Opinión
Ver día anteriorDomingo 7 de febrero de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El Norte ya no es como antes
Jorge Durand
E

l sistema capitalista opera como una maquinaria inexorable. Sus leyes fundamentales, como las del mercado y la plusvalía, se aplican sin piedad ni consideraciones.

Un reciente estudio de Douglas Massey señala que, en términos reales, los trabajadores migrantes mexicanos en Estados Unidos han perdido 30 por ciento de poder adquisitivo, con respecto a 1970. Con sus propias palabras y experiencia en carne propia, ellos dicen: el Norte ya no es como antes, ya no sale a cuenta.

Las razones son varias. En primer lugar, los migrantes se ubican en un mercado de trabajo secundario que se caracteriza por salarios deprimidos y empleos que los nativos no quieren realizar. Un ejemplo es el campo. De los jornaleros agrícolas en Estados Unidos, 85 por ciento son mexicanos; un nicho laboral mal pagado, asignado estratégicamente a los mexicanos desde hace un siglo. Y ahí seguimos.

En segundo lugar, más de la mitad de los migrantes mexicanos son indocumentados. Y eso se castiga salarialmente. Los empleadores lo saben y se aprovechan de esta situación. Como diría el doctor Izcara, los empleadores texanos son adictos a la mano de obra barata. Ahí es donde tienen un margen superior de ganancia.

También se aprovechan de esta situación las agencias de empleo. Anteriormente las agencias cobraban al empleador por el servicio de proporcionarles mano de obra adecuada a sus requerimientos. Ahora, además de eso, les descuentan a los migrantes un dólar por hora trabajada, entre 10 y 12 por ciento del salario. Ya no es la empresa la que contrata, sino la outsourcing.

Se podría pensar que dado que los mexicanos son mayoría en muchos nichos laborales podrían exigir ciertas condiciones, pero eso no sucede.

Los sindicatos agrícolas, desde la época de César Chávez en la década de 1960, siempre han tenido que lidiar con la contratación de indocumentados que aceptan cualquier salario o de esquiroles, en caso de huelga. Sólo pasa en las películas, como aquella de Un días sin mexicanos, de Sergio Arau, donde se genera un caos generalizado en una ciudad en el momento en que los indocumentados desaparecen de la escena laboral.

En tercer lugar, además de ser inmigrantes e indocumentados, existe una sobreoferta de mano de obra. A fines del siglo XX se dio una verdadera explosión migratoria, tanto en México como en América Latina y esta tendencia se prolongó durante el primer lustro del siglo XXI.

La emigración mexicana dejó de estar confinada a la región histórica y se expandió hacia los estados del centro, la frontera y el sureste. De ser una migración local, de pueblos y comunidades en la década de 1950, se convirtió en regional para 1970 y en nacional hacia 1990. A este flujo se sumaron los hijos de inmigrantes legalizados en 1986, que nacieron en Estados Unidos y que, a pesar de ser estadunidenses, la mayoría suele competir en el mismo mercado de trabajo.

Posteriormente se masificó la migración centroamericana, especialmente la proveniente de El Salvador, Guatemala y Honduras, detonada por la guerra civil y por las catástrofes climáticas.

En síntesis, millones de migrantes empezaron a competir por los mismos puestos laborales, lo que indujo a bajar los salarios y las horas trabajadas.

La consecuencia fue automática, a mayor oferta de mano de obra menor salario y peores condiciones laborales. La saturación del mercado de trabajo migrante se hizo visible en las calles de las grandes ciudades estadunidenses, como Los Ángeles y Nueva York, pero también en las medianas, como Oakland y Sacramento. Incluso en las pequeñas como Mount Kisco, al norte de Nueva York, donde hubo una fuerte oposición a que los desempleados esperaran en la calle.

Por lo general, estos trabajadores eventuales se ubican cerca de un Home Depot o un Seven Eleven y esperan a que lleguen los contratistas a solicitar sus servicios. El trabajador esquinero no tiene empleo fijo y depende de contratistas o particulares que lo ocupan por uno o varios días, hasta que finalmente tiene que volver a la esquina a esperar a que lo contraten.

Se perdió el poder adquisitivo del salario y al mismo tiempo subieron los costos para cubrir necesidades básicas. La alimentación, el transporte y la vivienda aumentaron de precio. No sólo eso, cada vez es más caro y son mayores los riesgos de la migración subrepticia.

Para cruzar la frontera hoy día se requieren de unos 5 mil dólares. Y hay que pagar una buena parte por adelantado. El servicio garantizado de antes, que se pagaba al final, contra entrega del migrante, ya no funciona.

Tampoco resulta fácil ir a la frontera con intenciones de cruzar de manera indocumentada. Las mafias de traficantes y del crimen organizado extorsionan tanto a migrantes centroamericanos como mexicanos, no hacen distinciones. Se parte del principio de que si vas al norte, tienes recursos.

Por otra parte, el riesgo de ser capturado y encarcelado se ha incrementado notablemente, en especial para aquellos migrantes con antecedentes de haber sido atrapados o deportados.

Estas y otras razones explican el notable declive de la migración indocumentada de origen mexicano que se dirige hacia Estados Unidos.