Opinión
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Nuit Debout y la protesta social en Francia
Guillermo Almeyra
E

l gobierno de François Hollande no se animó a discutir en la Asamblea Nacional su proyecto de ley de trabajo, el cual casi 75 por ciento de los franceses rechazan, y prefirió imponerlo por decreto. Ello, lejos de evitar el crecimiento de una oposición numerosa en su propio bloque de diputados y una diferenciación con los Verdes-Ecologistas, agravó la crisis con éstos y con el Partido Socialista.

Hollande firmó así el certificado de muerte de éste como partido de la vieja socialdemocracia que se consideraba de izquierda anticapitalista y alegaba que trataba de mejorar el capitalismo desde dentro y desde sus instituciones. Ahora él y su primer ministro Valls –hijo de refugiados antifranquistas catalanes que deben estar revolviéndose en sus tumbas– acatan directamente los dictados de la gran finanza europea y de los grandes empresarios franceses que pretenden modificar según sus intereses los contratos de trabajo y su duración, así como destruir los contratos nacionales por rama gremial que garantizaban, incluso a los obreros de las pequeñas empresas sin sindicato, cambiar las condiciones de trabajo y la duración del trabajo diario y semanal y reducir la indemnización por despido, entre otras conquistas de los trabajadores.

En un momento en que Hollande es nuevamente candidato para las próximas elecciones presidenciales, esta actitud equivale al suicidio político suyo y de su partido, a pesar de que los precandidatos de la derecha constitucional, así como Marine Le Pen por el Frente Nacional semifascista, no protestan contra la política social del gobierno, del cual esperan que debilite la protesta de la sociedad para hacer retroceder aún más la legislación laboral francesa y europea.

La protesta social fue masiva e inmediata. Desde hace más de un mes siete centrales sindicales actúan unidas, apoyan manifestaciones y huelgas diarias y sólo la central socialcristiana CFDT sostiene a Hollande y su proyecto, rompiendo el frente sindical y desprestigiándose aún más.

Este jueves, la CGT, FO, FSU, Solidaires, UNEF, UNL y FIDL convocaron nuevamente marchas en París y en las principales ciudades y esas manifestaciones, aunque no tan numerosas como en los primeros días de lucha, contaron con la participación de los estudiantes y de vastos sectores populares y son cada día más políticas y duras contra la brutal represión policiaca.

Desde el 31 de marzo último en la parisina plaza de la République se reúnen y discuten toda la noche los que pueden participar en el movimiento Nuit Debout (Noche en pie). El término debout (que significa también de pie) expresa no sólo la vigilia organizada, sino también que los participantes se alzan frente al gobierno con libertad. En otras ciudades hay también reuniones similares, pero menos numerosas, que tienen la característica principal de ser autoconvocadas (los partidos y grupos de extrema izquierda sólo van a pescar militantes en ellas, pero no las organizan, y los partidos comunista y socialista están ausentes como tales, aunque militantes participen individualmente sobre todo como sindicalistas).

Esas veladas de acción agrupan por ahora solamente una minoría, compuesta principalmente por gente de clase media con instrucción secundaria o universitaria. Convergen con las luchas obreras y sindicales, pero no interactúan con ellas. Discuten sobre las migraciones masivas, la política de Hollande, los límites, la estrategia y la táctica de las movilizaciones, pero aún muy poco sobre cuáles podían ser los elementos básicos de una política anticapitalista alternativa y casi nada sobre qué hacer en el plano europeo e internacional. Son convocadas de modo autogestionario, y la opinión predominante en esas manifestaciones es una mezcla de semi o seudo anarquismo apoliticista y de vago socialismo autogestionario. Desgraciadamente, la crisis del Nuevo Partido Anticapitalista y de otros grupos y partidos de la extrema izquierda dificulta y retrasa la maduración política de Nuit Debout, a la vez que impide a la extrema izquierda aprender del movimiento lo que sea posible asimilar en esta fase e influirlo políticamente, sacándolo de una confusa voluntad abstencionista mayoritaria.

Por supuesto, la mayoría de los hijos de inmigrantes árabes, musulmanes o africanos siguen con atención y hasta con simpatía el desarrollo de Nuit Debout. Pero esos franceses hijos de inmigrantes aún no se han incorporado a esa lucha, a pesar de algunos intentos de organizadores del movimiento que fueron a los barrios-guetos de aquéllos. En las puertas de las grandes fábricas o empresas en conflicto tampoco se ven, como en 1968-69, grupos de estudiantes e intelectuales dispuestos a discutir con los obreros. De todos modos, la persistencia de Nuit Debout desde el fin de marzo estimula la decisión de grandes gremios obreros, como los ferroviarios, que cada semana hacen dos paros masivos.

La politización creciente del movimiento, que está pasando de la no violencia a la resistencia a la violenta represión, muestra de todos modos que, de modo caótico, en estas experiencias se estaría esbozando a la vez un programa político y una selección de cuadros y militantes que probablemente serán visibles una vez superado este momento prelectoral.

El gobierno no se engaña, y con el nimio pretexto de la Eurocopa de futbol y del Tour de France ciclístico, mantiene en vigencia hasta julio el estado de urgencia que le permite restringir las libertades democráticas. Por lo menos el racismo antimusulmán pasó a segundo plano ante esta lucha social creciente. En efecto, los que están en el primer grado en los temores oficiales son los trabajadores y los estudiantes, no los terroristas reales o inventados, pero no está excluido que, para frenar a los primeros, Valls saque de su manga algún sospechoso atentado.