Opinión
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Los dos Méxicos
Gustavo Gordillo
E

l reciente informe del Latinobarómetro refleja en el caso de México lo que venimos observando en los últimos años: el precoz desencanto con una democracia que apenas y se encuentra también en su segunda década.

Aunque habrá que continuar revisando los datos y la larga serie de 20 años en relación con México y en comparación con otros países de la región, ahora quisiera detenerme en la explicación sobre los datos de 2015 que brindan los autores del reporte.

Una diferencia central entre la mayor parte de los países latinoamericanos y México fue el fuerte crecimiento económico en otras latitudes frente al relativo estancamiento mexicano. Aun así el discurso de las nuevas clases medias ha sido bastante extendido aquí como en el resto de la región. Pero si en Brasil y Chile se podía sustentar las consecuencias de ese crecimiento en la reducción importante de la pobreza, de la pobreza extrema y una reducción más modesta de la desigualdad; en México desde 1992 el porcentaje de pobres no ha variado mucho y en términos absolutos ha crecido.

Aun así es observable un cierto tipo de clases medias –que algunos analistas denominaron espurias–, cuyos tres rasgos centrales son: su brinco por encima de la barrera de la pobreza gracias al crédito al consumo, una parte de sus actividades productivas son de carácter informal y como consecuencia de ambos, una enorme vulnerabilidad y predisposición a descender nuevamente a la pobreza.

Me interesa subrayar dos afirmaciones en el análisis del Latinobarómetro. La primera es que lo que antes era una anomalía (como forma de participación en las democracias liberales): la protesta no autorizada, hoy en América Latina es lo usual. La participación es quizá el indicador más duro que diferencia la democracia de tipo liberal, de lo que sucede en la región.

La segunda conclusión es que el sistema pierde capacidad para representar a un ciudadano que está y se siente empoderado, derivado de la tensión entre el acceso y cierto ejercicio de sus derechos individuales y cierta aceptación de un ejercicio colectivo de defensa de esos derechos aunque circunscrito a redes informales pequeñas y cerradas en el núcleo familiar o con vecinos y conocidos.

Eso dos elementos conducen a subrayar la convergencia de movilizaciones “entre los más pobres, los que se sienten más pobres, lo que sin ser pobres no están invitados a la fiesta, son ciudadanos empoderados que también tienen motivos para salir a protestar”. Se trata empero de una participación desarticulada en el sentido de que no concluye en formas orgánicas más allá de las pequeñas redes de conocidos o familares a quienes se les tiene confianza.

El tema de la desconfianza –una vez que se descartan las injustificadas pretensiones de que las sociedades en esta región y en particular en México, son reacias a formas de cooperación social– puede ser analizada desde una dimension cultural.

A mí me parece cada vez más una explicación insuficiente y hasta cierto punto tautológica. Lo mismo podríamos decir de la falta de cooperación entre el Legislativo y el Ejecutivo en Estados Unidos, las actitudes racistas en Hungría, la política de puertas abiertas a migrantes en Suecia, el fundamentalismo islámico o el gusto por la cochinita pibil de los yucatecos. Todo tiene raíces culturales. Nos dice todo y nada.

Yo creo que este tipo de participación desarticulada y defensiva en distintos segmentos de las sociedades latinoamericanas tiene más que ver con el comportamiento de las élites económicas y políticas.

Si en el caso de México, The Economist se refiere –a mi manera de ver equivocadamente– a dos Méxicos: el moderno y el tradicional; en política igual podríamos hablar de dos Méxicos. Sólo que en este caso los modernos económicos son los anacrónicos políticos. O quizás forman parte del México moderno porque se comportan políticamente como pre-modernos.

Seguiré revisando el reporte del Latinobarómetro.

gustavogordillo.blogspot.com

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