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Economía Moral

Para unificar conceptos y mediciones de desarrollo, desigualdad y pobreza/ III

Visión fragmentaria de la desigualdad en la solución usual de valores de uso

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ada la heterogeneidad de los indicadores y de las unidades de medida en la solución pura de valores de uso (véase entrega del 25/3/16), la inercia lleva a mediciones fragmentarias, como lo ejemplifica el estudio de Coplamar1 [realizado entre 1980 y 1982], cuya “mayor limitación consiste en no haber integrado una visión unificada de la insatisfacción de necesidades básicas, ni integrar ésta con la que se deriva del enfoque de LP [línea de pobreza o pobreza de ingresos]” (Treinta años de medición de la pobreza en México. Una mirada desde Coplamar, Estudios sociológicos, Vol. XXX, número extraordinario, 2012). La desigualdad que se puede medir con esta visión fragmentada que, en el caso de Coplamar, incluyó no sólo el enfoque de necesidades básicas insatisfechas (solución pura de valores de uso), sino también la medición de pobreza de ingresos (solución monetaria), es una desigualdad fragmentada. Como señalé en la entrega anterior, mi artículo Satisfacción desigual de las necesidades esenciales en México (en Rolando Cordera y Carlos Tello, La desigualdad en México, Siglo XXI Editores, México, 1984) muestra las limitaciones de tal enfoque fragmentario. Hoy reseño la parte empírica del mismo (pp.37-57), que comienza señalando que:

La concentración del ingreso en México (donde el 10 por ciento más rico de las familias recibió en 1977 cerca de 40 por ciento del ingreso, mientras el 30 por ciento más pobre percibió sólo 7 por ciento) supone la presencia simultánea del lujo de unos cuantos frente a la miseria de proporciones importantes de la población. Concomitantemente, la estructura productiva está orientada a satisfacer la demanda de los ricos; por ejemplo, al consumo de 10 por ciento de los hogares con mayores ingresos, se destinan cerca de 68 por ciento de los bienes industriales de consumo durable y 80 por ciento de los automóviles. Como resultado de esta concentración del ingreso, de la orientación de la estructura productiva y de la concentración de las transferencias a los trabajadores organizados del medio urbano, la satisfacción de las necesidades esenciales sigue siendo una aspiración para la mayoría de la población. (p.37)

El texto sintetiza los resultados de los volúmenes uno a cuatro de Coplamar en términos de insatisfacción alimentaria (desnutrición); educativa; incapacidad de cobertura adecuada de los servicios de salud; deficiencias habitacionales (hacinamiento, deterioro y carencia de los servicios de agua, drenaje y electricidad). Y expresa la magnitud del crimen social que se comete dejando que continúe ese estado de cosas en lo que puede llamarse muertes excedentes o evitables. De las 432 mil muertes ocurridas en el país en 1974, 185 mil (42 por ciento) eran evitables si la población tuviera niveles adecuados de bienestar. De esas 185 mil muertes excedentes anuales, 77 mil fueron de menores de un año y 107 mil de menores de cuatro.

Hasta aquí el análisis de Coplamar brilla, pero deja de hacerlo cuando se propone medir la desigualdad. Aunque en el estudio de Coplamar no adoptamos una visión dicotómica a ultranza (como lo hacen Coneval, Alkire-Foster, entre otros), que divide mecánicamente la población en satisfechos e insatisfechos, las dicotomías, que limitan muchísimo los análisis de la desigualdad, predominaron en sus análisis. A diferencia de los análisis de distribución del ingreso que proceden a ordenar a los hogares de menos a más ingresos, en el volumen de Educación de Coplamar, por dar un ejemplo, no se ordenaron los mayores de 18 (o 15) años según el número de grados de escolaridad aprobados, lo que hubiese permitido un análisis de la desigualdad educativa parecida a la que se lleva a cabo en la desigualdad del ingreso, calculando deciles de la población adulta según nivel educativo, dibujando la curva de Lorenz y calculando el coeficiente de Gini. Estas limitaciones (y la pérdida de las bases de datos que se quedaron en la mini-computadora de Coplamar, que se cerró al cambio de gobierno en 1982) explican que en mi citado artículo la desigualdad analizada adopte como criterio de agrupación de los hogares o individuos indicadores externos como campo-ciudad, áreas geográficas, grupos étnicos, clase social o nivel de ingresos. Por ello mi descripción de los resultados de Coplamar comienza con los índices de marginación por municipios y entidades federativas. Los municipios (o delegaciones) en los que se ubican áreas urbanas importantes resultaron con los índices de marginación más bajos. Los dos casos extremos (el municipio de Ahuacatlán en Puebla, y por el otro el Distrito Federal) ilustran estas desigualdades: en Ahuacatlán, 90 por ciento y 81 por ciento de las viviendas carecían de electricidad y de acceso a agua entubada respectivamente, mientras en el DF estos datos eran de 2.7 por ciento y 2.5 por ciento. Clasificados los municipios en agrícolas y no agrícolas, el índice de marginación (que cuando es positivo indica carencias, grosso modo, por arriba de la media nacional, y cuando es negativo, por debajo) resultó de +12.5 para los agrícolas y -13.5 para los no agrícolas. Mi artículo analiza la satisfacción desigual en alimentación y vivienda. En vivienda (que incluye sus servicios básicos) se señala:

Clasificando las viviendas en tres categorías: buenas (que cumplen todos los requisitos); malas (que carecen de uno o dos requisitos) y muy malas (que carecen de tres o más requisitos), 86.2 por ciento de la población rural vivía en viviendas muy malas, lo que casi duplicaba el porcentaje correspondiente a las áreas urbanas (45.7 por ciento). El porcentaje de población que habitaba en viviendas que cumplían todos los requisitos varió desde 14.9 por ciento en el DF hasta sólo 1.8 por ciento en la Región Pacífico Sur (Oaxaca, Chiapas y Guerrero). En las áreas urbanas del DF la proporción de la población que habitaba viviendas que no cumplían con tres o más de los requisitos representó 30 por ciento, mientras que la porción rural peor situada, la de la Región Centro-Norte (San Luis Potosí y Zacatecas), alcanzó 92 por ciento (p.45)

Tenía conciencia (sin abandonar la premisa de criterios externos de agrupación, al no percatarme que cada indicador permite ordenar a los hogares de peor a mejor situación) de que el análisis más adecuado de la desigualdad en la satisfacción de necesidades esenciales sería por clases sociales. Aunque las limitaciones de la información disponible no permitieron un análisis sistemático de este tipo, presenté la condición alimentaria por deciles urbanos y rurales de ingreso, concluyendo que la satisfacción nutricional está asociada con toda claridad con el nivel de ingresos de la población. En vivienda analicé la satisfacción por clases sociales, pero no pude identificar la clase capitalista o patronal, por lo cual sólo analicé cuatro clases sociales subordinadas (obreros o empleados, trabajadores por cuenta propia, jornalero y ejidatarios) que se convierten en ocho al dividir cada una según el medio (urbano o rural) que habitan (Véase gráfica). Como se aprecia, la estructura de niveles de (in)satisfacción es muy contrastante entre las clases sociales identificables. Así, el porcentaje que habitaba viviendas muy malas varía desde 34 por ciento para los obreros o empleados urbanos hasta 92 por ciento para los ejidatarios rurales. En vivienda di otro paso hacia adelante al construir la curva de Lorenz de la distribución entre las personas de los cuartos disponibles. Las limitaciones analíticas de las dicotomías fragmentadas son enormes, como se ve.

1El estudio de Coplamar (Coordinación General del Plan Nacional de Zonas Deprimidas y Grupos Marginados, Presidencia de la República, 1976-1982) está plasmado en siete volúmenes (los seis primeros publicados por Siglo XXI Editores en 1982-83 en la serie Necesidades esenciales en México): 1. Alimentación; 2. Educación; 3. Vivienda; 4. Salud; 5. Geografía de la marginación; Macroeconomía de las necesidades esenciales en México; y Necesidades esenciales y estructura productiva en México, publicada por Coplamar en 1982.

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