Opinión
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Donde vive la selva viva
Hermann Bellinghausen
Q

ué es selva viviente (Kawsak Sacha en kichwa) se preguntaba una tarde de 2011 José Gualinga compartiendo chicha de yuca bajo una sombrita en Sarayaku, a pocos metros del río Bobonaza en la selva amazónica de Ecuador. Y se respondía: Un espacio de los seres donde los pueblos elevamos nuestras emociones físicas, sicológicas y síquicas. Por ejemplo, en agosto la mayor parte de la gente está movilizada selva adentro, ya no en una comunidad, sino en la selva, en una casita lejos. Ahí los niños, las mujeres, todos, recrean, cogen su vida, se van a ver la masanga, los misterios. Esto te fortalece y hace la hermandad, la unidad y el respeto a la naturaleza (Ojarasca, octubre de 2011).

Gualinga presidía entonces el consejo de gobierno en Sarayaku. Antes y después ha ocupado diversas responsabilidades en representación de su pueblo en las organizaciones nacionales y ante el mundo. Los de sarayaku derrotaron a una petrolera y al propio gobierno de Rafael Correa. Son ejemplo viviente de que se puede. Con la voz de su pueblo, Gualinga ha viajado. No ignora las claves del ámbito global, ni las venenosas mieles del primer mundo y los alientos mareadores de las cúpulas oficialistas en Quito, pero sabe que en su lugar la vida es mejor, sin venenos y con la naturaleza.

Los kichwas de Sarayaku se pusieron las pilas, dejaron hablar a la tierra y viven como ella dice. Es el territorio sagrado, no hay que destruirlo. La selva viviente también es el espacio donde los chamanes y los mayores transmiten su conocimiento, la ciencia de la selva, cómo conocer los árboles, las plantas, los peces, los animales, orientarse, soñar, tener visiones. Esa es nuestra ciencia, la relación con este mundo. Un lenguaje de comunicación con los animales.

Gualinga hablaba del proyecto indígena amazónico, que a contrapelo del capitalismo que ignora históricamente a los indios y sus opciones existenciales, es de largo plazo, vale para hoy y para cuando hayamos muerto. El futuro define al presente. No lo contrario, como el no-proyecto neoliberal que somete el futuro al presente.

La propuesta la estamos desarrollando todas las nacionalidades del centro-sur de la Amazonía. La frontera es el territorio kichwa y va al territorio achuar y shuar. Son 5 millones de hectáreas el territorio indígena. El nororiente de la selva, Sucumbíos, Orellana, ya está afectado pero acá sigue bien protegido, confiaba Gualinga.

Cuatro años después, los pueblos de la Amazonía marchan de nuevo en las distancias ecuatorianas para manifestar sus derechos y por su principio de existencia, en resistencia al gobierno populista-extractivista de Correa (que ya había debido legislar sobre los derechos de la Madre Tierra).

“Como el gobierno amplía los bloques petroleros, proponemos declarar a la selva viviente territorio sagrado de los seres, donde nuestra vida se constituye. Proponemos planes de vida: administrar los recursos naturales de acuerdo a nuestra visión con bases de tierra fértil, aplicar el conocimiento de los pueblos y el comportamiento social que hacen el Sumaj Kawsay (buen vivir). Y dentro de eso vamos a usar los recursos naturales con educación, salud y economía propias. La plataforma, el gran horizonte, es mantener el Sumaj Kawsay, donde la naturaleza no esté contaminada sino libre”.

Las batallas que este pensamiento va ganando son significativas. En Argentina, impresionado por los ejemplos de Bolivia y Ecuador, un ministro de la Suprema Corte de Justicia escribió La Pachamama y el hombre (publicado por las Madres de la Plaza de Mayo en 2012). El ministro Eugenio Raúl Zaffaroni acomete una revisión jurídica, filosófica y humanística, de Kant a Monod, sobre la relación del hombre con la naturaleza y el mundo animal. Zaffaroni llamó a trabajar con inteligencia en la búsqueda de una convivencia amable entre el hombre y la Pachamama, la Madre Tierra, porque si siguen depredando los ríos, las montañas y los animales que lo habitan, reportaba Página 12, el planeta va a seguir viviendo, no se va a terminar, pero los que no vamos a seguir viviendo somos nosotros, los seres humanos.

Los pueblos indígenas más lúcidos en América del Sur llevan adelante un proyecto arriesgado pero posible; han logrado poner límites legales o de hecho a los gobiernos nacionales, sobre todo si se proclaman populares como en Venezuela, Ecuador y Bolivia. Silvia Rivera Cusicanqui declaraba en una entrevista para Lobo Suelto (2014): “Lo que hacemos como colectivo se transforma en voluntad de ‘hacer’. Nos proyectamos siempre hacia un afuera como voluntades colectivas que rompen la barrera entre lo manual y lo intelectual”. En medio de su crítica a los socialismos gubernamentales que, incluyendo Bolivia, no acaban de entender a los indios, la implacable pensadora aymara sostuvo: Ya no estamos más solos, nos acompañan también un montón de bichos y la Tierra.

¿Hablamos de un dimensión más que humana de la democracia?