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Ver día anteriorLunes 22 de febrero de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Nosotros ya no somos los mismos

La generación 56

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Abogados de la generación 56, en la Universidad Nacional Autónoma de México
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omo de costumbre, no fui invitado. Me refiero al acto con que con cierta regularidad los miembros de la ya muy menguada generación 56 de abogados celebran su ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es de hacerse notar que, con buen tino, el festejo hace referencia a nuestro ingreso y no al término de la carrera, ni menos a la titulación, decisión que permite congregar a un mínimo aceptable de asistentes.

Según reportes dignos de toda credibilidad, en el reciente convivio no se alteró mínimamente la rutina, que se ha repetido vez tras vez, excepto una fecha a la que específicamente quiero hacer mención en esta columneta. Una retahíla de compulsivos parlanchines fatigó el micrófono y repartió a destajo cursilerías y lugares comunes ya muy fuera de época. Alguna buena participación, como la de Zamora Pierce, hizo más patente el triste espectáculo de estos adolescentes octogenarios, quienes siguen habitando el mundo de los decimonónicos certámenes de oratoria en los que, por otra parte, jamás llegaron a calificar. Cursis, estreñidos de voz y de ideas, llegan al exceso de suponerse capaces de un detallito de humor y resultan patéticos, porque son campos secos de humor y simpatía. Luego de las demoledoras peroratas mencionadas, el entrañable auditorio Jacinto Pallares quedó más dañado que el multifamiliar Juárez después del sismo. Este convite, al que insisto no fui requerido, me trajo un beneficio colateral: la presencia de un amigo entrañable del pleistoceno superior: Quiquis Jasso.

Enrique Perales Jasso llegó (como muchos jóvenes de Tamaulipas, Chihuahua, Zacatecas, Nuevo León y otras entidades aledañas, además, por supuesto, de los 37 municipios coahuilenses) a continuar estudios a la ciudad de Saltillo. Alto, delgado, plagado de acné, con una vista muy deficiente para su edad y con una verdadera vocación por el estudio y el cumplimiento de los deberes estudiantiles. Tanto, que esa sola actitud ya lo hacía bastante diferente de la mayoría de nosotros y blanco de un bullying primitivo pero inevitable (aunque primitivo y pesadito el del pendenciero Caín sobre el bonachón del joven Abel). Pues pese a esos juveniles defectos, en poco tiempo Quiquis era ya un personaje singular en el Ateneo Fuente, nuestra histórica prepa (no me canso de repetir: pública, laica, liberal, juarista, absolutamente popular y con un reconocimiento pleno a su nivel académico). Quiquis terminó no sólo con altas calificaciones, sino con el cariño de los compañeros. Igual sucedió en la UNAM, donde se tituló en 1963. Fue funcionario público en diversas dependencias, en las que siguió aumentado su cauda de amigos y conocimientos, pero no de bienes: fue siempre un honorable servidor público. Se casó, procreó dos hijos, obtuvo una beca en Estados Unidos y regresó a Matamoros, su terruño, donde ejerce con éxito su profesión y múltiples actividades culturales y de beneficio colectivo. Se propuso escribir un libro relatando su vida, en el que nos da cabida a quienes con él la compartimos. Su texto es tan memorioso como el Antiguo Testamento (pero sin las barbaridades y pasajes tenebrosos y rebosantes de maldad que campean en éste, que han atosigando mi vida onírica desde la infancia hasta el viernes pasado). No es un libro de interés universal, pero si cada una de las personas a las que hace referencia compraran un ejemplar, el texto sería un absoluto best seller. No le falta, sino la sección amarilla.

Pues dentro de las varias ocasiones en que Quiquis hace referencia a mi persona hay tres que me impactan: la reseña de mi matrimonio en 1968. Ni el duque de Otranto, Bambi o la Ensalada popof, de Barrios Gómez, hubieran hecho una crónica de color tan fidedigna. Al encontrarla en su libro conmovime y sumergime en esa mágica pócima, en ese brebaje cósmico, resultado de mezclar una tercera parte de Nolly Pratt, vermut francés, hijo de Joseph Nuilly en 1813, con una ginebra que contenga… bueno, la fórmula la proporcionaré en otra ocasión. Luego incluyó el relato de una de esas comidas de generación, como la celebrada hace unos 15 días y que da pie a la presente columneta. Agradezco a Quiquis que la haya traído a mi herrumbrosa memoria y la comparto.

No recuerdo el año, pero fue en los 60. Quiquis dice que sucedió en el Club France. Yo, que fue en el desaparecido Torino. Nuestra mesa, como todas las demás, estaba integrada por amigos de siempre. Que yo recuerde: David Pantoja, Ramón Reyes Vera, Alfredo Ramos, el inolvidable Leopoldo Pacheco, su bella hermana Sara Eugenia y su futuro esposo Rafael Betancourt, entre otros que lamento no mencionar. En un momento dado, Humberto Romero, presidente de la generación, balbuceó unas palabras y anunció el mensaje que en nombre del padrino, el ex presidente Miguel Alemán, nos daría el licenciado Agustín García López, su ex secretario de Comunicaciones y Obras Públicas. Exultante, dueño del momento (muy breve, por cierto), dijo: ‘Me siento muy honrado de la representación que ostento y muy satisfecho de dirigirme a la generación más destacada, brillante y prometedora de esta escuela y de la universidad. Y prueba palpable es que tuvieron el acierto de escoger como padrino al mejor de los universitarios, qué digo, de los mexicanos y quien, como presidente, supo convertir en obra constructiva la palabrería y demagogia de una revolución que había hundido al campo mexicano y enfrentado a los ciudadanos dividiéndolos en clases sociales. Él, a cambio, propició el progreso que acarrea la industrialización y nos dio esta maravillosa Ciudad Universitaria, en la que la juventud agradecida le ha erigido una imponente estatua que recordará por siempre la obra del mejor de sus hijos…’ Más de uno nos revolcábamos en nuestros asientos ante tan cínica y reaccionaria perorata. Como si me estuviera chupando una sal de uvas en lugar de mi jaibol (o sea, echando espuma por la boca), dije a los compañeros de mesa, aunque viendo directamente a la bella e inteligentísima Sara Eugenia Pacheco: este canallita olvida que la CU se construyó sobre tierras comunales y que a cambio la Facultad de Derecho, al llegar a sus flamantes instalaciones, canceló el derecho agrario como materia obligatoria dentro de los planes de estudio del siguiente año. Es miembro destacado de la gavilla que promovió reformas letales al juicio de amparo y… Sara esbozó una sonrisita y pronunció unas cuantas palabras letales: “Tienes toda la razón, pero ¿para que me lo dices y no a él? El golpe fue certero y contundente (sólo un idiota como el arriba firmante se expone de esa manera). Toda la mesa soltó la carcajada, y yo, ¿qué me quedaba?, me puse en pie y grité: ‘¡Miente! Miente, licenciado. Escuche lo que pensamos otros miembros de esta generación’. García López se trabó, el pobre de Humberto Romero, quien era lidercito eficaz a la corta pero incapaz de articular frente al público, me pedía lo imposible: orden y cordura. El asunto ya no dependía de mí. En cada mesa o grupo se enfrentaban opiniones, aunque todos coincidían en que la voz disidente debía ser escuchada. Aproveché un espacio y grité: usted no nos respeta. Nos trata como si fuéramos aliene iuris (esto no lo entendía muy bien, pero para el caso funcionaba perfecto). Nos ofende cuando con una retórica de quinta, una demagogia de la más baja estofa, nos menosprecia: ¿Qué tiene de especial nuestra generación, si de los inscritos en 1956 el porcentaje de graduados es mínimo y el de los que no hemos terminado la carrera enorme? ¿Cuántos de los egresados lo han hecho con honores académicos? ¿Podría mencionar los artistas plásticos, campeones de judo, literatos, juristas, miembros destacados del foro, campeones de oratoria, galanes de telenovelas. Más fácil aún: políticos honorables que, de cualquier partido, ejerzan liderazgo, sean ejemplo y den lustre? Me conformo: denme el nombre de un aguerrido quarter back de los Pumas que pertenezca a nuestra generación. Mis argumentos eran la verdad, aunque, con perdón de mis compañeritos, un auténtico harakiri.

Señor licenciado García López, finalicé: de esa primera generación de universitarios en el poder, Palavicini se atrevió a decir: El Presidente se retirará con la cabeza en alto, el corazón en su lugar, las manos limpias y la sonrisa en los labios. Desgraciadamente para México –me permití concluir–, sólo acertó en lo de la sonrisa en los labios.

Del escándalo que siguió hablaremos el lunes próximo.

Gracias a Quiquis, que con su presencia y libro revivió este pequeño incidente escolar. Y gracias a quienes, explosivos, libraron a las nuevas generaciones de un adefesio y una mentira: la horrenda estatua y su mentirosa leyenda: los universitarios de México a Miguel Alemán. La estatua duró un tiempo. La gratitud nunca tuvo razón de existir. Doña Celia Elena Pozos Huerta: tengo un recadito para usted, pero prefiero guardarlo para el lunes 29, que sé tiene un significado especial.

Twitter: @ortiztejeda