Opinión
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Los arcos de Chapultepec
Bernardo Bátiz V.
N

o vivo en la delegación Cuauhtémoc, pero mi centro de trabajo está en la Condesa, circulo casi todos los días a pie o en auto por la avenida Chapultepec y conozco algo de su historia antigua y reciente. Para muchos es una de las vialidades más importantes de nuestra ciudad, merece atención y cuidado, ha sido en cambio, desde hace tiempo, abandonada en tramos y poco cuidada en general. Requiere y merece que se invierta en ella, pero ¿cómo? y ¿con qué finalidad?

El debate está abierto. Recibí en mi oficina propaganda de los vecinos que se oponen a que esta emblemática vía citadina pierda sus características y se convierta en un corredor de tiendas elegantes y negocios privados; leí un cartel pegado en la pared que contiene una oposición razonada, con argumentos bien presentados; uno en especial llamó mi atención, se oponen a que la concesión del uso de la avenida Chapultepec se dé a inversionistas privados por 40 años. Es un tiempo exorbitante que pretende conceder un gobierno, al que le quedan menos de tres años al frente de la capital.

Los habitantes de la Roma y la Condesa apenas han tenido tiempo de organizarse; invitan en un volante a votar el 6 de diciembre por el No al corredor comercial Chapultepec. Sus razones deben ser atendidas; argumentan que el proyecto oficial atenta contra sus derechos al agua, a la salud y al habitat, piden que no se agudice la escasez de agua y que en lugar de tiendas se abran áreas verdes conforme a la exigencia de la Organización Mundial de la Salud, cuando menos 16 metros cuadrados de suelo para vegetación por cada 100 de terreno urbanizado. Piden por tanto un corredor verde, acorde con la voluntad de los vecinos, con la historia de la avenida y hasta con su nombre.

Desde que México era la gran Tenochtitlán, la calzada tuvo vocación de verdor; era el camino al cerro y manantiales de Chapultepec, bordeaba una gran ciénega poblada de tules, salpicada de islotes con arbustos y cactus por lo que toca a la flora y toda la variedad conocida de la fauna del valle de México.

En la época en que la ciudad era ya la capital del reino de la Nueva España fue construido el acueducto que se llamó de Belem de las Flores, por la iglesia cercana y, según una cita de Orozco y Berra, tenía más de 900 arcos, traía el agua gorda diferente a la más ligera y dulce que llegaba por el otro acueducto, el que corría por la Verónica y San Cosme, y empezó a edificarse en tiempo del virrey marqués de Montes Claros (1603-1607).

Otro virrey, Don Bernardo de Gálvez, tiempo después arregló el castillo en la cúspide del cerro, mejoró la alberca en la que se recibía el agua del manantial para enviarla hasta la fuente del Salto del Agua en la esquina de San Juan de Letrán (hoy Lázaro Cárdenas) y avenida Chapultepec. En esta historia hay referencias a las flores, al agua, a la vista del paisaje; para nada a mercados o vendimias que se ubicaban desde entonces por otros rumbos: Tlaltelolco primero, luego Mixcalco, la Lagunilla y el Puente de Roldán; esos sí eran parajes para el comercio y el trasiego de mercancías.

Durante los siglos XIX y XX aparecieron las colonias Juárez, Roma y Condesa; la calzada se engalanó con casonas de estilos arquitectónicos diversos que estuvieron de moda, era un paseo y así, opinan los vecinos, debe conservarse; se trata de preservar, no destruir.

Los opositores opinan que un pasaje subterráneo es un riesgo en la zona, que hay que hermosear las áreas públicas no desaparecerlas, afirman, con toda razón y opino lo mismo, que tienen derecho a un gobierno honesto, que la propiedad pública no debe privatizarse, la información no debe ocultarse y están en contra de lo que ven como un gran negocio en el que las ganancias serán privadas y las pérdidas públicas.

Sólo agrego, el artículo 768 del Código Civil dice: Los bienes de uso común son inalienables e imprescriptibles y pueden aprovecharse de ellos todos los habitantes, no sólo los amigos de quienes gobiernan.