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¿La Fiesta en Paz?

Pachis y Silverio, más recuerdos de una pareja insólita

Leonardo Páez
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Pachis y Silverio, pareja que supo construir mundos de gozo y armonía, de amor y de humor, en medio de la tragedia, la fama y el éxitoFoto cortesía de la familia Pérez Domínguez
E

n estos tiempos de frivolidad desbocada en todas las actividades o, si se prefiere, de falta de conciencia y de profesionalismo, son importantes los referentes de talento existencial y de estrategia relacional para intentar lidiar con las descompuestas embestidas del mundo y los violentos derrotes de la institución matrimonial, no por cavernaria menos idealizada, aunque cada vez duren más los preparativos de boda que la unión.

Pero en cualquier época haber sabido llevar una relación matrimonial a lo largo de 67 años y procreado seis hijos, no obstante ser él una figura de los ruedos y auténtico ídolo de la afición taurina de México, inspirador de músicos, pintores, poetas y escritores, compitiendo con los mejores toreros de aquí y de allá y sin haberse enemistado con ninguno, no sólo habla bien de su personalidad, fuerza de carácter y sabiduría milenaria, sino de las de ella, cinco años menor.

María de la Paz Domínguez Gimeno, nombre y apellidos de Pachis, novia, esposa, confidente, consejera, asesora, cerebro y drema del legendario Faraón de Texcoco, al que siendo niña conoció en la colonia Doctores cuando era un desconocido, no un cualquiera, que sobrellevaba el duelo de sus padres y hermanos muertos, incluido Carmelo. Improvisado jefe de una familia integrada por Silverio, que aún no cumplía 16 años, y tres hermanos, Conchita, Nacho y Beto, manejaba un camión en el que transportaba mercancías diversas y ganado de lidia, hacía barbacoa, boxeaba, bailaba, cantaba y tocaba la guitarra con los amigos, pero de monarca, diamante o príncipe, todavía nada.

Cuando colaboré con Guillermo H. Cantú en la elaboración de su ensayo biográfico Silverio o la sensualidad en el toreo, el libro más importante y completo que se ha escrito sobre la inverosímil personalidad silveriana y al que poco o nada se ha aludido con motivo del centenario, tuve el privilegio de pasar muchas horas en compañía de esta extraña pareja, que solos o acompañados siempre sabían darse gusto y darle gusto a la vida, conversando, evocando, discutiendo o cantando, pues como dueto musical fueron magníficos, logrando con sus sencillas y sentidas voces una especie de sorprendente blues ranchero.

“Se requiere de inteligencia y amor –me decía Pachis, sorprendida de mis preguntas nada taurinas–, pero sobre todo de amor y de verdadero gusto por el otro”. Ustedes, ¿se gustaban mucho?, le inquiría. Y Silverio, tan cálido como socarrón terciaba: De novios, sí. Entonces la mujer reviraba: al amor y a la inteligencia agrégale un sentido del humor a flor de piel, enmendaba con habilidad aquella mujer, bella, menudita, decidida, aguda, intensa, culta, con un discurso capaz de matizar y un compromiso enorme para formar a sus hijos pues su famoso padre poco estuvo con ellos a lo largo de una década mientras en los ruedos reflejaba y enloquecía a un país entero.

Si lidiar con una pareja común y corriente ya tiene su grado de dificultad, hay que imaginar la lidia que requiere un esposo archifamoso pero además renuente a las bibliotecas y a la intelectualidad. “Silverio era consciente –añade Pachis– de que su personalidad y su sentimiento generaban emociones, expresiones culturales y estímulos intelectuales al expresar su toreo. Siempre he estado enamorada de Silverio y siempre fui celosa, pero con estrategia, sin permitir que me cegaran la posesividad ni la inseguridad. Si bien Silverio no poseyó una cultura racional, literaria o filosófica, su conocimiento es intuitivo, emocional y sabio. ‘Soy hijo de Guadalupe, hermano de Carmelo y esposo de Pachis’, declaraba orgulloso”.

Al compadre se le llenaba el corazón cuando hablaba de su hermano Carmelo, introvertido, extraño, con unas ideas sobre tauromaquia revoloteándole en la cabeza que contravenían toda lógica en lo que a terrenos y aguante se refiere. “Le gustaban los boleros y los tangos –recuerda el también apodado Negus– y tocaba el violín. Tuvo una novia, Sarita Guadarrama, que incluso vivió con nosotros en la casa de Narvarte y fue amorosa y tierna con nuestros hijos. La tarde del domingo 9 de diciembre de 1951 fue a verme torear a la Plaza México y en algún momento un ole se le convirtió en infarto fulminante”.

En una de las tantas entrevistas que les hice, pregunté al Faraón por sus lecturas y tajante y ubicador respondió: Ya nomás leo los encabezados de toros, no doy ni dan para más. Le voy a confesar algo, pero no es para que lo publique: tengo la debilidad de llevarme el pan, si es realmente bueno, de los lugares donde me invitan. Y Pachis, guerrera perpetua: me estoy quedando ciega por un problema de mácula, pero lo más espantoso es poner la cabeza en la almohada y esperar a ver si viene el sueño, aunque lo peor no ha sido eso, sino haber perdido un hijo. ¡Vaya temple existencial de ambos!