Opinión
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Apuntes postsoviéticos

Creciente influencia

Juan Pablo Duch
C

on el visto bueno del Kremlin, la religión ortodoxa –que profesa la mayoría de la población rusa– pretende llenar el vacío que dejó el marxismo-leninismo, enterrado como ideología oficial del Estado con la disolución de la Unión Soviética, hace un cuarto de siglo. En menor escala, como segunda religión con más creyentes en Rusia, el islam intenta lo mismo en las regiones musulmanas.

Convertida Rusia en país capitalista, con injusticias y desigualdades similares a las que padecemos en México, el Patriarcado de la Iglesia Ortodoxa Rusa, en tanto instancia rectora aquí de esta rama del cristianismo, se puso al servicio de los poderosos, tanto en el ámbito político como económico, y absuelve gustoso sus pecados a cambio de amplios privilegios y generosas dádivas.

De unos años para acá, los jerarcas ortodoxos ejercen una creciente influencia en la sociedad y, lejos de mostrar clemencia hacia quienes no comparten su fervor, cabildearon una enmienda en el Código Penal que tipifica el delito de ofender los sentimientos religiosos, adicional al artículo 282 que persigue incitar el odio racial, nacional y religioso.

La enmienda surgió a raíz de que las integrantes del grupo Pussy Riot interpretaron en el principal templo de Moscú una oración punk contra el presidente Vladimir Putin y el patriarca Kirill, lo que les valió una condena a dos años de prisión por vandalismo.

Viktor Krasnov, habitante de Stavropol, que escribió –en una de las redes sociales rusas– que Dios no existe y que la Biblia es un compendio de cuentos judíos, una pendejada, es la primera persona juzgada por ofender los sentimientos religiosos. Al margen de si el juez lo condena a tres años de prisión por expresar su opinión en esa forma poco amable, Krasnov está teniendo un severo castigo: pasar un mes en una clínica siquiátrica, sometido a diferentes pruebas para determinar si sufre alguna enfermedad mental.

Los líderes espirituales de la ortodoxia, además de pedir que se castigue a los herejes, se entrometen cada vez más en terrenos propios de un Estado que se proclama laico. Hace poco, al reunirse la comisión del patriarcado sobre asuntos de la familia, la maternidad y la niñez, su presidente, el arcipreste Dimitri Smirnov, arremetió contra el gobierno de Rusia por desoír la recomendación de Kirill de retirar los abortos del sistema de salud pública. Hasta cuándo vamos a seguir financiando esa aberración, bramó el arcipreste.

En ese cónclave, uno los ideólogos más reputados de la Iglesia Ortrodoxa, el arcipreste Artemy Vladimirov, exigió que no se incluyan en los programas escolares algunos libros de Anton Chejov, Aleksandr Kuprin e Iván Bunin, debido a que hacen apología del amor libre y, se supone, siembran ideas pecaminosas en los niños rusos.

Si no se pone fin a iniciativas como éstas, que estimulan la intolerencia hacia todo lo que carezca de la bendición de la jerarquía eclesiástica, Rusia corre el riesgo de acabar inmersa en el más rancio oscurantismo.