Opinión
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Australia: la poca memoria de los deportados
Jorge Durand
A

ustralia tuvo una historia peculiar en el reparto del mundo colonial. A diferencia de otras posesiones inglesas que fueron pobladas con colonos, estas tierras sirvieron como resumidero de toda la escoria social del imperio.

Los museos y ruinas históricas de Australia y Tasmania son los muros y construcciones de las prisiones y campos de concentración de presos de todo tipo y calaña, desde asesinos convictos y confesos, hasta personas pobres que sólo habían robado una hogaza de pan.

No sólo eso, a las granjas agrícolas de Australia fueron a parar decenas de miles de niños, desgajados de sus hogares por las sociedades de beneficencia, que querían liberar a Londres de futuros vagos, pobres y delincuentes. Llegaban a las granjas, que operaban como internados, a trabajar y luego a estudiar. Granjas donde se ha reconocido que algunos de sus directores fueron pederastas empedernidos, pero que ante la sociedad aparecían como redentores y educadores de las clases desposeídas.

El pueblo de Australia reconoce este pasado turbulento de deportación sistemática de ciudadanos ingleses, pero sobre todo escoceses, galeses e irlandeses. No oculta sus turbios orígenes y se considera como un pueblo trabajador que renace de un pasado siniestro de opresión y trabajos forzados. Y que paradójicamente, y a pesar de todo, se sienten súbditos de la reina Isabel.

Incluso se lo toman a broma al afirmar que los puritanos y las diferentes sectas de migrantes con motivos religiosos se fueron a Estados Unidos y no llegaron a sus tierras. Por lo que ahora cuentan con una población más tolerante y libertaria.

En mucho menor medida reconocen una historia pasada de opresión y exterminio sistemático de la población aborigen, que hasta hoy lleva ese nombre. Se dice que los pobladores originarios de Australia llegaron desde África y remontan sus orígenes a 50 mil años atrás, fecha en que se ha datado al hombre de Mungo.

En la actualidad quedan pocos, unos 50 mil, que siguen siendo segregados y la mayoría están aislados y confinados en los territorios más remotos y áridos del continente.

Hubo también una época en que Australia fue una tierra de inmigración, como lo es todavía hoy Canadá. Sus puertas estaban abiertas a migrantes de todo el mundo que venían a trabajar en las minas de oro. Otros llegaban a los campos agrícolas y al corte de caña, como un grupo muy significativo de trabajadores vascos y catalanes. Luego, a mediados del siglo XX llegaron migrantes de Asia y América Latina que se integraron pronto a la vida cotidiana y a la sociedad australiana.

Pero en la actualidad Australia es un país cerrado a la inmigración. No quieren compartir su prosperidad y nivel de vida con nadie. Ni siquiera les interesa el turismo, sacar una visa para visitar Australia puede considerarse una verdadera tortura. Es uno de los países del mundo que exige el requisito de visa al mayor número de países.

La política migratoria de Australia es considerada las más rígida e intolerante, por no decir inhumana, del mundo. Su riqueza le permite pagar campos de concentración de migrantes que intentaron llegar a sus costas, en otras islas cercanas de Papúa Nueva Guinea.

Recientemente se ha denunciado que Australia intercepta barcos de migrantes en alta mar y soborna a los traficantes para que se los lleven a otro país, en concreto la denuncia se ha presentado en Indonesia. La crisis humana en la antigua Birmania Bangladesh y Sri Lanka, que ha recibido la atención y solidaridad del mundo entero y que muchos países, entre ellos Estados Unidos, han decidido acoger refugiados, no entra entre los planes del gobierno australiano.

El gobierno conservador que ganó votos ofreciendo una política de tolerancia cero a la llegada de refugiados y boat people está cumpliendo su promesa. Si antes con dinero se compraban esclavos para engrosar las arcas de las potencias coloniales, ahora con dinero los países ricos están pagando por su aislamiento, integridad y seguridad.

En un país que se constituyó con una población de in­migrantes forzados, de trabajadores reclutados, de migrantes económicos y que luego luego devino en país multicultural, sus políticos consideran que los migrantes del siglo XXI, pobres, desamparados y desahuciados, son una amenaza para su tranquilidad.

Los perseguidos y deportados que lo único que buscan es seguridad, trabajo y respeto a la vida, constituyen una amenaza para el estado de bienestar de los países ricos.

El gobierno australiano responde a sus críticos argumentando que el problema son las guerras, la violencia y la ausencia de los derechos humanos en los países de origen, no sus políticas migratorias. De las cuales obviamente prefiere no hablar.

Como quiera ya se ha convertido en un live motive que los políticos de derecha de muchos países ricos utilicen el tema migratorio para sus campañas electorales. Y, al parecer, la campaña del miedo en muchos casos les da resultado.

En Estados Unidos la posición que se asuma sobre la migración se ha convertido en una especie de test para los republicanos. Si alguien como Jeb Bush opina en favor de alguna reforma no contará con el apoyo de las bases conservadoras que son mayoría en las primarias.

Para ser candidato de ese partido hay que renunciar a cualquier idea o propuesta que suene a reforma migratoria. Ya lo dijo el disgusting Donald Trump, al definir su postura sobre los migrantes mexicanos.