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FICG 31: De regreso a la base
A

nte las constantes quejas de que realizar el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG) en la Expo era enclaustrar a los acreditados en un gueto que no se sentía como estar en la ciudad, la directiva tuvo la buena idea de cambiar de sede para su edición 31 y regresar a la zona centro donde el encuentro se llevó a cabo en los viejos tiempos en que era llamado muestra. Es decir, la zona de la rectoría de la Universidad de Guadalajara, sobre avenida Vallarta, con el Cineforo –ya restaurado con equipo digital– el Paraninfo y el MUSA como sedes de las principales actividades.

Pero, como el niño protagónico de la canción La merienda, de Cri-Cri, los acreditados somos difíciles de complacer y ahora la queja era que todo estaba muy disperso, en contraste con la concentración práctica que implicaba la Expo. Las distancias han sido, desde siempre, el principal enemigo del FICG y, nuevamente, uno debía desplazarse con dificultad en una ciudad cuyo tráfico se ha vuelto casi tan malo como el de la Ciudad de México. Por ejemplo, trasladarse de mi hotel al Cineforo tomaba un promedio de media hora. A eso se sumaba el tiempo que uno tardaba en conseguir un vehículo, cosa siempre complicada a pesar de la buena voluntad de los encargados.

Por otra parte, el FICG continuó mostrando decisiones inexplicables de programación (¿quién fue el bromista que seleccionó la película infantil Heidi para la función inaugural?), así como una voluntad de rendir cada vez más numerosos homenajes a figuras nacionales e internacionales. Ahora incluso se inventó uno llamado Diva Icon (¿quién piensa esos nombres?), dedicado a honrar a la ex presidiaria Gloria Trevi, nada menos.

En fin, uno asiste al FICG en primera instancia para conocer lo nuevo del cine mexicano. En ese sentido, la película más interesante fue La 4ª compañía, opera prima de Amir Galván Cervera y Mitzi Vanessa Arreola. Se trata de un drama carcelario situado en Santa Marta Acatitla en los años del sexenio de López Portillo. Basada en hechos reales, la narrativa se centra en el desempeño de los Perros, el equipo de futbol americano del penal, que también sirve de grupo de choque frente a los demás reos y comete fechorías fuera de la cárcel, para enriquecer un botín destinado al infame general Durazo.

Dotada de buen ritmo y habilidad formal, La 4ª compañía recrea el mundo carcelario mexicano con una verosimilitud que no se había visto desde El apando (Felipe Cazals, 1975). Aunque sobrecargada de viñetas que obstaculizan la progresión dramática, la película es un importante recordatorio de un sistema permeado por la corrupción de las autoridades. Al competir en la sección iberoamericana, esta opera prima obtuvo el premio especial del jurado, el premio al mejor actor (Adrián Ladrón), y extraoficialmente el premio Guerrero de la Prensa.

No tuve oportunidad de ver Oscuro animal, la coproducción internacional dirigida por el colombiano Felipe Guerrero, que obviamente complació sobremanera al jurado de la competencia iberoamericana, al llevarse los premios a mejor película, mejor director y mejor actuación femenina. A ver si llega a estrenarse comercialmente en México.

Si habría que otorgar un premio a la producción mexicana más vergonzosa, este debería ser para Guatdefoc, del tapatío Fernando Lebrija, exhibida en una función de gala. Con fondos de la Comisión de Filmaciones de Jalisco, entre otras aportaciones nacionales, la película es un remedo fiel de las comedias hollywoodenses de los años 80, sobre jóvenes cachondos en busca de satisfacción sexual. En este caso el escenario es Puerto Vallarta (hay que lucir esa inversión jalisciense), donde mexicanos estereotipados al modo gringo se ponen al servicio de sus idiotas protagonistas. Sólo mentes descastadas son capaces de pensar que la película –hablada totalmente en inglés, claro– aporta algo al cine mexicano. Guatdefoc, exactamente.

Twitter: @walyder