Opinión
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Nuevos rectores, nuevas exigencias
L

a realidad y el futuro de las universidades –sobre todo las públicas– no es un problema menor; tampoco lo es como tema de reflexión.

Con diferencia de días, la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Autónoma de Nuevo León, dos de las tres universidades de mayor dimensión en el país, cambiaron de rector.

Como es costumbre, a los nuevos rectores los designó la Junta de Gobierno, según su Ley Orgánica: la de la UNAM de 1944, y la de la UANL de 1971, en el paso hacia su autonomía.

La creación de la Junta de Gobierno en ambas instituciones responde al mismo propósito: evitar, mediante un órgano neutral –relativizado siempre por la práctica–, los conflictos internos y la desestabilización generados por intereses electorales en juego. Se ha conseguido, en buena medida, erradicar las campañas, y con ello lo que sucede en las elecciones constitucionales: la compra de votos y otras maniobras.

Los tiempos, sin embargo, han cambiado y es preciso abandonar la zona de confort, como ha dicho el rector de la UANL. Esa zona debiera ser remplazada por la deliberación y el ejercicio participativo de maestros y estudiantes en los problemas de su institución y su país, cuyo régimen es, hay que tenerlo presente, republicano, democrático y representativo. ¿No debieran las universidades ser ejemplo constante de este régimen?

En la UNAM el cambio es una exigencia que pusieron de manifiesto diversas expresiones de la comunidad universitaria, a raíz de lo que se percibió como un intento de Los Pinos para imponer al rector. La Junta de Gobierno debió actuar con apremio para impedirlo. En la carta abierta firmada por varios académicos, la designación del doctor Luis Graue Wiechers se asume como un logro. Logro –se dice allí– que debiera marcar el inicio de una nueva etapa en la universidad, más democrática, participativa, autónoma, crítica y siempre gratuita. Se citan las palabras del propio rector Graue respecto a tener una universidad capaz de indignarse ante la injusticia y la inequidad, la necesidad de una apertura, la celebración de un Congreso Universitario, y la exploración de otras posibilidades en torno al procedimiento de selección de los directivos universitarios.

Distinto fue el proceso por el cual el ingeniero Rogelio Garza Rivera se hizo cargo de la rectoría de la UANL. Internamente no hubo nada que no fuese previsible. Pero sí en la política del estado, donde un candidato independiente a la gubernatura triunfó en la elección con un notable margen sobre sus adversarios. A este contexto, la UANL debiera responder renovando métodos y objetivos mediante la participación de la comunidad universitaria.

A pesar de que en otras ocasiones los cambios ocurridos en distintas latitudes –opiniones, discusiones, movilizaciones– no han alterado sino en menor medida el estado de cosas prevaleciente a lo largo de décadas en la universidad pública de Nuevo León, todo aquello que hoy involucra al gobierno, a la sociedad civil y, en particular, a las instituciones de enseñanza superior podría dar pie a transformaciones en su ámbito.

El rector Garza Rivera es un hombre abierto y esta actitud pudiera propiciar que esas transformaciones, si se dan, tengan un carácter orgánico basado en un intenso e imaginativo trabajo institucional.

Uno de los primeros actos importantes del rector Garza Rivera fue presidir la reunión del Consejo Internacional creado por la UANL para elevar las posibilidades de maestros, estudiantes y egresados en su contacto con otras culturas. En el acto dio una conferencia la profesora Deanna Meth, de la británica Universidad de Sheffield, en la que enfatizó la importancia del intercambio entre grupos de estudiantes de diferentes áreas y el acercamiento a la comunidad como parte de un proceso cuyo objetivo es el desarrollo de la conciencia y el compromiso con los problemas del entorno social y natural.

Pocos días después de ese acto tuvieron lugar los ataques del Estado Islámico a Beirut y París. Pensé en la conferencia de la profesora Meth. No hemos dejado de ser pueblerinos y sectarios: no sabemos –ni mucho nos interesa saber– más allá de nuestra casa, nuestra privada, nuestro club o nuestra iglesia. Así nos han educado. En la universidad debiera ser diferente. Pero no es así. Fuera de lo que ocurre en su salón de clases y acaso en su facultad, es difícil que se ponga en acto el interés de los estudiantes, y aun el de una buena cantidad de maestros.

Mientras los otros no sean parte de nuestros propios intereses, la respuesta a los problemas y situaciones límite que a esos otros se les presentan será siempre desinformada, apática y muy probablemente de coro. Coro como el muy lamentable que hemos presenciado en torno a esos ataques: el de los colonizados que condenan una agresión a la sociedad de una potencia occidental (Francia), pero permanecen impávidos ante agresiones semejantes a la de países como el nuestro (Líbano y antes un largo etcétera). Cuando se habla de la occidental como la civilización por antonomasia, no se piensa que sin las matemáticas, la estética y la sabiduría de las obras orientales, tal civilización habría sido imposible.

El énfasis de varias universidades en la internacionalización tiene un valor práctico. Mayor congruencia tendría si apuntara hacia objetivos que implicaran el desarrollo de la conciencia y el compromiso. No de otra manera los universitarios podrán saber y comprender el mundo que pisan y donde el shock of recognition no basta ya para actuar de manera consecuente.