Opinión
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Seis suspiros
H

ace unos días escuchaba las versiones que, como ríos, Enrique Heredia, El Negri, flamenco entre los grandes, grabó del cancionero de Agustín Lara. La belleza, el respeto y la emoción son la divisa de ese tan especial homenaje. Cantando al infinito sus canciones me di cuenta de que ese día se celebraba a los compositores mexicanos y, conversando, supe que la grandeza de una de las raíces de la música popular mexicana está muy alejada del canto que hoy se escucha en la vida cotidiana de nuestras casas.

Así nacieron estos retratos que, como suspiros, surgieron para celebrar a los compositores de México que han sido tan cercanos en los trabajos y los días de los hogares de toda condición y latitud universal.

María Grever nació en medio del océano. Mientras sus padres viajaban de Veracruz a Cádiz llegó al mundo y fue registrada en Lagos de Moreno el 16 de agosto de 1884.

A los cuatro años compuso un villancico para celebrar la Navidad y, más adelante, en Francia, fue alumna de Claude Debussy. Al casarse, mudó su apellido De la Portilla por el de Grever y así firmó su obra. A Júrame, su primer éxito, le siguieron Muñequita linda, Bésame, Dale, dale, dale, Cuando vuelva a tu lado, sin contar la música para las películas de la Paramount en los años 20, ni Viva O’Brien, musical de Broadway en los 40.

María Grever fue un éxito mundial. Ella decía que el secreto radicaba en su forma mexicana de sentir. Pero algo tuvo que ver el mar. Allí nació sirena.

Agustín Lara nació el 1º de octubre de 1897 en la ciudad de México. ¿O será mejor creer, como él, que llegó al mundo a orillas del río Papaloapan, en Tlacotalpan, Veracruz, tres años después?

Su vida musical la comenzó de niño autodidacta en su casa de Coyoacán y la siguió en cafés, cines de películas mudas y bares de mala nota. La XEW lo llamó y, gracias a su especial sabor para cantarle a la mujer, su programa La hora azul lo llevó al oído y a la boca de todo mexicano de su tiempo. Lara se hizo sinónimo de amor. Su curiosidad infinita lo llevó a explorar las teclas de su piano como si fueran la piel de la mujer. Conoció así todas sus texturas y pasó a jugar con las palabras hasta hacerlas poesía y cantarle, en susurros, a todas ellas. Imposible fue su primer éxito, pero su herencia es infinita.

Con sabia intuición alcanzó el corazón de México y el mundo. Por Granada y Veracruz, pasando por Madrid, el nombre de Lara se tornó en retrato universal de la expresión de la ternura. Entró a todas las puertas y nos legó Santa, Mujer, Farolito, Arráncame la vida, Silverio, Rival, Aventurera, María Bonita, una fortuna inagotable.

¿Qué más da dónde haya nacido Agustín Lara, si hemos de dar gracias porque compartió nuestro cielo? Agustín Lara tradujo el sentimiento de una época en canciones que son perlas. Su luz hace a lo eterno de la vida un monumento.

Pepe Guízar nació en Guadalajara el 12 de diciembre de 1906. En las calles y las casas de su ciudad vivió en el espejo de la vida ranchera y aprendió los acordes que dan fuerza al alma mexicana: el amor al terruño.

Cuando llegó a la ciudad de México su piel ya venía curtida de caminos. Sus canciones y revistas musicales retrataban los días de la provincia. Cada estreno en la radio era un seguro éxito, pero cuando compuso Guadalajara se convirtió en el segundo himno nacional. Sus obras Tehuantepec, Pregones de México, Chapala, Como México no hay dos, Sin ti, Corrido del norte, lo convirtieron en el pintor musical de México.

Las canciones de Pepe Guízar nos llevan al abrazo familiar. Ellas invitan al paisaje a hacerle la visita a cada mexicano hogar.

Consuelito Velázquez nació el 19 de agosto de 1920 en Zapotlán el Grande, Jalisco. Desde niña vivió el abecedario musical como una flecha que siempre da en el blanco.

Su intensa formación clásica no la separó de las formas sencillas para expresar el sentimiento del amor. Esa virtud la llevó a componer Bésame mucho, Cachito, No volveré, Enamorada, con las que desató suspiros y encendió las llamas de los corazones de México. En 1956 su canción ¡Que seas feliz! fue grabada por 21 intérpretes en tres meses. Hoy, las versiones de sus obras, cantadas en casi todos los idiomas, se cuentan por docenas.

Consuelito Velázquez compuso y, al ritmo del amor, cantó la Luna. Al escuchar sus notas, se aviva la luz de los romances.

Ema Elena Valdelamar nació el 27 de mayo de 1926 en la ciudad de México. El piano familiar y la guitarra dieron cauce a sus canciones. Llegaron suavemente, con la ternura que envuelve la pasión.

Su sangre siempre hirvió de palabras cantadas. Los desgarrones de la lluvia, el trajín de la ciudad, la mirada azorada de sus hijos, fueron testigos. Ema Elena se detenía, rimaba el tiempo, y en bolsas de pan, cajas de cigarros o boletos de tranvía quedaban escritas sus canciones. Mil besos, Te olvidé, ¿Por qué no fuiste tú?, Cheque en blanco, Mucho corazón son copa plena para colmar de amor la sed.

Ema Elena Valdelamar es mar, noche de mirada sonora, río de voluntad sin freno. Ella es canción, es alma de mujer.

Armando Manzanero nació el 7 de diciembre de 1935, en Mérida, en la mesa de su casa. Llegó con una estrella entre sus manos. Sus padres le enseñaron a pulirla: él trovaba, ella tocaba el piano y bailaba la jarana.

El genio musical, los programas de radio, las fiestas de los pueblos, fueron su equipaje cuando llegó a la ciudad de México a los 20 años. Era tanto su brillo que Llorando estoy, Voy a apagar la luz, Edi Edi, Paso a pasito fueron el preludio de la grandeza universal con la que nos regaló Adoro, No, Contigo aprendí, Parece que fue ayer, Como yo te amé, No sé tú. Con la luz de sus canciones todos en el alma miran.

Armando Manzanero es una ofrenda del sonido. Su música torna divina a la pareja, hace una fiesta del amor.

Sí, escuchando todas estas canciones recuerdo el dicho de mi abuela tabasqueña: un suspiro es un beso no dado.