Opinión
Ver día anteriorLunes 9 de noviembre de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Mal uso del agua en México
A

ntes de entrar en materia, propongo al Senado un candidato idóneo para recibir el próximo año la presea Belisario Domínguez: German Larrea, dueño del Grupo México, con minas y otros negocios que afectan la salud pública y el medio ambiente. Como en Cananea y Ciudad Juárez-El Paso.

Hace cuatro años el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), presentó un documento en que se afirma que el crecimiento económico de las décadas recientes en nuestro país se sustenta en el uso irracional de los recursos naturales, especialmente del agua. Que los logros en ahorro e inversión pública y privada no compensan la depreciación del capital físico y natural. Y que, a pesar de los vaivenes de una economía que no crece lo suficiente, en cambio es notable el desgaste que sufren los recursos que de­bían servir para elevar la calidad de vida de la población. En resumen, México no caminaba todavía hacia un auténtico desarrollo, que tiene como condición el uso racional y sustentable de sus patrimonios natural y humano. Algo que, como anota en dicho documento el Pnuma, también sucede en el resto de América Latina.

En cuanto al agua, el organismo de las Naciones Unidas advierte en el citado documento que existe mayor presión sobre ella, a lo que se agrega su mal uso, especialmente en el sector agropecuario. Se agrega la carencia de políticas para utilizarla racionalmente en los asentamientos humanos, de tal forma que llegue en cantidad suficiente a una población que crece año con año. Por ello, cada vez existe menor disponibilidad per cápita . Y a diferencia de otros países, como Argentina, Chile, Brasil y Uruguay, la contaminación del agua en México es un problema que no muestra signos de solución. El Pnuma también advirtió entonces el crecimiento de la emisión de contaminantes per cápita a partir de 1995, especialmente de bióxido de cabono, algo que igualmente ocurre en Chile y Brasil. En ello han influido de manera clara los cambios en el uso del suelo, la deforestación y un mayor consumo de hidrocarburos.

Pero, retornando al problema del agua, este año la región metropolitana de Sao Paulo, que tiene casi tantos habitantes como la de México (unos 20 millones), ha sufrido la peor crisis hídrica del pasado siglo y se convirtió en un asunto de seguridad nacional. El abastecimiento tuvo que ser racionado mientras se limitaba su uso en muchas actividades, para dar tiempo a que el gobierno terminara diversas obras de emergencia programadas para paliar la situación. El responsable de la dependencia que administra el agua en la región metropolitana dijo que tendrían que rezar para que llueva a partir de octubre si no se terminaban dichas obras. Y, como en México, son los pobres los que más sufren por la falta de agua. Graves son igualmente los problemas en el sector industrial y de servicios en el que se ocupa mayormente la población.

Aunque la sequía no ha sido este año tan grave como en Sao Paulo, las autoridades de California acordaron medidas drásticas para enfrentar la falta de agua, luego de un quinquenio sin lluvias suficientes, a menos caudal del río Colorado y otras fuentes hídricas, así como al uso irracional del líquido en un estado que registra especialmente la década reciente un auge inmobiliario. El organismo que tiene bajo su responsabilidad regular el abasto en la entidad con más peso económico de Estados Unidos, emprendió recortes de hasta 30 por ciento en varias ciudades. Las prioridades son que no le falte a la población y disminuir al máximo el mal uso en la agricultura (como en México, consume 80 por ciento de todo el líquido disponible en California) y los sectores industrial y de servicios. Las multas por malgastar el agua se elevaron drásticamente en las zonas urbanas, donde más de la mitad se usa fuera de los hogares y para fines distintos a las necesidades humanas. Bien lo ejemplificó el gobernador de California al condenar el uso del agua en el desierto para albercas y jardines.

Los tres casos aquí descritos muestran la necesidad de cambiar de rumbo en la administración del agua. Máxime si todo indica que por el cambio climático y el aumento de la población su disponibilidad será cada vez menor.