Opinión
Ver día anteriorDomingo 31 de mayo de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Los desarraigados
Jorge Durand /II
E

n una entrega anterior tratamos el tema de un nuevo tipo de migrantes, a los cuales calificamos de desarraigados y que no encajaban necesariamente con otras definiciones como la de migrantes económicos, desplazados, refugiados o forzados.

El migrante desarraigado es el que ha perdido los anclajes básicos con la familia o la comunidad de origen. Ya no tiene arraigo a sus propiedades, su pueblo, su comunidad, su país. Deja todo porque en realidad ya no le importa nada, considera que ya no hay futuro. Obviamente esta es una definición extrema, siempre hay un clavo del cual agarrarse, se supone.

Pero hay expresiones como la de sálvese quien pueda, donde la opción de emigrar se vuelve una decisión estrictamente personal, donde no se consulta ni se toma en cuenta a los que uno tiene al lado, sean estos parientes o amigos. O visto del otro lado, es la situación en que la familia, tu entorno cercano, entiende perfectamente que tienes que emigrar, que no sólo es lógica la opción, sino necesaria.

El desarraigo explica también la migración masiva de niños, jóvenes y mujeres con niños o embarazadas que salieron en masa hacia Estados Unidos y crearon una situación de crisis humanitaria. En estos casos el desarraigo es familiar y ya no opera como paliativo la comunicación esporádica o recurrente con los otros miembros de la familia que tuvieron que emigrar.

Es el caso de la esposa recién casada que se queda en el pueblo y espera uno, dos, tres años a su marido y no vuelve. Entonces decide que no tiene asidero en la vida, que la única opción para resolver su caso personal es salir en busca de su marido y emigrar pese a los riesgos.

Es el caso de la mujer que se ve obligada por su marido a emigrar y dejar a sus hijos en casa de sus padres o sus suegros. La relación de obligación con el esposo, según los usos y costumbres de algunas comunidades, es paradójicamente más fuerte que con los hijos. La mujer debe servir al marido y los migrantes se aburren de tener que cocinar para ellos cuando para eso tienen una mujer.

Pero para los hijos que quedan en el abandono, vivir con los abuelos no es suficiente, menos aún si sabes que tus padres viven en Estados Unidos, un lugar que se imagina paradisiaco y donde también se ha despertado el interés por conocer. Un doble desarraigo el de los padres que las circunstancias los llevan a separarse de sus hijos y de los hijos que quedan desgajados de sus padres en familias separadas no sólo por la distancia sino por años y décadas.

El desarraigo no sólo es el resultado de las terribles condiciones de los países y comunidades de origen donde la violencia diaria y la pobreza extrema obligan a emigrar. Es también la consecuencia directa de la política migratoria impuesta por los países de destino, que cierran la puerta de entrada y restringen de manera extrema el acceso a visas. Es un doble dilema: tener que huir y no tener adónde ir.

O a la inversa, como sucede en Estados Unidos. Los migrantes que lograron cruzar se quedan atrapados en el lugar de destino. Ya no pueden volver, porque los sacrificios para poder llegar fueron tan extremos que muchos quedaron endeudados y otros pusieron en riesgo sus vidas al cruzar por el desierto.

Y después de los años y la imposibilidad de retornar, el desarraigo se acentúa, adónde y para qué volver. Cómo encontrar trabajo después de haber abandonado tu pueblo, tus relaciones, tu país. La reinserción puede ser peor que la adaptación al lugar de destino. Ya no hay energía que te motive, que te ayude a superar los obstáculos como cuando uno era joven y tenía la vida por delante.

Peor aún en el caso de los jóvenes que son deportados. A los que se conoce en Estados Unidos como la generación uno y medio, que no son de aquí ni de allá. Son los dreamers que tienen todavía esperanza en Estados Unidos, a pesar de todos los escollos que el sistema se empeña en ponerles. Pero los jóvenes dreamers deportados, los llamados “otros dreamers”, despertaron a la cruda realidad de un país que no conocen y que muchos incluso ignoran su idioma.

Estos “otros dremears” quedaron desgajados de su barrio, su escuela, su familia, su esposa, sus hijos. Es el desarraigo que genera el sistema migratorio en Estados Unidos.

En efecto, la mala noticia llegó esta semana. La demanda legal contra la acción ejecutiva del presidente Obama, de otorgar alivio a los migrantes que espera una reforma migratoria integral (DACA y DAPA) ha ganado la primera batalla legal, falta la definitiva la corte suprema.

Entre tanto el sufrimiento, la angustia, la desesperanza se extiende por las comunidades migrantes como mala hierba, que ni bien se desbroza, renace. Una angustia que no cesa, que no deja respiro.

John Steinbeck nació y vivió en el pueblo de Salinas, California, y conoció a fondo la vida de los migrantes, sean estos chinos, mexicanos o italianos. Su obra magistral Las uvas de la ira le valió ganar el Premio Nobel; otra obra, Al este del Edén, le valió que quemaran sus libros en la plaza pública.

Pero en un trabajo menos conocido y no por ello menos magistral cuenta la historia de un pueblo estadunidense, de aquellos donde vivían los descendientes de los pioneros del Mayflower. El protagonista vivía en la casa de su abuelo, una mansión en la calle principal, pero trabajaba como dependiente en la tienda de un italiano. Y allí, con el mandil bien puesto y un trapo en la mano para limpiar el mostrador, fue rumiando su venganza, hasta que llegó el momento, y la oportunidad, de denunciar a su patrón como migrante indocumentado y quedarse con la tienda.

Y en alguna de esas páginas de Invierno de mi desazón Steinbeck dice al paso que esos estadunidenses eran una rara combinación de piratas y puritanos.

Retrato exacto de esos jueces texanos que en la mañana son atendidos por eficientes trabajadores mexicanos y en la tarde, ya vestidos con la toga y envestidos de poder, se indignan por la pretensión de conceder alivio a millones de migrantes irregulares.