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EU y Cuba juegan a la diplomacia del beisbol
Peter Kornbluh *
C

uando el ex presidente Jimmy Carter viajó a La Habana, en mayo de 2002, asistió a un juego de beisbol de estrellas cubanas. Pasando sobre las objeciones de sus agentes del Servicio Secreto, Carter se unió a Fidel Castro en el montículo, sin aparato de seguridad, para lanzar la primera bola. Al mandar a la banca a su equipo de seguridad, Carter demostró respeto público por sus anfitriones y confianza en la normalidad que habían alcanzado las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.

El presidente Obama podría tener una oportunidad similar este mes, cuando se convierta en el primer presidente en 88 años en visitar Cuba. Como parte de los preparativos tras bambalinas para su viaje, las Ligas Mayores de Beisbol han programado un juego de exhibición entre los Mantarrayas de Tampa Bay y el equipo nacional cubano el 22 de marzo, fecha perfectamente oportuna para que el presidente asista. Estamos muy emocionados, tuiteó el consejero adjunto de Seguridad Nacional Ben Rhodes, de... fortalecer vínculos entre nuestros dos países a través del amor y la pasión por el juego del beisbol.

Desde principios del siglo XX, cuando las fuerzas de ocupación estadunidenses distribuyeron bates, pelotas y guantes para ganar las mentes y corazones de los jóvenes cubanos, el beisbol ha sido pasatiempo nacional de Cuba, como en gran parte lo es aquí. La imagen mediática de Obama lanzando la primera bola –si su equipo de seguridad le permite ir al campo– enviará un claro mensaje a los aficionados estadunidenses al deporte que no forman parte de las corrientes progresistas de que nuestro terreno común con Cuba incluye el diamante de beisbol. También enviará un mensaje a los fanáticos cubanos de que la competencia en el campo será un gran bono adicional de la normalización de relaciones. Así como el ping-pong pavimentó el camino para la apertura de Richard Nixon a China, la diplomacia del beisbol debería ayudar a allanar el camino político para el histórico viaje de Obama a Cuba.

La propuesta original de utilizar el beisbol para promover la asociación con Cuba se remonta a hace 41 años, a una serie de juegos de exhibición planeada para marzo de 1975 por el entonces comisionado de Grandes Ligas Bowie Kuhn. Kuhn se acercó a Henry Kissinger, a la sazón secretario de Estado, con la idea de una velada de Nochebuena en diciembre de 1974; siguió con una carta formal en enero de 1975 y, luego de una reunión con funcionarios deportivos cubanos, una llamada a la oficina de Kissinger en febrero. Los cubanos querían jugar a la pelota, le dijo Kuhn a William Rogers, asistente principal de Kissinger para América Latina.

En un memorando rotulado Secret/eyes only para Kissinger, Roger transmitió las esperanzas de Kuhn de que el secretario de Estado aprobara el partido porque el beisbol de Grandes Ligas tiene un valor mágico para proyectar una imagen positiva de Estados Unidos. Rogers comentaba que un juego de exhibición en Cuba tendría un significado simbólico que no se limitaría a las páginas deportivas y también despertaría recuerdos de las acciones de usted en China.

Al mismo tiempo, como consignamos William LeoGrande y yo en nuestro libro Back channel to Cuba, Kissinger intentaba en secreto negociar la normalización de relaciones con la isla; sus colaboradores creían que la diplomacia del beisbol podría desempeñar un papel positivo en impulsar esas pláticas y disponer el escenario político para una nueva política de participación.

“La Cuba anterior a Castro se consideraba el país más americanizado de América Latin en términos de beisbol, hotdogs y Coca-Cola”, sostenían en otro memorando secreto titulado Puntos de conversación adicionales sobre enviar un equipo de beisbol a Cuba. El beisbol es aún el juego más popular entre los espectadores y entre los que se practican en la calle. En la isla, afirmaban, un partido de exhibición entre equipos estadunidenses y cubanos socavaría la demonología de la propaganda cubana sobre Estados Unidos. Y en este último país, el juego ayudaría a cerrar la brecha entre bahía de Cochinos y una nueva relación con Castro. Y, al escoger un juego que tenemos probabilidades de ganar, sugerían con presunción, nos ganaría mucho terreno con los estadunidenses que están deprimidos por las victorias de los comunistas por descalificación en los Juegos Olímpicos.

Pero Kissinger no estaba convencido. Pese a las repetidas solicitudes de Kuhn, el secretario de Estado vetó la idea. Luego de 18 meses de mensajes secretos, las pláticas Kissinger-Castro fallaron.

Se necesitaron otros 24 años para que el presidente William Clinton autorizara al fin el primer partido, parte de la diplomacia pueblo a pueblo de su gobierno hacia Cuba. El juego fue creación de Scott Anderson, antiguo reportero del Washington Post (quien también fundó mi organización, Archivo de Seguridad Nacional). Junto con el cineasta Saul Landau, Armstrong se acercó al dueño de los Orioles de Baltimore, Peter Angelos, con la idea de llevar a su equipo a La Habana. Luego practicaron un poco de diplomacia de escenario virtual, atrayendo al consejero de Seguridad Nacional de Clinton, Anthony Lake, a ver un partido en el parque Camden Yards de Baltimore con Angelos y cabildear su aprobación.

Con el tiempo el sucesor de Lake, Sandy Berger, dio la luz verde en 1998. Mientras más pudiéramos hacer por mostrar al pueblo cubano quiénes éramos... mejor, declaró Berger en una entrevista. Y ¿qué mejor modo de hacerlo que con el beisbol? Fue perfecto.

Aun con el respaldo de la Casa Blanca, se requirieron meses de regateos entre los Orioles y el Departamento de Estado para llegar a un arreglo que permitiera al equipo ir a La Habana. Las autoridades cubanas dieron su beneplácito, pero los funcionarios del Departamento de Estado buscaron en repetidas ocasiones imponer condiciones a los juegos –quiénes podían ir, cuántos boletos se distribuirían y cómo se asignarían las ganancias por derechos de televisión para el partido, entre otras restricciones–, que casi condujeron a la cancelación del proyecto.

Sin embargo, el 28 de marzo de 1999 Angelos y el comisionado de Grandes Ligas Bud Selig se reunieron con Fidel Castro detrás del home mientras ambos equipos se formaban en las líneas y los himnos nacionales de Cuba y Estados Unidos sonaban en las bocinas de un estadio repleto de 55 mil aficionados cubanos (y celebridades estadunidenses como el cantante Jimmy Buffett y el actor Woody Harrelson). El partido fue para comerse las uñas: al final los Orioles anotaron una carrera en la undécima entrada para ganar 3-2. (En un partido de revancha en Camden Yards, el mayo siguiente, los cubanos apalearon a los Orioles 12-6.)

La buena voluntad engendrada por esos primeros juegos tuvo corta duración; la saga de un niño llamado Elián González, cuya madre se ahogó en el mar tratando de llevarlo a Estados Unidos, volvió a enfriar las relaciones entre los dos países durante el último año de Clinton en el cargo, y el gobierno siguiente, de George W. Bush, se mostró hostil al mejoramiento de vínculos. Pero los juegos marcaron un precedente para el uso de la diplomacia del beisbol por Obama para promover el compromiso y la reconciliación. El beisbol es una tradición tangible compartida por ambas naciones, observa Fulton Armstrong, el funcionario del Consejo de Seguridad Nacional que fue responsable del viaje de los Orioles en 1999. Un juego de beisbol sería una ceremonia apropiada en honor del deseo de ambos pueblos de normalizar relaciones y, bueno, de jugar a la pelota.

* William LeoGrande y Peter Kornbluh, Diplomacia encubierta con Cuba: Historia de las negociaciones secretas entre Washington y La Habana (publicado en español por el Fondo de Cultura Económica),

Publicado originalmente por The Nation

Traducción: Jorge Anaya