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Turquía: barbarie y encrucijada
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l menos 95 personas murieron y 246 resultaron heridas –según cifras oficiales– a consecuencia del brutal atentado perpetrado ayer en Ankara, la capital de Turquía. De acuerdo con la información disponible, el ataque fue cometido por dos presuntos suicidas unas horas antes del inicio de una manifestación organizada por la oposición izquierdista para demandar el cese de los combates entre las fuerzas de seguridad turcas y el grupo armado Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). Los organizadores de dicha marcha, entre los que destacan el pro kurdo Partido de la Democracia de los Pueblos (HDP) y el socialdemócrata Partido Republicano del Pueblo (CHP), han venido criticando en meses recientes el autoritarismo del gobierno dirigido por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, islamista), al cual pertenece el presidente Recep Tayyip Erdogan.

Hasta el cierre de esta edición, ningún grupo había reclamado la autoría del atentado, lo que alimentó la proliferación de suposiciones y acusaciones de los distintos actores de la política turca. Mientras el primer ministro, Ahmet Davutoglu, dijo que los ataques podrían haber sido perpetrados por el Estado Islámico (EI), por militantes del PKK o por grupos de la izquierda radical, el líder del HDP, Selahattin Demirtas, culpó al gobierno y dijo que nos enfrentamos a un Estado asesino que se ha convertido en mafia.

Más allá de esas especulaciones, el escenario de terror que se vivió ayer en la capital turca tiene elementos de contexto ineludibles, tanto endógenos como exógenos. Entre los primeros destaca la añeja confrontación entre agrupaciones kurdas y el gobierno de Ankara. Cabe recordar que el gobierno turco es tristemente célebre por su expediente en materia de violaciones a los derechos humanos, agresiones y represión en contra de los kurdos, un historial que remite inevitablemente al genocidio de armenios perpetrado a principios del siglo XX, en tiempos del imperio otomano, en el contexto del cual murieron entre 600 mil y un millón 500 mil personas. Ese historial se recrudeció recientemente por la beligerancia del régimen de Erdogan y su afán de aniquilar a la guerrilla kurda.

Por otra parte, la inestabilidad, la violencia y el encono dentro de Turquía no pueden abstraerse de la cruzada emprendida por Occidente contra el EI y la innegable injerencia de Washington en la región, que ha afectado de manera particular la posición turca: mientras la población kurda constituye la primera línea de defensa en contra de la organización yihadista, Ankara ha mantenido una posición ambigua en torno a ésta y ha condicionado su participación en ataques contra el EI al derrocamiento del régimen de Bashar al Assad en Siria.

La postura de Turquía frente al avance del EI en territorio kurdo da sustento al escepticismo en su momento de diversos sectores de la opinión pública mundial respecto de la pertinencia y la eficacia de la ofensiva multinacional emprendida y convocada por Washington en contra de la organización yihadista. En efecto, la nueva aventura bélica de la Casa Blanca y el Pentágono en Medio Oriente ha tenido el efecto inmediato de multiplicar, diversificar y profundizar factores regionales de encono como los referidos.

En suma, el atentado de ayer plantea una encrucijada que involucra al gobierno kurdo, pero también a las potencias occidentales, empezando por Washington: de persistir con las políticas que alimentan factores de tensión y violencia, se colocará a ese país –integrante de la OTAN y puente estratégico entre Europa y Oriente Medio– en una circunstancia de violencia e inestabilidad indeseables.

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