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Primarias USA; lo que falta
D

os eventos podrán ocurrir en la contienda por las nominaciones partidarias en Estados Unidos. Primero, que Donald Trump obtendrá en Indiana los suficientes delegados para amarrar después su nominación por el Partido Republicano. Segundo, que ninguno de los dos candidatos demócratas llegará al número señalado para evitar una convención abierta a rondas de votaciones; es decir, quedará sujeta a un rejuego distinto a lo que, hasta ahora, normaran las primarias y caucuses. Esta situación anuncia una pelea distinta entre demócratas, inesperada por los dirigentes. Estas dos premisas no auguran tampoco que Bernie Sanders quede eliminado como difunde gran parte del entorno de poder. Su destino, sin embargo, enfrenta condicionantes duras de cumplir si desea continuar y prevalecer. Por lo que toca a los restantes republicanos (Cruz y Kasich), sus chances de ir a una final abierta, tal como buscan afanosamente, son nulos. Por tanto, mucho apunta, de darse el escenario planteado, a que la señora Clinton y el señor Trump podrán ser los que, al frente de sus respectivos partidos, se enfrenten por la presidencia estadunidense.

Los dirigentes republicanos, ante la inminencia del triunfo de Trump, hacen ya el esfuerzo por moderar la figura de su seguro candidato. Intentan refinarlo (si no es que cambiarlo) en varios de sus crudos, rasposos, controvertidos y poco atrayentes pronunciamientos. Cuánto de ello podrán lograr está por verse en las semanas próximas. La duda que embarga a este tozudo círculo de jefes no ha cesado de carcomer a buena parte de ellos. Piensan que el magnate no tiene las características para convertirse en candidato ganador. Pero de idéntica forma presentían y hasta auguraban, desde el inicio de las primarias, que el negociante quedaría descartado de inmediato. Trump, contra todo pronóstico, ha ido salvando cuanto obstáculo se le ha puesto enfrente. Esto no quiere decir que ha mejorado sus capacidades para ganar la contienda por la presidencia (según el promedio de encuestas sería derrotado por Hillary y también por Sanders. Pero una reciente ya lo coloca sobre Hillary).

La señora Clinton, por su parte, tampoco la tiene fácil y menos aún halagüeña. El desmesurado apoyo cupular que acumuló (endorsos y dinero) desde antes del inicio de la competencia lleva atado un costo mayúsculo: ser un producto acabado del sistema imperante. Esta es, hoy por hoy, una característica peligrosa, dado el enorme descontento que embarga a las mayorías de ese país respecto de sus dirigentes políticos. Desencanto rayano en franca oposición y rebeldía con el mismo estado de cosas. Esa mayoría, desencantada, angustiada y rijosa, no apoyaría el perfil que ella proyecta: uno que encaja a la perfección en el patrón de los habituales de Washington. Ella es, qué duda, una mujer política hecha a la usanza conocida y, por ahora, rechazada con encendida pasión por crecientes grupos de ciudadanos. Un personaje formado dentro del núcleo decisorio norteamericano. El reciente ataque desencadenado por Trump incide en puntos neurálgicos de su trayectoria, imagen y modo de comportamiento. Le pega, inclusive, en su misma honestidad y dependencia de los grandes intereses dominantes: Wall Street, energía, aseguradoras, etcétera. Trump anuncia sus ataques futuros con inusitada crudeza. Hillary no resistirá, alega, porque le faltará fuerza para salir avante, cuando deba enfrentar las enormes presiones de ser la comandante del ejército y otras linduras.

Clinton requiere una audiencia bastante más amplia que la que le ha permitido obtener mayor número de votantes (muchos de ellos negros) y delegados comprometidos. Su eventual triunfo primario la obliga a buscar la manera de atraer el multitudinario movimiento formado alrededor de Sanders. Para empezar, ha hecho suyas las propuestas básicas del senador por Vermont. El formidable ejército de jóvenes que a este personaje sui generis respaldan no será fácil de ser convencido por Clinton. La razón es simple: la mayoría de esos jóvenes no son demócratas de carnet, sino independientes (40 por ciento del electorado) que no tienen filiación partidista. Ellos buscan, con entusiasmo digno de reconocer, un cambio que les abra horizontes reales de convivencia y no simples ajustes a programas gubernativos.

El senador Sanders no la ve perdida para su búsqueda de ser nominado. Arguye que tiene dos grandes argumentos en su favor. Primero, el impulso ( momentum lo llama) que le hace ir cerrando la distancia con Clinton. Una distancia que hoy es de 10 por ciento en número de delegados. Y, segundo, la solicitud para que los superdelegados voten como sus respectivos estados lo hicieron. Según cálculos del Washington Post, con obtener 58 por ciento de delegados en juego será suficiente para culminar su promesa. Si tales supuestos se materializan en su favor en las primarias restantes –asunto peliagudo–, Sanders asegura que podrá convencer a un mayor número de superdelegados que votarán en la venidera convención abierta de Philadelphia.

Mientras el escenario electivo se clarifica un tanto más, lo cierto es que el ánimo insuflado a la juventud estadunidense por las posturas de Sanders prefigura un futuro cambio de paradigmas y rituales bastante alejados de los integrados al sistema dominante actual. La acendrada desigualdad permanece en el fondo del descontento y los efectos nocivos que causa en la democracia y el ejercicio del poder son notorios.