas o meses y luego enfilaban a otros rumbos. Eran temporaleros que iban de cosecha en cosecha.

En Estados Unidos les llamaban hobos, hombres que trabajaban para vivir, para cubrir el mínimo de la subsistencia inmediata y no vivían para trabajar. En Chicago habían conquistado un espacio donde podían acampar y recluirse después de sus viajes y correrías. Muchos de ellos compartían con los mexicanos los mismos trabajos pesados de mantenimiento de las vías de ferrocarril y el cultivo del betabel, pero no se mezclaban ni socializaban con nadie, sólo entre ellos. Como si fuera una cofradía de desarraigados de diferentes naciones, distintos orígenes, pero que habían optado por un estilo de vida en los márgenes del sistema, en las orillas de las ciudades. Los hobos se multiplicaron después de la guerra civil y luego durante la gran recesión.

Son los boat people de Myanmar (antes Birmania) y Bangladesh que estos días navegan en el mar de Andamán en barcazas hacinadas de gente y a quienes en Malasia, Indonesia o Tailanda les niegan la entrada, el refugio. Se lanzan a la mar, huyendo de la miseria y la violencia; una combinación letal que es capaz de avivar la osadía de asumir riesgos y peligros extremos, donde la posibilidad de morir es mejor alternativa que la de quedarse.

Son también, en cierto modo, los balseros cubanos, que dejaban todo para subirse a unas llantas mal parchadas con la esperanza de cruzar el estrecho de la Florida y llegar al ansiado paraíso, que estaba a la vuelta de la esquina. Eran hombres y mujeres que atendían el grito desesperado de sálvese quien pueda, que abandonaban a la esposa y a los hijos, con la esperanza de salvarse, no de la miseria y la violencia, sino de la carencia de futuro. Los balseros se acabaron cuando les cerraron esa puerta de entrada al paraíso.

Son los miles de migrantes africanos que se aferran a la esperanza de llegar a Europa y ponen todos sus ahorros y su vida en manos de los traficantes. Pareciera que los esclavistas en el siglo XVII cuidaban mejor su mercancía y no se arriesgan a perderla. No es lo mismo con estos traficantes del siglo XXI, que no tienen casi nada que perder: si se hunde la lancha, la patera o el barco, el costo ya ha sido 100 veces amortizado.

Por siglos los pobres han permanecido en sus lugares de origen, siempre y cuando hubiera algo que comer. Se soportaban las carencias con estoicismo y frugalidad. La dieta mexicana de tortilla, frijol, jitomate y chile era más que suficiente para vivir y trabajar la tierra. Pero esa economía de subsistencia se acabó. Ahora se cultiva maíz para los elotes, para darse un gusto. Para vivir se necesita dinero.

Pero cuando a la pobreza se suman la violencia generalizada y el miedo cotidiano, no hay razones, querencias o compromisos que te arraiguen al lugar de origen. Ha surgido un nuevo tipo de migrante: el desarraigado. Son una minoría en el universo general de los flujos migratorios, pero son la imagen viva del desamparo, de la vulnerabilidad extrema, del desarraigo.

Son la imagen global y mediática de los migrantes del siglo XXI.