Opinión
Ver día anteriorViernes 14 de agosto de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Entre peregrinar de prisiones: Dulcinea
N

o es don Miguel de Cervantes un famoso andarín que busca peleas en los lugares a los que arriba, para terminar entre rejas? No hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se iguale al de alcanzar la libertad perdida. ¿Qué otra cosa es la vida que un peregrinar dándole una larga a la muerte? ¿Cuál fue la pregunta de Dulcinea? ¿Qué enigma se esconde detrás de ella? Parece que ella misma se erigió en pregunta, en incógnita, en la pregunta no contestada de don Quijote. Pero, ¿fue ese el destino que ella escogió, ser tan sólo una fantasía, una Antígona en la Mancha?

Dulcinea, exiliada de su cuerpo y de su alma, juega un mítico papel, paradoja de la esencia de la mujer: ahogar entre encajes virginales, pasiones terrenales, demanda, condena, se vuelve síntoma de don Quijote, y espera, tan sólo espera, esa mirada, esa palabra libertadora de las cadenas de la exclusión y de la inexistencia. Ansía la huida, la reclama con desesperación, no se resigna a ser condenada a lo impronunciable. Reclama una mirada donde pueda mirarse mujer de carne y hueso, de cálida entraña y caricia suave, de nocturnas pasiones y humedades al alba, amante encendida y no virgen de hornacina.

Sí, Dulcinea ama, pero no se resigna al silencio.

Imagino el cuerpo de Dulcinea síntoma del Quijote, al salir de prisión, selva misteriosa sexualidad palpitante de ruidos y rumores que fingían melodiosa escritura de mujer. Pasión incitadora de vibración táctil que no conoce frenos ni límites.

Búsqueda de la fusión provocadora de fantasías entrelazadas a la memoria, que se tornan lamento de intranquilo asociar promotor del deseo que levanta representaciones.

Emergen del origen que es no-origen. Tratan de salir, son máscara de otro cuerpo, y otro cuerpo, y otros cuerpos sin origen, promotores de nuevas repeticiones comprimidas que quiebran las cárceles que aprisionaron a Cervantes ocupando un lugar de nadie, inasible e ingobernable.

Habitación de lo siniestro, transportador de lo insatisfecho del deseo y movilizador de nuevas representaciones.

Dulcinea, selva virgen misteriosa inexpugnable, sin principio ni fin, canto de amor en los pechos. Sobre el triángulo negro, lecho amatorio ritmo de arrullos, invisibles laberintos, enramados de enredaderas abrazadas al tronco del cuerpo. Sorpresa poemas que dan cadencias a palabras, se deslizan silenciosas persiguiendo ternezas.

Alas del viento fecundan de humedad la flor del no ser máscara de la raya del sol. Tupida techumbre de despertar mil gérmenes de vida máscaras de la irrepresentable muerte.

Sexualidad en el alma, al fin el alma es máscara de otras sexualidades, cuerpo en quietud presiente; misterioso, calmado, aleteos en la sombra. Siluetas de un doble interno, proyección corporal de libertad salvaje.

Libido que rompe armonía se revela en ella, perpetua orgía. Agonía máscara de otra agonía, fiebres delirantes entregadas a perversiones que vencen pudores, convencionalismos, en caverna enredada de enramadas de humedad salada.

Alas del deseo entre llamas de sexualidad sin fin. Ramas de follaje, guardianas de la caverna acariciadora. Ardor en ardor, infiltrador de ternura en canto orgiástico que rima con natura.

Orgía de la memoria que se desliza en silencio arrullado hasta hacer converger deseo angustiante de reunión, que brille en la oscuridad.

Haz de tejidos de recuerdos, experiencias, vivencias, emociones, de articulación de deseos y representaciones, no por insatisfacibles menos deseados en la indefinida trama de deseos.

Anticipo de encuentros en el rumor de una escritura antigua, revelación que aparece y desaparece deja huella, huella de otras huellas y de otras que ya estaban, desde antes de ya, en el cuerpo selva misteriosa, máscara profunda que dora el sol, cristaliza el agua para el viento, inmoviliza la llama, transformada en fuego en hoguera.

Palpitación inevitable que se va y es, y no es, sólo proyección en ella, del propio cuerpo. Mecha de erotismo, quizá sólo fantasma que canta con el tiempo porque sin el tiempo perdería la angustia de la espera, cachondeo del canto melodioso del acabamiento.

Mi Dulcinea, síntoma de don Quijote.