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Ver día anteriorMartes 18 de agosto de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Carrillo Gil: bienal
H

ay algo sintomático entre el hecho de denominar primera Bienal Nacional de Paisaje y la exposición que responde a tal denominación en un museo mexicano que cuenta en su acervo con una de las más valiosas colecciones del país, obras que por sí solas forman y han formado rubros dando lugar a exposiciones de primer orden y a publicaciones que han llegado a cuestionar o a afinar, puntualizar y enriquecer piezas y rubros completos de la propia colección.

¿Es responsabilidad del museo Carrillo Gil que el contenido de la mencionada bienal deje qué desear?, la verdad no. La directora Vania Rojas Solís probablemente lo único que hizo fue acceder a un requerimiento.

Tampoco cabe adjudicar la pretensión del acto a la coordinadora de artes plásticas, Magdalena Zavala Bonachea, quien se vio seguramente ante el dilema de ubicar este conjunto antes estrenado en el vistoso y bien construido Museo Musas de Hermosillo en alguno de los espacios museísticos de la red del Instituto Nacional de Bellas Artes en esa ciudad, máxime que se trata de un estado que tanto ha dado de que hablar, como Sonora, donde se generó el proyecto obedeciendo en parte al hecho de que el paisaje sonorense es digno de exploración y de representación.

La responsabilidad correspondería al tiempo, a la preparación y a los recursos invertidos en lo que ha pretendido ser una bienal nacional.

Si se tratara de una exposición temporal, como cualquier otra, no había objeción, pero ¿cómo no atender a la denominación bienal nacional de paisaje? El calificativo nacional por lo menos debió corresponder a investigaciones mayormente fundamentadas, sobre todo teniendo en cuenta que existió una bienal regional que congregó exclusivamente estados del norte, es decir, hay amplia tira de dónde cortar, pero este resultado refleja sólo la predilección por exhibir el muy dudoso avance que evidencia hasta ahora el uso de técnicas que se consideran al menos novedosas, como ocurre en un video digital en el que el autor traza un mapa sobre la ventana de un transporte público en movimiento (proeza chilanga por cierto), o las ocurrencias discursivas o conceptuales de quien canceló el paisaje de fondo adhiriéndole un pesadísimo bloque de concreto sugiriendo la idea de que las paredes de concreto de los museos albergan obras de arte.

Digamos que el criterio de los curadores Javier Ramírez Limón, reconocido fotógrafo que ha colaborado en bienales de fotografía, y el artista visual tijuanense Gabriel Boils Terán fue idear una exposición conceptual de paisaje, y si en eso hubiera quedado todo, bueno y santo, pero para formular una bienal, en primer lugar hay que pensar en la continuidad y no basta la pretensión de incluir innovaciones técnicas que tiempo ha no son tales o procedimientos que actualmente están en boga.

En uno de los recintos oscurecidos se proyectan en el techo (vaya elaborado quehacer museográfico digno de mejor causa) el supuesto movimiento de las ondas de agua representadas en las pinturitas plantadas, ubicadas en el piso.

Hay también un zoclo de cubo aplastado que sostiene hojas del National Geographic Magazine separadas con machetes. Como dijo el historiador y filósofo José Antonio Marina, hace algo más de dos dos décadas: ¡estamos hartos de las ingeniosidades! ¿Qué sucede?, ¿no enseñan entre otras cosas a leer y a pensar, ya no digamos a dibujar, en las escuelas y academias de arte?

Todas las obras exhibidas son recientes, aproximadamente de 2013 a la fecha; la mayoría son producto de artistas jóvenes o muy jóvenes.

La juventud sin duda de ninguna especie es una condición envidiable y una promesa, pero para conceptualizar sólo se es extraordinariamente joven a los nueve o 10 años, no a los veintitantos.

Tal vez el exceso de información y la facilidad que deparan ciertos procedimientos, por ejemplo las inyecciones de tinta, las cámaras de video, la profusión de tabletas y de móviles multiusos cada vez más sofisticados ha generado acciones impensadas y facilonas.

Todo puede ser bien utilizado sin duda, y bendita la tecnología, pero sin discreción, por sí sola a veces lo único que produce son nebulosos intentos de significado, o el rechazo y la tenacidad que requiere un trabajo serio.

La obra titulada Tótem es la fotografía de una gran piedra apeada sobre un soporte. Ambos objetos podrían configurar una escultura, pero ¿para qué?, la obtención de las piezas, su búsqueda, el transporte implicado en ella, su pesadez de itineración: ¡todo es demasiado!, y la fotografía da idea de su condición totémica.

Hay un ventanal muy apaisado en esa sala de exhibición del museo Carrillo Gil, que con frecuencia se bloquea porque lo que se ve desde allí suele competir en ventaja (lumínica) con las obras en exhibición.

Ahora lo dejaron libre y se aprovechó para dar presencia a un audio en monocanal (es decir, un monólogo auditivo) de Álvaro Verduzco. Ese es un momento grato que el espectador disfruta en uno de los bien diseñados asientos, mientras mira un paisaje que tal vez es el único que vale la pena mirar.

Debo aclarar que sí hay algunas pinturas exhibidas, muy pocas, pero proporcionan una bocanada de respiro aunque sean reiteraciones de un pop tropical, como la pieza de Rafael Uriegas.

Se antoja decir a los curadores y propiciadores de esta pretendida bienal: no hay que dejarse arrastrar por el caudaloso río de lo consabido ni por el poderoso afluente de la flojera.