Opinión
Ver día anteriorLunes 7 de septiembre de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Adolfo Sánchez Vázquez: filósofo, militante, humanista
Víctor Flores Olea
E

n días pasados, en la Facultad de Fi­losofía y Letras, tuvo lugar un muy pertinente homenaje a Adolfo Sánchez Vázquez, con motivo del centenario de su nacimiento. Homenaje pertinente porque Adolfo fue sin duda uno de los profesores que más prestigio le han conferido a esa facultad universitaria y porque, en su campo, abrió ojos y caminos no sólo para estudiantes y profesores, sino porque al nivel de las polémicas universales que se despiertan alrededor de estos temas, el nombre de Adolfo Sánchez Vázquez está siempre presente como uno de los fundamentales.

Nos enorgulleció su amistad y ahora nos llena de alegría el prestigio general que ha cobrado, como un gran intelectual que, desde la izquierda, supo llevar a lo más alto sus explicaciones e interpretaciones. Adolfo se hizo universal por propio mérito y así es considerado hoy por colegas de prácticamente todas partes del mundo.

Es muy impresionante su trayectoria. Desde los primeros años, en su natal Algeciras, despertó en él poderosamente el sentimiento de solidaridad que se debe a los más necesitados y este aspecto de su carácter, que fue en su vida aspecto central de su voluntad y vocación, fue seguramente uno de los motivos fundamentales de Adolfo Sánchez Vázquez como militante de izquierda, y posteriormente, de su muy completa formación intelectual en torno al marxismo, que fue sin duda, ya como profesional, uno de los aspectos más atractivos de su existencia.

Subrayemos, pues, que Sánchez Vázquez vino del contacto personal con hombres y mujeres a los libros, y no al revés. Es decir, en más de un sentido su elaboración intelectual fue vivida antes, y seguramente por ello, la firmeza de sus convicciones y su fortaleza ante las vicisitudes que ha pasado por todas partes del mundo, especialmente en el gran país (la Unión Soviética), que más tarde se derrumbó.

Pero veamos la manera en que Adolfo Sánchez Vázquez, ya en su tiempo de profesor y militante de altos vuelos, emprendió la crítica del marxismo staliniano y del dogmatismo y carácter vertical e inamovible de la teoría que, como creían muchos de sus seguidores, la fortalecían y hacían invencible, cuando en realidad, según lo demostró la historia, la debilitaban y fueron sua reales sepultureros (los dogmatismos). Esta evolución negativa de la teoría revolucionaria fue vista lúcidamente por Adolfo Sánchez Vázquez y sin duda es un aspecto inolvidable de su fuerza intelectual. Y, sin duda, de su fuerza de carácter.

Uno de los aspectos más atractivos de la personalidad intelectual de Sánchez Vázquez es cuando, sin el mínimo temor a los dogmáticos, sostuvo que la teoría de Marx se había degradado enormemente porque sus seguidores habían puesto de lado la influencia que había ejercido el pensamiento de Hegel sobre Marx, y que de ahí provenían precisamente las interpretaciones de la historia como conflictos sucesivos y contradicciones sin fin, y que, sin esa visión, la historia se convierte en lineal y no contradictoria, es decir, plena de la riqueza y capacidad inventiva del hombre en ella, que la convierte en tremendamente creadora y variada.

Por supuesto, Sánchez Vázquez estuvo en contra de los dogmatismos en que se convirtió la doctrina de Marx y Lenin bajo el estalinismo, y en contra de los despiadados crímenes que marcaron el socialismo real. Por supuesto, una de las mayores preocupaciones que ocuparon la vida intelectual y militante de Sánchez Vázquez fue la de denunciar que en el socialismo real hubo una grotesca y burda falsificación del marxismo que casi lo convirtió su contrario y que ahora una de las principales metas de las fuerzas progresistas en el mundo, era demostrar que el socialismo real se había despojado de la teoría de Marx, y su misión consistía en regresarlo a su significado y valores originales, sin los cuales no podría vivir o se falsificaría para siempre.

Una de las cuestiones de mayor interés que surgieron en este coloquio sobre Adolfo Sánchez Vázquez es cuando alguien afirmó, sin mayor conocimiento de causa, que el socialismo como tal había quedado ya al margen de las opciones históricas, sobre todo después de la derrota sufrida por los países del socialismo real y del triunfo del capitalismo globalizado en prácticamente todas partes del mundo. A este seudoargumento, que se deshace tan fácilmente, del socialismo como alternativa, me reduje a contestar que es la existencia del propio capitalismo globalizado y neoliberal, al que muchos han denominado certeramente capitalismo salvaje (pero ¿hay un capitalismo que no sea salvaje?), precisamente por su afán ilimitado de ganancias, por la explotación que ejerce sobre muy grandes mayorías, por haberse convertido en una verdadera fábrica de pobres y por haber impulsado la mayor concentración de riquezas de que se tenga noticia en la historia humana, y por la degradación moral e intelectual que implica.

Vale la pena también mencionar que las cuestiones estéticas propiamente dichas y las de la ética, en estricto sentido filosófico, ocuparon espacio importante en la obra de este humanista mexicano y español de nuestro tiempo. Una vez más, por todo ello, nos congratulamos de este homenaje especial que se le rinde en la Facultad de Filosofía y Letras de nuestra Universidad Nacional Autónoma de México.

Muchos otros argumentos podrían añadirse, pero nos baste recordar ahora que el propio Adolfo Sánchez Vázquez, siguiendo de cerca en esto a Ernst Bloch, insistió siempre en la necesidad de vivir permanentemente con un principio de esperanza que proporcione a los desheredados del mundo el optimismo necesario para seguir adelante con su carga, pero con la convicción de que el mundo es cambiable y que de ninguna manera podemos pensar en una historia congelada y sin alternativas, muerta, y la principal de esas alternativas es la de la liberación de los más pobres para que efectúe una lucha sin cuartel, seguros de que al final de cuentas triunfarán sus sueños y esperanzas.

O, retomando la frase celebre de Walter Benjamin: Sólo tenemos esperanza por aquellos que han perdido toda esperanza.