Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Suplemento Cultural de La Jornada
Domingo 30 de agosto de 2015 Num: 1069

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Hablar sobre
Pedro Páramo

Guillermo Samperio

Instantánea
Marcos García Caballero

Kati Horna, vanguardia
y teatralización

Adriana Cortés Koloffon entrevista
con José Antonio Rodríguez

Asbesto: un
asesino en casa

Fabrizio Lorusso

Uno más de
esos demonios

Edgar Aguilar

¡Gutiérrez Vega, a escena!
Francisco Hernández

Manuel Ahumada,
testimonio y transgresión

Hugo José Suárez

Leer

ARTE y PENSAMIENTO:
Bitácora bifronte
Ricardo Venegas
Monólogos compartidos
Francisco Torres Córdova
Mentiras Transparentes
Felipe Garrido
De Paso
Ricardo Yáñez
La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía
Cabezalcubo
Jorge Moch
Galería
Jaime Muñoz Vargas
Cinexcusas
Luis Tovar


Directorio
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La Jornada Semanal

 

La escritura y su onda expansiva:
una transgresión indispensable

Cynthia Pech


Blanco Móvil,
núm. 128,
México, Invierno-Primavera, 2015.

Mi voz rechaza la muerte; mi muerte; tu muerte;
mi voz es mi otro. Yo escribo y tú no estás muerto.
Si escribo, el otro está a salvo.

Hélène Cixous

El simple título de este número monográfico de Blanco Móvil: “Transgresiones indispensables”, invita a pensar sobre qué es la transgresión y hasta qué punto la transgresión puede darse. Ya una vez leído el número completo, el asunto se complica más pues las preguntas se van sumando en torno a la búsqueda de respuestas a los siguientes cuestionamientos fundamentales: ¿Es la transgresión indispensable? ¿Todas las transgresiones tienen el mismo origen y persiguen el mismo fin? ¿Qué transgrede: el quién o el hecho mismo? ¿El arte de la escritura es un artificio que posibilita la transgresión? ¿La poesía como posibilidad –de utopía– es un medio transgresor per se?

Pero vamos por partes: cuando escuchamos la palabra transgresión entendemos que hace referencia al acto de infringir, quebrantar, vulnerar, violentar, desobedecer una orden o ley de cualquier clase. (Moliner, 1994). Sin embargo, en términos de este texto y atendiendo a la posibilidad transgresora de todo acto creativo o poético, la búsqueda de la palabra exacta en la paleta lingüística y la presencia de la metáfora como un ente vivo, las diviso ya como una transgresión no sólo del lenguaje sino de lo social en tanto remiten a la significación y re-significación de la palabra literaria en torno a la creación verbal y a la apuesta de una expresión que comunique un sentir, pero también, un pensamiento.

La creación es un problema no sólo filosófico, sino también político –y donde lo ético tiene cabida. Para la teoría literaria son fundamentales las reflexiones sobre el proceso de la creación mediante la palabra, ya sea verbal o escrita, a partir de lo que Roman Jakobson denominó “función poética” del lenguaje. Lo político, visto en el contexto de la actualidad, refiere a que la creación artística –en donde la escritura y sus formas se circunscriben–, parte de la posición del sujeto de enunciación del discurso que como agente social opera siempre desde sus contingencias históricas y sociales. Así, desde mi perspectiva, todo acto de creación es un acto transgresor que busca desde lo que hay, lo que no hay y desde lo que no hay, la utopía a la que se llega por la palabra que “desde un lugar no representable, pone a distancia el sistema cultural y social, y nos recuerda que “no hay integración social sin subversión social” (Ricœur citado por Méndez Rubio).

En este sentido me parece muy pertinente el punto de vista de los compiladores de este número de Blanco Móvil, Adriana Tafoya y André Cisnegro, para quienes “transgredir no es gritar fuerte o con amargura, sino con precisión. Ser incisivo. Abrir donde hay que abrir para extraer lo que se busca extraer y lograr el trasplante; salvar un organismo, el cuerpo mismo del poeta, o del poema, y por ende de la poesía, de la literatura, y su radio expansivo”. Y justo este punto de vista establece el criterio de este número de la revista en el que encontramos un efluvio creativo que busca en lo asertivo, lo certero –algo que no es fácil. Lo que se agradece de este número es la presencia de escrituras tan diversas como posiciones enunciativas de distintas generaciones, las cuales despliegan el abanico esbozado en un inicio por los compiladores.

Hay que resaltar que los textos, en su mayoría poesía, encuadran en los límites de la transgresión a la que invita el número, ya que como bien señala André Cisnegro en su breve ensayo “Transgresión para las masas”, los escritos reunidos pertenecen a esa especie del “arte de hacer vida con la vida y no muerte con la muerte”, una condición que es en sí, transgresora. De ahí que el artificio de la palabra sea una apuesta por la creación y en donde la metáfora es su realización; una realización en la que el ser humano, como diría María Zambrano, aspira a un conocimiento más absoluto: sobre el sí mismo, pero también, sobre su realidad.

La transgresión en este número mira, por ejemplo, con el ojo despierto y surrealista al que evoca Hortensia Carrasco en su poema “El gran juego”, o el placer que el soñador guerrero encuentra en el deseo de romperlo todo, como apunta el fragmento de “Demiurgo del caos”, de Enrique González Rojo… Pero también está esa vena autofágica de la cultura a la que alude Hugo Garduño en el poema “Los pendencieros”… Y así, en un continuum posible la palabra abre el universo sostenido por el Valium de Silvia Tomasa Rivera, en “Voy a matarte, amor”, queman la “Hoguera” de Esaú Corona y tejen esos mundos posibles allá donde llega la onda expansiva…

Sin duda, el proceso creativo, en donde el escritor y la obra se recrean a la vez que rehacen la realidad, es en sí un acto transgresor. No hay que olvidar que la escritura contiene también una función imaginativa que en la vida social encuentra su territorio en los disloques de la palabra hacia los posibles sentidos que ella despliega: he ahí la transgresión a la que este número de Blanco Móvil convoca.



80 aniversarius. Queremos tanto a Eduardo del Río,
Grijalbo,
México, 2014.

Los compiladores son Andrea Candia Gajá y Bernardo Fernández, Bef, y los autores convocados son, como aparecen en el índice, Abraham Nuncio, Adriana Malvado, Alma Guillermoprieto, Ana Colchero, Andrea Candia, Armando Bartra, Bárbara Jacobs, Benito Taibo, Carlos Monsiváis, Carmen Boullosa, Cuauhtémoc Cárdenas, Elena Poniatowska, Emiliano Pérez Cruz, Enrique Florescano, Enrique Semo, Fabrizio Mejía Madrid, Félix Hernández Gamundi, Fritz Glockner, Guadalupe Loaeza, Guillermo Fadanelli, Hugo Gutiérrez Vega, Humberto Musacchio, Ifigenia Martínez, j. Jesús Lemus, Jabaz, Jaime Avilés, Jaime Cárdenas Gracia, Jairo Calixto Albarrán, Javier Sicilia, Javier Solórzano, Jenaro Villamil, Jesusa Rodríguez, Jis, Jorge Ramírez Bravo, José Carreño Carlón, José Gordon, José Manuel Rodríguez El Caníbal, Juan Carlos González Juárez y Lucrecia Alcalá Sarabia, Juan Manuelo Aurrecoechea, Juan Villoro, Julia Palacios, Julio César Pineda Santos, Laura Esquivel, Lorenzo Meyer, Luis Gantus, María Luisa la China Mendoza,  María Rojo, Marta Lamas, Mónica Lavín, Nora Karina Aguilar Rendón, Óscar Chávez, Pablo Latapí, Paco Ignacio Taibo II, Pedro Valtierra, Porfirio Muñoz Ledo, Rafael Barajas el Fisgón, Raúl Cremoux, Raúl Vera, Ricardo Rocha, Roberto Escudero, Rogelio Cuéllar, Sabina Berman, Sergio Aguayo y Víctor Roura. Cuatro apartados más cierran el volumen: Los lectores, un Epílogo a cargo de Ariel Rosales, El último desayuno –pequeño reportaje gráfico sobre la hechura del mural riusiano en el Museo del Estanquillo– y Los moneros; esto último, una lista casi tan numerosa como la de quienes colaboraron por escrito en este volumen que no requiere mayor explicación. Quísose incluir completa la lista de autores –completa respecto del libro, pues la completa-completa requeriría tal vez una enciclopedia de varios volúmenes– para hacer notar el ecléctico poder de convocatoria del maestro Rius Frius, de quien todos parecen haber hablado o querer hablar, lo mismo sus colegas moneros que narradores, ensayistas, historiadores, economistas, periodistas, poetas, activistas sociales, así como uno que otro actor y político desperdigado. No es para menos: los primeros ochenta años del Chamuco Mayor hay que celebrarlos como-dios-manda, dicho así nomás por el gusto de hacer sonreír tantito a don Rius.