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Puntos sobre las íes

Recuerdos XVI

Pocos cómo don Neguib...

P

use punto final a mi anterior entrega a La Jornada, señalando que tan destacado y emprendedor hombre de negocios, poco pudo ver en funciones a su adorada Monumental Plaza México, ya que falleció en 1950, a los 54 años, toda vez que vino al mundo en 1896.

Muy joven.

En pregunta que, años más tarde, le hiciera a mi señor padre por el motivo de su deceso, me contestó lo siguiente: mucho lo afectó perder su inmensa fortuna, por las tantas presiones de sus enemigos y las trabas y zancadillas que supieron ponerle y que fueron mucho para su corazón.

Fue después, que me enteré que cuando don Neguib murió ni siquiera había dinero para sus funerales y que habían sido mi padre y su entrañable amigo don Antonio Domit quienes encabezaron una colecta para su entierro.

¿Y la gente del toro?

Ni sus luces.

Ni una sola persona se apersonó a darle el postrer adiós, que así suelen ser las cosas de este mundo cuando el que se va poco caudal deja.

Pero, eso sí, ahí está, rindiendo honor a su nombre ese sensacional coso taurino que no tiene igual en el mundo taurino y un estadio que pudo llegar a ser mucho más de lo que hoy día es.

Fue todo un señor.

* * *

Obvias son las preguntas.

Y contestarlas debemos.

¿Por qué hemos citado sólo dos nombres ligados a las lides empresariales ligadas en estos recuerdos?

Por su trascendencia.

Y son ellos don Moisés Cosío y don Tomás Valles.

Vamos con el primero.

Hombre por demás riquísimo, de quien se habló y se sigue hablando de los principios y crecimiento de sus dineros, debiendo dejar muy claro quien esto escribe fue amigo de sus hijos, Antonio y Moisés, en nuestra infancia en el colegio Cristóbal Colón, siendo los dos estupendos basquetbolistas.

Bien, su padre, don Moisés Cosío Ariño, como decimos, fue hombre de muchos dimes y de otros tantos diretes y de ellos, ¿cuáles fueron verdad y cuáles no?

Sabrá Dios.

En anterior artículo citábamos que había comerciado con algodón y, también, que era propietario de una tienda de las llamadas de abarrotes y conocida como El Vapor, pero el haber participado entre los compradores de la Plaza México, habla de un muy fuerte capital disponible para formar parte de la coalición adquiriente.

Según publicaciones, entrevistas, afirmaciones, rumores y, posteriormente, investigaciones, don Moisés fue una especie de representante del general Manuel Ávila Camacho y del licenciado Javier Rojo Gómez, para poder entrarle al toro.

Y vaya que le entraron: cientos de miles de metros de terrenos, la plaza y el estadio y tan productiva fue la inversión que de ahí nacieron o fueron adquiridas firmas como Fábrica de Muebles Regil, Toallas La Josefina, Afianzadora Cosío, el frontón México, así como varios hoteles en la capital y en provincia, amén de socio de dos o tres instituciones financieras y de varias más en el extranjero.

De todo lo cual se desprende que don Neguib Simón nunca fue un necio, sino un visionario y un gran hombre de negocios al que le jugaron chueco y rudo.

Bien, continuando con don Moisés Cosío, podemos afirmar que hizo del frontón México lo que su eslogan publicitario afirmaba el palacio de la pelota, pero donde si la regó de todas todas, fue como empresario taurino y fue por ello que surgieron varios pretendientes al trono, entre ellos el doctor Alfonso Gaona, quien, a lo largo del tiempo, iba a llegar, irse, regresar, confundir, enredar, hacer y deshacer, pero la mayor de las patas del acaudalado don Moisés fue nombrar gerente de la Plaza México al matador de toros Arturo Álvarez El Vizcaíno, hombre honrado y simpático, pero que de organizador tenía lo mismo que de sacerdote.

Así que, desde aquel entonces, han desfilado por el embudo de Insurgentes un buen número de empresarios no todos muy duchos que digamos y, según mi criterio, uno de los más significativos ha sido don Tomás Valles.

¿Conocía a fondo el mundillo taurino?

No, ni remotamente, pero, eso sí, supo darle brillo y esplendor a la fiesta, a la que aprovechó a las mil maravillas para poder llegar a donde lo había planeado y a quien la suerte ayudó, de manera increíble, cuando el desastre de la fiebre aftosa. (Continuará)

(AAB)