Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Suplemento Cultural de La Jornada
Domingo 2 de agosto de 2015 Num: 1065

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Gabo y la sana malevolencia
Ricardo Bada

Leonardo Sciascia y
las novelas de la mafia

Marco Antonio Campos

Redes virtuales,
blogs y literatura

Fabrizio Lorusso

La Biblia en la
cultura occidental

Leopoldo Cervantes-Ortiz

Música latinoamericana
en las venas de Madrid

Alessandra Galimberti

Leer

ARTE y PENSAMIENTO:
Bitácora bifronte
Ricardo Venegas
Monólogos compartidos
Francisco Torres Córdova
Mentiras Transparentes
Felipe Garrido
De Paso
Ricardo Yáñez
La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía
Cabezalcubo
Jorge Moch
Galería
Jaime Muñoz Vargas
Cinexcusas
Luis Tovar


Directorio
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La Jornada Semanal

 

Verónica Murguía

La medalla mágica

Hace unos meses leí un ensayo de Wendy Brenner titulado Strange Beads, algo así como Abalorios extraños. Brenner sufre de dolor crónico debido a un cáncer del que ya está curada y cuyo tratamiento requirió, entre otras cosas, cinco cirugías. Con franqueza cuenta que durante una etapa horrenda, a su dolor físico se sumó el sufrimiento emocional que le acarreó la muerte de un exnovio del que siempre estuvo cerca. Cayó en una depresión horrorosa.

Al principio, el tono del ensayo es lacónico y mesurado. La autora aborda el dolor corporal y las razones médicas con parco aplomo, como si estuviera hablando de alguien más. Pero cuando narra la muerte del exnovio, la escritura se adensa, se torna confesional. Brenner usa cursivas para hacernos partícipes de sus opiniones de entonces, su malestar, sus miedos. Y en medio de esas reflexiones, sorpresivamente, describe una pulsera vista en eBay, la casa de subastas por internet. Una pulsera de “latón, hecha en India, con madreperla blanca y roja” que se vendía por un precio inicial de 99 centavos.

Desde ese momento, la fascinación de Brenner por el lote de bisutería del que la pulsera formaba parte la impulsa a salir de su agrio desánimo. El lote misterioso se convertirá para ella en la cifra del mundo que la esperaba, de la vida que seguía. Pujó por la pulsera y la compró en un dólar y cuatro centavos. Cuando la pulsera llegó a su casa, le pareció mucho más bonita que en la foto. Decidió asomarse a la tienda virtual del vendedor y quedó apabullada: aparecieron decenas de páginas llenas de fotos de objetos disímbolos y estrafalarios: prendedores, alfileres para el sombrero, aretes, pulseras, peinetas, broches, boquillas, hebillas, mancuernillas (illas, illas), anillos, cadenitas, dijes, todos extraños. Alces tirando de una vagón de tren, un pulpo con campanitas en cada tentáculo, un dije con forma de piano miniatura, en fin. Un universo absurdo, minuciosamente descrito y fotografiado.

Brenner comienza entonces a participar en las subastas. Rápidamente el vendedor y su mercancía se hacen de adeptos: aunque se mantiene el mismo precio de salida para todo (99 centavos), las piezas, como un prendedor de Snoopy de los que la nasa regala a sus empleados, llegan a venderse hasta en 355 dólares. Brenner se convierte en una compradora eficaz, que en eBay significa estar pegado a la computadora con el índice sobre el ratón. Mientras, el catálogo del vendedor se ampliaba. “Cada semana llegan cientos de libras de bisutería…”, “Unos cuantos miles de piezas más…”, escribía en las ofertas.

Brenner piensa que no “hay suficientes abuelitas en el mundo para heredar esa cantidad de broches”. ¿De dónde habían salido esas locuras?

Cuando por fin escribió al vendedor, descubrió que era mujer y que se llamaba Verónica: una corredora de bienes raíces que, de casualidad, se topó con un señor mexicano que había amasado esa colección formidable que ella compraba por kilo.

En ese instante todo me pareció lógico: “En México, sólo en México”, me dije. Esta conclusión mía es una bobada, porque las piezas del lote son, en su mayoría, hechas en China y Estados Unidos.

Brenner concluye su ensayo explicando cómo esta búsqueda la sacó de la depresión. Y ahí comenzó una chifladura mía, que afortunadamente duró poco.

Entré por primera vez en eBay y evoqué el único amuleto que he tenido y que perdí en la adolescencia: una medalla con un fragmento de una estola de oración del papa Juan XXIII. Me la regaló la mamá de una amiga cuando yo iba en quinto de primaria. Huelga decir que a esa edad mis ideas religiosas eran más bien creencias mágicas. Mi medalla, creía yo, sería kriptonita para los vampiros, en los que creía con la misma pasión con la que aseguraba que los ángeles existían. Eso me dejó un interés de por vida en las reliquias, en cuyos poderes, aclaro, no creo en lo absoluto. En un viaje a Roma quise encontrar de nuevo la medalla, pero nadie sabía siquiera de qué hablaba. Pensé que quizás la había inventado. Pero no.

Quedé como Brenner, hechizada. Durante días no hice más que mirar reliquias y tratar de comprar algo como lo que tuve. Entre las descripciones encontré una que me hizo feliz. Es una medalla que, se supone, tiene adentro un pedazo de túnica de San José. El vendedor, chino para más señas, la describe así: “Poderoso amuleto mágico católico. Pedazo de ropa del padre adoptivo de Cristo. Usado.”