Opinión
Ver día anteriorSábado 5 de diciembre de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El laberinto de las armas
Ilán Semo
S

an Bernardino, California. Una mujer y un hombre vestidos con uniformes militares negros para acciones estratégicas, irrumpen en un centro para discapacitados durante una fiesta prenavideña. Disparan a mansalva con armas de alto calibre, matando a 20 personas e hiriendo a otras 18. Huyen en una camioneta. Cuatro horas más tarde, a tres kilómetros, la policía los descubre y los abate en un tiroteo encarnizado.

En su primera declaración, el presidente Barack Obama habla de un tiroteo masivo, que es la definición que se da en Estados Unidos a incidentes donde alguien dispara súbitamente sobre una multitud. Hace dos décadas, ocurrían unas cuantas veces al año. Pero su cifra ha aumentado escandalosamente. Tan sólo en 2015, ocurrieron 351 tiroteos masivos, en los que murieron 447 personas y otras mil 290 quedaron heridas (ver el reportaje de David Brooks en La Jornada: Los números de la muerte: armas y matanzas en Estados Unidos).

Dos días después de la masacre de San Bernardino, las investigaciones identificaron a la pareja de tiradores: Syed Rizwan Farook –ciudadano estadunidense de origen palestino– y su esposa, Tashfeen Malik, nacida en Arabia Saudita. Bastó con que los nombres de ambos tuvieran un origen musulmán –como afirma el reporte policiaco oficial– para abrir una nueva pista de investigación. En vez del término tiroteo masivo apareció el del gran fantasma actual: terrorismo. Las investigaciones apenas se han iniciado y no hay conclusión al respecto.

La diferencia entre un asesino individual y un terrorista, diría cualquier policía, es que el primero es un criminal, mientras el segundo representa un enemigo. El criminal no pretende desestabilizar el orden, simplemente actúa fuera de la ley; el segundo, por el contrario, persigue una acción política. Como en todo análisis de la violencia, el problema reside en la relación entre los fines y los medios.

Sin embargo, lo que impresiona cada día más es la semejanza de los medios a los cuales ambos recurren. La pregunta inevitable es si los orígenes de este tipo de violencia no se encuentran en la estructura misma del poder que enfrentan.

En su declaración inicial, Obama hizo de nuevo hincapié en que Estados Unidos se había convertido en una nación, como ninguna otra, en que los tiroteos masivos se habían convertido en un patrón de cada día. Y en efecto, no hay día en no que suceda uno de estos incidentes en la unión. En otros países, como en Austria, Alemania , Francia o Japón, han sucedido de manera aislada. Pero en ninguno como en Estados Unidos se han transformado en la sustancia de uno de los miedos cotidianos de la población.

¿Qué es lo que hace a Estados Unidos tan singular al respecto?

Una de las respuestas se encuentra en las palabras del propio Obama: la ausencia absoluta de controles sobre la venta de armas. Tan sólo el mercado estadunidense consume 15 millones de armas ligeras al año, son 300 millones de rifles, lanzagranadas y bazucas las que se encuentran en posesión de ciudadanos casi siempre de clase media y que viven en los mejores suburbios. Desde más de tres décdas, los sectores liberales de la política en Washington han fracasado en los intentos de imponer límites al consumo masivo de las armas personales. La razón no es compleja: la industria del armamento estadunidense produce 83 por ciento de las armas ligeras del mundo (su más cercano competidor es Rusia con 11 por ciento). Para la economía nacional representan, después de los aviones y la producción agrícola, el tercer ramo de exportación. Se puede decir que Estados Unidos vive, en gran parte, de la venta de armas ligeras.

Los lobbies de la Asociación Nacional del Rifle han logrado derrotar invariablemente todas las iniciativas para poner un alto a su venta y circulación. El dilema, por supuesto, es que con la producción y exportación de armas se exporta la violencia que contienen en potencia. Tan sólo Arabia Saudita consume 33.1 por ciento de las armas ligeras que se producen el mundo, las cuales canaliza a Siria, Libia y tantos otros lugares que se debaten en guerras civiles. En México, circulan 15 millones de estos artefactos, sin los cuales la violencia en el país sería inconcebible.

Es evidente que ninguna de las fuerzas estadunidenses que pugnan por controles sobre la circulación de armas es –ni será capaz– de imponer condiciones a su industria armamentista. ¿No será acaso el momento en que la demanda del control de la producción estadunidense deba convertirse en motivo central de las consideraciones globales?

En ninguno de los centros en que se produce la opinión global, ni en los foros sobre derechos humanos, tampoco en las movilizaciones antisistémicas, el tema parece interesar en absoluto. ¿No acaso habría que emprender un esfuerzo global por civilizar a EU en este rubro?

Cuando se trata de las negociaciones internacionales sobre el control de armas, sólo se discute sobre las armas de destrucción masiva (las grandes potencias siempre apelarán a su legitimidad para ejercer un monopolio sobre ellas). Pero el tema de las armas individuales siempre pasa desapercibido o no logra ingresar en las agendas principales de discusión.

Nadie es, por supuesto, inocente. El Consejo de Seguridad de la ONU está conformado por seis países, entre otros, que concentran 94 por ciento de la producción de las armas personales. La ironía o el absurdo es que son ellos los encargados de negociar la paz. Pero el tema debería, al menos, constituirse como una demanda global, así sea para hacer más transparentes los posibles orígenes del terrorismo en la actualidad.