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Zozobra en Morelos
Que la sangre de mi hija no sea en vano

Hallan en el carro de los asesinos la credencial de un policía ministerial desaparecido

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Cientos de personas acudieron a Pueblo Viejo al entierro de la alcaldesa de TemixcoFoto Ap
Arturo Cano
Enviado
Periódico La Jornada
Martes 5 de enero de 2016, p. 2

Temixco, Mor.

A las siete se reza a unos pasos de la casa donde, delante de ellos, mataron a su hija. Poco antes de la hora del rosario, Gabino Mota y Juana Ocampo se marchan rumbo a la Casa de la Cultura, donde se decidirán las acciones para exigir justicia: No nos vamos a quedar con los brazos cruzados, dice, duro el gesto pero ojos de agua, la madre de la presidenta municipal Gisela Raquel Mota Ocampo.

Que había rechazado la protección policial, informa el gobierno del estado. ¿Usted se sentiría seguro con una patrulla atrás?, pregunta Gabino, guerrerense nacido en Tlacotepec, una tierra que también sabe, y mucho, de la violencia del narcotráfico.

Para llegar a la casa donde vivió Gisela Raquel Mota hay que serpentear las callejuelas de un municipio que ha crecido como toda la región, entre el desorden y la multiplicación de casas de interés social, cajitas idénticas que atormentan el paisaje.

La casa de la familia Mota Ocampo está al final de Pueblo Viejo, en medio de construcciones encueradas de yeso, tabicón puro. A una cuadra, detrás de una zanja, hay dos patrullas: una de la policía municipal y otra de la ministerial. Los padres de la alcaldesa asesinada, sin embargo, se marchan solos, acompañados una amiga.

Poco antes, Gabino Mota ha tenido la paciencia de contar de nuevo lo sucedido, mientras casi toda la familia aún dormía.

Con la mano derecha señala una pared al lado del portón: Por ahí se brincó uno y les abrió a los demás. Doña Juana Ocampo –una activa militante de las Comunidades Eclesiales de Base desde su juventud– ya había comenzado el trajinar del día y quitó el cerrojo.

Dice Gabino, de oficio carpintero, que le han preguntado cuántos eran, pero él no lo sabe a ciencia cierta. Tal vez seis u ocho entraron, pero afuera había más.

Los delincuentes sacaron primero a los habitantes de la casa que dormían en las habitaciones de la planta baja. Don Gabino y su hijo del mismo nombre, la esposa de éste y su hijo recién nacido. A Gisela la bajaron del piso de arriba, donde descansaba en una habitación contigua a la de sus sobrinas.

A todos nos tiraron al piso, nos pusieron las patas encima mientras nos amenazaban. Ahí, en la sala, frente a su familia, le dispararon a la presidenta municipal. Tras el asesinato, emprendieron la huida.

Los dos Gabinos, padre e hijo, los siguieron sin pensar. No llevábamos armas ni nada, nomás nuestro coraje.

La persecución terminó en una mina cerrada, propiedad del ex edil y ex líder de la CNTE Javier Orihuela (quien, por cierto, y según cuenta un perredista local, la cerró porque se había convertido en un tiradero de cadáveres). En ese lugar, los delincuentes se toparon con una pendiente muy pronunciada y abandonaron su vehículo.

Quiso la suerte que en ese momento apareciera una patrulla. Los familiares de la alcaldesa asesinada señalaron a los que huían. El intercambio de disparos culminó con la muerte de dos delincuentes y la aprehensión de tres más: un menor de edad, un joven de 18 años y una mujer de 32, ha dicho el parte oficial.

Las edades de los sicarios no deberían sorprender. Aquí se cuenta que las escuelas secundarias, especialmente las técnicas, se han convertido en centros de reclutamiento de los grupos delincuenciales que se disputan el territorio.

El mandatario estatal ha insistido en que el móvil del crimen fue el apoyo de Gisela Mota al mando único. El padre de la alcaldesa asesinada rechaza esa versión. Ahora detuvo a algunos, pero en general no ha funcionado, dice.

En el rosario se tejen y destejen historias sobre la breve vida de Gisela Raquel Mota y también sobre las causas de su asesinato.

Su insistencia en el fortalecimiento de una policía de proximidad, amarrada a la participación comunitaria, es la más socorrida.

Pero alguien también suelta otros datos igualmente inquietantes, como la posible relación entre este crimen y el secuestro de Rafael Ortiz, ex presidente del comisariado ejidal. A Gisela le llegó la información del lugar donde lo tenían y ella le dio el dato al mando único, cuenta uno de los asistentes al recordatorio religioso.

Graco Ramírez ha insistido en la versión de que el cártel de Los Rojos –cuyos tentáculos van de Chilapa a Temixco pasando por Iguala– ordenó el asesinato.

Pero aquí no se descartan otras opciones. La pulverización del cártel de los Beltrán Leyva, que siguió a la muerte de su jefe máximo, ha convertido a Morelos en un territorio que se disputan nueve grupos distintos. Pero hay también bandas propiamente locales, sin contar el pleito de esta comunidad con la minera canadiense Alamos Gold o el rechazo de la alcaldesa a renovar un contrato para el remplazo de las luminarias del alumbrado público.

En medio de las hipótesis y del desastre, el gobernador Graco Ramírez y el inefable alcalde de Cuernavaca, Cuauhtémoc Blanco, renuevan su pleito alrededor del Mando Único e intercambian acusaciones. Ramírez refiere en una entrevista radiofónica que Blanco amenazó con romperle la madre a todos los que se opongan a su postura de conservar el mando de la policía local. El ex futbolista contrataca y responsabiliza al gobernador de lo que pueda pasarle a él a sus colaboradores.

Mientras Graco y Cuauhtémoc se tunden duro, el padre de Gisela Mota recuerda las palabras pronunciadas por su hija cuando le ofrecieron protección policiaca: “No soy más que nadie, quiero seguridad para mi pueblo, no para mí.

Ella se entregó para que soltaran a los demás, dice mientras se enjuga las lágrimas Juanita Ocampo Domínguez, madre de la alcaldesa de Temixco, a quien se le aprecian los moretones en la cara de los golpes que le propinaron los sicarios que asesinaron a su hija Gisela.

Relata que la mañana del sábado preparaba un biberón para su nieto, nacido apenas el 31 de diciembre, cuando por una de las ventanas vio como llegaban hombres encapuchados y armados en varios autos. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

En cuestión de segundos, siete pistoleros irrumpieron en su domicilio, ubicado en la colonia Pueblo Viejo. Sometieron y golpearon a ella, su esposo, hijos, nuera y nietos.

Gisela se encontraba en su recámara y al escuchar el forcejeo y los gritos de los agresores que exigían verla, se entregó para que soltaran a todos los demás. La presidenta municipal de Temixco fue ejecutada en la sala de su casa, frente a sus familiares.

Espero que la sangre de mi hija no sea en vano, que sea para que verdaderamente se haga justicia y que en Morelos se busque acabar con todo lo que es la delincuencia, incluso dentro de las mismas corporaciones, subraya. Quiero justicia, no nada más para Gisela, sino para todas las mujeres que han caído en la lucha, demanda.

En tanto, el fiscal del estado de Guerrero, Xavier Olea Peláez, informó que en el automóvil en el que se desplazaban los asesinos de la alcaldesa de Temixco, Gisela Mota, se encontró la credencial de un policía ministerial de la entidad que se encuentra en calidad de desaparecido.

Señaló que el agente (cuyo nombre no reveló) se encontraba franco el pasado 14 de diciembre, cuando presuntamente fue levantado en la población de Alpoyeca, Morelos.

(Con información de Rubicela Morelos y Sergio Ocampo, corresponsales)