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Aprender a Morir

¡Pregúntenle al Pana!

L

as personas solemos morir mal, en México y el resto del mundo, ya por falta de conocimientos, ya por exceso de remordimientos, ya por inoportunos involucramientos, tanto de autoridades civiles, médicas y religiosas como de familiares aterrorizados y amigos bien intencionados. Es la costumbre que confunde durar con vivir y vida con signos vitales.

El hecho es que pretendiendo comprometerse y solidarizarse, casi todos se entrometen, opinan, determinan y deciden lo más conveniente, mientras la voluntad del paciente apenas es tomada en cuenta o de plano ignorada y lo que debiera ser una relación consciente y madura entre el enfermo y su entorno se vuelve innecesario e inhumano final. La lucha ancestral por una vida digna olvida que ésta incluye, inexcusablemente, una muerte digna.

Hoy que cinismo, hipocresía y un falso vitalismo permean como nunca en la sociedad, la consigna religiosa pretendidamente trascendental (lo permanente detrás de lo aparente) de que ningún ser humano tiene derecho a decidir sobre la vida o la muerte de otro ser humano apremia a una revisión sustentada y libre de imposiciones diversas. Engolados organismos y un coro mediático reiteran su lucha contra la enfermedad y la muerte y su defensa de la vida, en tanto ven como lo natural la ola de crímenes, con y sin sangre, que a diario se cometen en sus narices. Vaya un concepto tramposo de la vida, la dignidad y lo trascendente.

Me entero con tristeza de que un mexicano de oficio torero, en el otoño (64 años) de su accidentada carrera, llamado Rodolfo Rodríguez y apodado El Pana, que no es diminutivo sino apócope de panadero, pues lo fue en su adolescencia, resultó arrollado por un toro en la plaza de Ciudad Lerdo, Durango, lesionándose gravemente la médula espinal y quedando cuadripléjico o sin movilidad ni sensibilidad en tronco, brazos y piernas. Sin poder hablar, pues se le hizo una traqueotomía y tiene una sonda nasogástrica para alimentarlo, seguirá paralizado, pero consciente, a la espera de encarnizamientos terapéuticos que no redundarán en su recuperación física.

Ya tuvo un paro respiratorio y el miércoles pasado un paro cardiaco, pero consiguieron estabilizarlo para continuar en una Unidad de Cuidados Intensivos. Si tiene los ojos abiertos y puede mover párpados y cejas, ¿por qué no le preguntan si su deseo es continuar o terminar? Cualquier respuesta es su irrenunciable derecho a decidir. ¿O no?