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Ver día anteriorDomingo 15 de mayo de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Me quedo contigo
R

esultaría estéril analizar la cinta de Artemio Narro, Me quedo contigo, al margen de una producción fílmica que en México aborda los temas que mejor definen la actualidad política del país: el flagelo de la corrupción y la forma en que las elites aún presumen de su impunidad.

El tema no es nuevo. Desde comedias juveniles como Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001) hasta Voy a explotar (Gerardo Naranjo, 2008), o pará- bolas sociales como La zona (Rodrigo Plá, 2007), ha sido constante el retrato de la descomposición moral de la clase política dominante. En fechas más recientes, el escepticismo de algunos cineastas parece ser todavía mayor y sus radiografías se centran ahora en un microcosmos social que incluye, en primer plano, a los hijos privilegiados del sistema. De ellos se suelen exponer la frivolidad, la prepotencia y sus excesos en películas como Los muertos (Mohar Volkow, 2014) o Los herederos (Hernández Aldana, 2015); también sus fines de semanas de desahogo febril como en Déficit (García Bernal, 2007) o en Este es mi reino (corto de Carlos Reygadas, 2010), y en el retrato se recorre un espectro generacional que va desde los adultos hasta los adolescentes, incluso los niños, practicantes o aprendices todos de un elemental desprecio clasista teñido de racismo. El diagnóstico que arrojan estas cintas suele ser implacable y crudo, en el extremo opuesto de los inofensivos dramas o comedias que tienen como telón de fondo el imperativo de una reconciliación social.

Ladies trash. Al retrato de mirreyes prepotentes –los llamados Porkys que cometen abusos sexuales sintiéndose invulnerables y celosamente protegidos– se añade ahora en Me quedo contigo, de Artemio Narro, una inesperada inversión de los roles tradicionales. Según esta cinta, las mujeres pueden también mostrar ese desdén clasista que comúnmente se atribuye sólo a los hombres, y que puede degenerar en actos de violencia. La impunidad que les confiere el pertenecer a una élite, las protege tanto como a ellos y posiblemente todavía más.

En su declarada intención de abordar los temas de la violencia y las estructuras del poder en México, el realizador elige presentar el asunto a partir de una evidente incorrección política. En una sociedad donde aún es posible soportar, desde Ciudad Juárez hasta Chiapas, el incremento exponencial de feminicidios hasta el punto de familiarizar a la opinión pública con una misoginia brutal habitualmente sin castigo, Me quedo contigo propone la sulfurosa variante de contemplar esa misma brutalidad ejercida ahora por un grupo de cuatro mujeres, pertenecientes a una clase acomodada, sobre un despistado vaquero al que secuestran y someten sexualmente hasta convertirlo, de manera sádica, en el blanco de múltiples vejaciones y torturas. Todo ello de manera gratuita y abusiva, sin aparente espíritu de revancha ni despliegues de un machismo a la inversa –el llamado hembrismo–, con una coquetería desafiante y burlona, y con ese mismo afán de diversión soez que, hasta ese momento, parecía ser un privilegio exclusivo del género masculino.

La cinta de Artemio Narro le da un vuelco radical a las representaciones tradicionales de la mujer en el cine mexicano, y el largo reventón que estas ladies basura, irreverentes y malhabladas, dedican a Natalia, una joven española enamorada de Esteban (Diego Luna), haría estremecerse de pavor a don Julián Soler, el venerable director de una exitosa Despedida de soltera (1965).

Ellas se han apropiado del lenguaje del albur y la procacidad machista, también de la total falta de escrúpulos con que se puede someter en la cama o en el piso a un indefenso sexo opuesto. Y si nada justifica esta caprichosa apropiación de conductas degradantes, tampoco parece ser el propósito del cineasta buscar esas justificaciones. Su película juega abiertamente con una inversión de roles de genero para mostrar hasta qué punto prevalece en la sociedad mexicana una doble moral que se muestra pasiva ante la misoginia criminal y muy escandalizada cuando la víctima de todos esos excesos es un hombre indefenso.

Artemio Narro es un artista plástico que incursiona hoy en el cine de manera arriesgada y muy independiente, sin recursos estatales y con el apoyo de amigos de su propio gremio y de los festivales de cine, y que ha elegido como estrategia novedosa sacar su cinta con una sola copia, misma que llevará a lo largo del año de una sala a otra, en lugar de las múltiples copias mexicanas que se dirigen simultáneamente a un previsible fracaso en taquilla.

Con todas sus excentricidades formales y su limitaciones en materia de sobriedad narrativa, y con su aspecto tan trash como el de sus cuatro protagonistas, se trata tal vez de la cinta más irritante y polémica de cuantas se hayan filmado en los últimos años en nuestro país; también de un barómetro muy exacto del clima de descomposición social que provocan la corrupción y la impunidad en México, vicios perpetuados por la morosidad o complacencia de quienes los padecen.

Se exhibe en la sala 10 de la Cineteca Nacional. Sala 10: 19:15 y 21:30 horas.

Twitter: @Carlos.Bonfil1