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Desde Juárez, carta abierta al papa Francisco
P

adre Francisco: no sé si alguna vez llegue a sus manos esta carta. Es un intento desesperado para comunicarle lo que quieren decirle muchas personas y organizaciones que luchan por sus derechos en México y en Ciudad Juárez, pero que han sido obstaculizados por las burocracias eclesiástica y gubernamental.

Le escribimos desde Ciudad Juárez. El día de la Virgen de Guadalupe, mientras en la Basílica de San Pedro y en el seminario diocesano de aquí se anunciaba oficialmente la visita de usted a esta frontera el 17 de febrero, un grupo de ateridas trabajadoras de la empresa LexMark realizaban una conferencia de prensa en el campamento que instalaron frente a la planta. Bajo una lluvia congelante, entre carpas y hogueras, las 90 obreras despedidas de su trabajo insistieron en que buscarán, junto con otros trabajadores y trabajadoras de la industria maquiladora, una audiencia con usted, nuestro primer papa latinoamericano.

Las y los trabajadores fueron despedidos porque reclaman que se respeten dos derechos que la Constitución Mexicana les reconoce: el derecho a un salario remunerador y a la libre afiliación sindical. El primero es definido por la ley como el que pueda sufragar las necesidades básicas para una familia: alimentación, techo, educación, esparcimiento. Pero con un salario de 700 pesos a la semana, es decir, con un promedio de 5.88 dólares diarios, o 73 centavos la hora, una jefa o jefe de familia no puede hacer frente a todas esas necesidades. El delito de este grupo de trabajadores de Lexmark fue demandar un incremento de 6 pesos –35 centavos de dólar– diarios. La segunda causa del despido es que estos 90 trabajadores y trabajadoras, más otros 600, realizaron un paro en la planta para demandar que el gobierno reconozca su sindicato independiente. En México los sindicatos afiliados al PRI tienen el monopolio de la representación de los obreros. Usted bien sabe que no sólo la Constitución Mexicana, sino la propia doctrina social de la Iglesia, consagra estos derechos básicos de las y los trabajadores.

Así viven los trabajadores de Ciudad Juárez: con estos ingresos tan precarios, con estas amenazas y sanciones cuando quieren organizarse libremente, sin guarderías para sus hijos, con traslados de una y hasta dos horas en pésimo transporte urbano y en viviendas precarias de 45 metros cuadrados. Por eso nos extraña que se anuncie que usted, padre Francisco, tendrá una reunión con empresarios en Juárez y no con los cientos de miles de trabajadores en situación de pobreza.

También nos llama la atención que quienes organizan su visita a Ciudad Juárez no le hayan propuesto, conociendo su sensibilidad y su compromiso, una reunión con las miles de víctimas de la violencia. Hace cuatro años y medio el poeta católico Javier Sicilia, dirigente del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, realizó la Caravana del Consuelo, desde Cuernavaca hasta Ciudad Juárez. Lo hizo porque considera a esta ciudad el epicentro del dolor: tan sólo entre 2008 y 2012 hubo aquí 10 mil 24 ejecuciones, con una tasa anual de más de 200 homicidios por cada 100 mil habitantes, la más alta del planeta. Esto arrojó más de 10 mil huérfanos y más de 100 mil personas desplazadas. Si en México pudiéramos hablar de una capital de las víctimas, sería Ciudad Juárez.

Fue en Juárez donde por primera vez se encendieron los focos rojos por el problema de los feminicidios desde 1993. Según la Red Mesa de mujeres entre ese año y 2013 asesinaron a mil 437 mujeres en esta frontera. A pesar de que desde 2009 la Corte Interamericana de Derechos Humanos emitió una sentencia contra el Estado mexicano a partir del hallazgo de ocho cuerpos de mujeres en el Campo Algodonero, la mayoría de los asesinatos de mujeres siguen impunes. Como siguen intactas las redes de trata de personas, responsables de buena parte de las desapariciones y asesinatos de muchachas.

También los jóvenes han sido las principales víctimas de estos años de violencia en Ciudad Juárez. La gran mayoría de los homicidios dolosos son de personas menores de 30 años. Son los jóvenes quienes más sufren las detenciones ilegales de las fuerzas del orden, la tortura durante los interrogatorios, las desapariciones forzadas. Contra ellos se concentra la exclusión escolar, laboral, en los servicios de salud, en la atención y prevención de adicciones.

Juárez ha sido el espacio urbano de los feminicidios, de los juvenicidios y también del familicidio. Usted comprenderá, muy bien, padre Francisco, que con estas condiciones de violencia, de precariedad, de salarios de miseria, de triples jornadas, de viviendas ínfimas e ínfimos servicios de cuidado, también la vida de la familia agoniza, se torna áspera y violenta.

A pesar de todo esto, ni las mujeres, ni las y los jóvenes, ni los trabajadores ni las víctimas de la violencia en general han merecido hasta ahora la atención de quienes organizan su visita a nuestra vulnerada pero muy querida Ciudad Juárez. Ni siquiera está prevista una parada ante el memorial de las víctimas de los feminicidios, donde se encontraba el Campo Algodonero.

Tanto las familias de las personas desaparecidas como los agricultores organizados en El Barzón han solicitado audiencia con usted ese día, padre Francisco. Ojalá lleguen a sus manos esas cartas. Lleguen o no, ahí estarán esas organizaciones para darle nuestra más cariñosa bienvenida. Los campesinos barzonistas están organizando una peregrinación –esta vez no es una marcha de protesta– con tractores y caballos para formarle una valla y compartirle su problemática aunque sea con pancartas alusivas.

Nunca habíamos sentido el acompañamiento de un papa en los sufrimientos y también en las esperanzas de la gente que luchan por tierra, trabajo y derechos, como con usted. Por eso tenga la seguridad de que estaremos para darle la bienvenida el próximo 17 de febrero, y pedirle la bendición para nuestras luchas.

Pocos sitios como Juárez para arrancar la revolución de la ternura, a la que usted paternalmente nos invita.