Opinión
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Camilo José Cela, el precoz chivato franquista
José M. Murià
D

e la misma mano que, en 1989, sería galardonado con el Premio Nobel de Literatura y, seis años después, con el Cervantes, surgió el 30 de marzo de 1938, en una población española llamada La Coruña, un documento que consagra a su autor como sujeto en verdad detestable.

Cierto es que el sujeto de marras, natural de la población gallega de Padrón, nunca descolló por su simpatía, pero de ahí a sobajarse a uno de los escaños más bajos de la dignidad humana hay un enorme trecho. Aun en los fondos más bajos de la sociedad el soplón se considera un sujeto en verdad despreciable, incluso en casos en que el desempeño de dicho papel constituya un recurso extremo para la sobrevivencia.

Pero el caso de Camilo José Cela y Trulock resulta aún peor, pues se ofreció voluntariamente a desempeñar tan indigna función, que tanto daño podía causar a gente con la que incluso había convivido.

Según él mismo lo rubrica en la fecha de referencia, definida como II año triunfal, el alzamiento militar contra el régimen republicano legalmente constituido, calificado por Cela de glorioso movimiento nacional, lo sorprendió en Madrid, de donde se había podido pasar al bando fascista el 5 de octubre de 1937.

En la solicitud que dirige al excelentísimo señor comisario general de Investigación y Vigilancia, especifica que había vivido en la capital de España durante los últimos 13 años, de manera que se sentía en condiciones de prestar datos sobre personas y conductas que pudieran ser de utilidad. Entendemos con ello que se ofrecía para denunciar a quienes estaban en contra de los sediciosos triunfantes…

Cela se declaraba bachiller universitario (sección de ciencias) y estudiante del Cuerpo Pericial de Aduanas que había sido declarado inútil total para el servicio militar por el Tribunal Médico Militar de Logroño, en cuya plaza estuvo prestando servicio como soldado del Regimiento de Infantería de Bailén.

A lo que aspiraba, dice el documento cuya copia llegó a mis manos por una vía inconfesable, era ingresar en el ya entonces terrible Cuerpo de Investigación y Vigilancia para prestar un servicio a la Patria adecuado a su estado físico, a sus conocimientos y a su buena voluntad.

Obviamente, lo que quería era residir en Madrid, donde podría prestar sus servicios como delator con mayor eficacia, pero con todo entusiasmo y con toda disciplina se mostraba dispuesto a acatar cualquier decisión que lo llevara a otra plaza.

Dicha solicitud, recibida oficialmente el 4 de abril en la jefatura del Servicio Nacional de Seguridad, fue denegada porque, con sus 21 años, ya muy entrados a 22, fue considerado oficialmente –según dice ahí– menor edad, pero las sospechas de que igualmente haya desempeñado el papel de denunciante de manera libre y voluntaria, con ánimo de conseguir prebendas, parece que alcanzaron buen sustento entre sus contemporáneos, especialmente entre quienes padecieron gracias a él un verdadero calvario a manos de los franquistas.

Cela falleció en 2002, con 86 años de edad cargados de lauros y, en su momento, se hizo caso omiso de su repugnante papel juvenil.