Opinión
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Crisis migratoria
Jorge Durand
A

partir de los flujos recientes y masivos de migrantes y refugiados hacia Europa se ha empezado a hablar de una crisis migratoria global. En realidad es un asunto coyuntural y regional, más que mundial.

Europa vivía una etapa de reflujo migratorio derivada directamente de la crisis económica. Los migrantes por pobreza, principalmente sudamericanos que se dirigían a España, Italia y Reino Unido dejaron de hacerlo cuando cundió el desempleo y la crisis se generalizó. No hubo políticas propiamente represivas adicionales, el mercado se encargó de regular los flujos e incluso motivar o forzar el retorno.

El pico migratorio actual en Europa se desató en 2014, prosigue a lo largo de este año y tiene como causa fundamental el conflicto armado en Siria y la emergencia del Estado Islámico. Es un asunto que concierne al país o región de destino, en este caso Europa, y Alemania en particular. Ni siquiera se puede hablar de crisis en el caso de los países en tránsito, como Turquía, Grecia e incluso Italia.

El desequilibrio se da en el punto de destino final y, para el caso, Alemania es el objetivo de la mayoría de los migrantes, sean económicos o refugiados. Es la imagen de riqueza, desarrollo y políticas de asilo más generosas las que atraen a los migrantes y refugiados a Alemania. No tienen interés de quedarse en Grecia o Italia, incluso en Francia.

Para los migrantes de aquí o de allá, las redes sociales siguen siendo la razón principal que orienta el destino de los flujos hacia uno u otro país. La prueba más palpable está en el campo de refugiados conocido como La Jungla, en el Pas de Calais, Francia. Los migrantes ya están en territorio francés, en pleno corazón de Europa, pero no les interesa quedarse allí. Arriesgan su vida al cruzar el estrecho de La Mancha para llegar al Reino Unido porque allí tienen contactos, parientes o amigos. (Ver el reportaje de Manuel Ortiz Escámez en La Jornada Un día en la Jungla).

Sucede otro tanto con Alemania y Suecia, que en años pasados recibieron y acogieron a buen número de refugiados sirios y ahora están llegando sus parientes. Es un proceso de reunificación familiar que se realiza dentro del contexto y el flujo de refugiados.

El fenómeno se acelera y se complica con el surgimiento de mafias internacionales que se aprovechan de la situación, de la permisividad y del caos político e institucional que suele reinar en los países en tránsito. En el caso de Libia, por ejemplo, la situación política impide cualquier tipo de acción por parte de los países receptores, porque ni siquiera tienen con quién negociar.

No fue el caso de España, que finalmente pudo controlar el problema de las pateras y cayucos que llegaban a Las Canarias en negociación directa con los países de origen de los migrantes, especialmente Mauritania y Senegal. En 2005 llegaron 11 mil 781 y en 2007 la cifra ascendió a 18 mil 56. Pero en 2013 descendió a 2 mil 300. Y el acuerdo fue económico.

Si bien los flujos migratorios suelen ser constantes, las crisis se manifiestan por oleadas, cuando el proceso se hace masivo, como ocurre actualmente en el Mediterráneo y que desafían incluso el mal tiempo, que aumenta proporcionalmente el riesgo.

Pero la oleada, la migración masiva y repentina, suele tener sus causas en el país de origen, con la violencia armada o sistémica como detonador general. En ese contexto, las aguas toman su curso y se dirigen hacia donde antes habían tenido un flujo anterior, a los países donde habían tenido contacto, vecindad y muy especialmente relaciones coloniales.

La solución es política, la negociación con los países de origen se hace fundamentalmente con la entrega de fondos o apoyos a los gobernantes para que detengan la emigración. O con presiones políticas a los países en tránsito, como la que se supone recibió México en 2014 con la crisis de niños migrantes no acompañados.

Por eso la Unión Europea dialoga con Turquía para que ponga freno a la migración Siria. Pero las relaciones no son muy buenas y arrastran un largo historial de malentendidos y discrepancias que han empantanado la posibilidad de que Ankara entre a jugar en el plan europeo. Finalmente, la Unión Europea otorgó 3 mil millones de euros al gobierno turco y al día siguiente fueron retenidos mil 400 migrantes y capturados tres supuestos traficantes.

La crisis de los balseros en el estrecho de Florida se resolvió con negociaciones con Cuba (la Ley de Ajuste Cubano) y una legislación en Estados Unidos que, por una parte permitió el acceso y el refugio a los que llegaran por tierra (pies secos) y cerró la puerta a los que fueran atrapados en el mar (pies mojados), y Cuba se comprometía a admitirlos. Pero no resolvió el asunto fundamental: muchos cubanos quieren abandonar el país.

Como era de esperarse, los cubanos tomaron otra ruta. Antes entraban a México por Yucatán para llegar a la frontera, pero desde hace unos años se dirigen a Ecuador, que no requiere de visa para los cubanos, y desde ahí se empezó a incrementar el flujo de llegada y salida hacia Colombia, Panamá, Centroamérica y México.

Este camino quedó inhabilitado, primero por la decisión de Ecuador de pedir visa a los cubanos y luego la de Nicaragua, que ya no deja pasar a los cubanos y hay cientos de ellos varados en Costa Rica. Llama la atención que dos gobiernos afines a Cuba tomaran estas medidas, que favorecen a Estados Unidos, el país receptor final.

Las crisis migratorias en Europa y Norteamérica coinciden en el tiempo, pero son procesos totalmente independientes y coyunturales. Sin embargo, ponen en evidencia problemas generalizados, globales, y no menos acuciantes en los países de origen, que no se atienden ni se quieren atender