Opinión
Ver día anteriorMartes 5 de abril de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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MAM: Boris Viskin
Teresa del Conde
P

or fin uno de los protagonistas más destacados de la generación que siguió a la de la llamada Ruptura ocupa una de las salas, la primera a la izquierda, del Museo de Arte Moderno (MAM,) que siempre ha sido (aunque por periodos ha resultado inalcanzable) meta de exposición de artistas vigentes.

Boris Viskin, quien participó en el proyecto Akaso, ha ocupado varios talleres y ha presentado exposiciones consecutivas en varias ciudades del país y el extrajero; vivió un tiempo en Israel y luego transcurrió un periodo en el que trabajó y estudió en Florencia, donde se dedicó, entre otros menesteres, a profundizar y ampliar sus conocimientos sobre historia del arte, que son muy visibles en esta exposición, no porque practique el terreno de la glosa (lo cual también sería legítimo), sino por la recurrencia analógica que propone a otras obras, modos de hacer y sobre todo títulos que actúan como disparaderos de asociación.

Presentó tres exposiciones en la galería Le Laboratoire y algunas de las obras que allí se dieron a conocer, como Deus ex Machina, reparecen ahora recicladas en esta muestra de obras relativamente recientes, pues abarcan piezas ejecutadas durante los pasados 15 años. El curador, Iñaqui Herranz, quien además de promotor tiene formación académica y ha trabajado para varias instancias públicas, La Esmeralda entre otras, ha pronunciado (entresaco con cuidado sus palabras), el vocablo deleite en torno al conjunto exhibido y me parece que tiene razón o al menos esa es la impresión general que recabé de mi visita, deleite que se intensifica en parte debido a los aspectos analógicos que depara la exposición, pues con los títulos de las obras, que actúan como disparadores, Viskin ha incluido comentarios explicativos, cosa que algunas personas jóvenes y radicales (como suelen serlo a veces estos individuos) consideraron negativo, en contra de mi propia percepción. Boris no sólo escribe bien, sino que es autor de libros, pues hasta donde recuerdo, uno se titula Paletas y otro texto suyo fue publicado con motivo de su exposición en el museo Carrillo Gil.

Otro aspecto relevante de su trayectoria es la atención puesta a los trabajos de sus colegas, lo que se hizo patente durante el tiempo en el que colaboró con los hermanos Guadalupe y Germán Venegas en el proyecto Zona y luego en el restaurante-galería La Gloria, donde se verificaban exposiciones de pequeño fomato.

Si algo hay en el conjunto presentado es coherencia, rasgo que aparece contradicho en un blog para The Black Hall en 2015. Es una muestra ante todo coherente y se diría que muy placentera para la vista y el entendimiento.

Antes de ingresar al recinto me quedé unos pocos minutos viendo la pieza que recibe al espectador. A distancia parece plana y quizá demasiado deudora de lo mejor al geometrismo mexicano como lo representó, por antonomasia, Fernando García Ponce.

Pero no hay tal, la pieza es un magnífico ensamblado que habla no sólo de la virtud compositiva y de la predilección coleccionística del autor por texturas, paneles, materiales a veces de desecho y otros que ya existen y que por su belleza o características resultan susceptibles de ser revitalizados como elementos de valía propia. El acercamiento a la obra depara los daños que el tiempo, el descuido o el propio autor les ha infligido. Se titula Veracruz y se supone tiene matiz político, pero es además de alegre, en extremo grata, un poco misteriosa, así como otras en diferentes formatos que va uno encontrando a lo largo del recorrido pueden sorprender por ser reminiscentes de experiencias, por ejemplo del nacimiento de la hija del autor.

Aunque hay una referencia icónica al hongo de la bomba atómica, realizado en papel (escultura enorme que ocupa el centro de un recorrido paralelo integrado por los 124 óleos de 25 por 20, que arman una muestra alternativa en estuctura de sonata), hay también una mención a Hiroshima, ya no a la catástrofe, sino al filme Hiroshima mon amour, de Alain Resnais, y esa pieza es de innegable belleza plástica y de contundente interés por la iluminación impuesta a los caracteres escriturales que la forman. En otra explora el espacio entre una silla real, colocada a metro y medio de la pieza, y sus elementos vistos en conjunto y por separado desde ese mismo ángulo. ¿Y tú que miras? (se pregunta uno y se lo preguntó el autor). Respuesta: miro a la silla mirando a sus partes, es decir, en otras palabras: miro a Boris mirando a la silla y representándola en un plano a distancia en la que yo estoy mirando el cuadro. Que yo sepa nadie ha dicho hasta ahora que la exposición es un homenaje a Narciso, sobre todo debido a que Boris Viskin está más que presente en todo, salvo que en cierto modo la dedica a Duelo, de Francisco Toledo, ¡y cómo no! ¿Quién no admiró esa exposición?, a lo que se añade el hecho de que Toledo es el más icónico de nuestros artistas, dígase lo que se quiera, aunque él mismo se enfurezca si uno afirma eso.

Duelo es una exposición que no tiene pierde, se guardará siempre en la memoria y en el imaginario. Pero la de Viskin, La belleza llegará después, es un excelente muestrario de las capacidades de éste en cuanto a compositor y ensamblador de elementos que en conjunto funcionan como pinturas sin serlo propiamente. Habría estado bien incluir algún trabajo pictórico también ensamblado para marcar la evolución ocurrida en la que lo manifiesto es el viraje total hacia el arte objeto como la más evidente de sus condiciones.