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La historia comienza con Liston abatido en su esquina: ahora tráguense sus palabras

Ali, rey del siglo XX; símbolo de una fuerza que no se puede aniquilar

Al día siguiente el nuevo monarca del mundo rompió las cadenas de su herencia esclava y reinventó su identidad

Quiso demostrar que se podía ser negro en Estados Unidos de otra manera

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Ali es detenido por el réferi, tras noquear a Sonny Liston en el primer round, el 25 de mayo de 1965Foto Ap
 
Periódico La Jornada
Domingo 5 de junio de 2016, p. a13

Como si subiera a un combate, Muhammad Ali irrumpió con gracia y desbordado orgullo al imaginario de la cultura popular en los años 60. Era un joven espigado y con el encanto de un artista que atrajo la atención disfrazado primero de estrella deportiva, pero que culminó convertido en el ícono de una época, indispensable para comprender el siglo XX.

Un relato que empieza con la consagración deportiva la noche del 25 de febrero de 1964, con Sonny Liston abatido y solitario en su esquina, mientras el nuevo campeón de 22 años bailoteaba con esos pasos que parecían no tocar la lona y dando gritos: ¡Soy el Rey del mundo!

Era un reclamo a todo lo que estaba en contra, aficionados, apostadores y prensa. ¡Ahora tráguense sus palabras!, disparaba a múltiples dianas.

Apenas 24 horas después, el nuevo campeón rompió las cadenas de su herencia esclava reinventando una identidad que le brindó la nación del Islam. De un tirón quebró los eslabones del nombre con el que fue bautizado, Cassius Clay, como su tatarabuelo esclavo a quien llamaron así como símbolo de propiedad de un poderoso personaje de Kentucky.

Con ese garbo provocador Ali dio una entrevista a la salida de un edificio mientras la prensa lo rodeaba con cierto morbo para preguntarle las razones de esa transformación del nuevo campeón de los pesos pesados.

–Es mi nombre original de negro. Cassius Clay era mi nombre de esclavo. Yo no soy esclavo –dijo con el desafío de un hombre nuevo convertido al Islam.

La labia ágil e implacable de Ali embrujó a los reporteros y en un final que parecía ensayado tantas veces hasta que resultó perfecto, el nuevo campeón mundial diseccionó las connotaciones de ese nombre como si estuviera prescribiendo las claves en las que en adelante habría que percibirlo.

–Muhammad significa digno de elogios, y Ali, el más grande.

Quería demostrar que se podía ser negro en Estados Unidos de otra manera. No uno que mendigara por la aceptación del status quo de aquella sociedad, sino un individuo orgulloso de sus raíces y de lo que representa.

A pesar de que pertenecía a una clase media, Ali creció en una Louisville dividida en dos ciudades: una para blancos, con todas las prerrogativas que eso representaba, y una que habitaban los negros.

La memoria del niño Cassius almacenó con dolor la vez que a su madre le negaron un vaso con agua en un restaurante y cuando descubrió, a los cuatro años, que los dueños de las tiendas donde compraban sus alimentos, el propietario de la farmacia que les vendía los medicamentos y el conductor del autobús en el que viajaban, todos eran blancos. Entonces el niño le preguntó a su padre: ¿Qué es lo que hacen los negros?

No es sólo una estrella deportiva. Lo es, pero sus efectos se desbordan en otros registros de la vida política y social, como lo reconoció el activista de los derechos de los afroamericanos Malcom X. En una toma cerrada (recuperada en el documental I am Ali), su mentor expone el potencial simbólico que representa aquel joven desafiante en los cuadriláteros y en cada aparición en los medios de comunicación.

–La estructura del poder –explicó Malcom X– construyó con éxito la imagen de un negro estadunidense como alguien sin seguridad, sin militancia y lo hiceron al darles héroes que no tenían ni militancia ni seguridad. Entonces llega Cassius contra el sistema, representando al pueblo negro.

Decía que era el mejor. Todo estaba en su contra. Decepcionó a los corredores de apuestas. Se convirtió en ganador. Se dio cuenta de que si la gente se identificaba con él y su imagen, el poder tendría problemas. Aparte había negros en la calle diciendo: soy el mejor.

No tiraré bombas lejos de casa

La resistencia política que representó hasta entonces estuvo limitada al terreno de los derechos de la comunidad afroamericana, pero Ali una vez más desbordó su potencial cuando fue convocado por el Ejército. No sería la primera figura del deporte o el espectáculo en cumplir el servicio militar durante sus años de mayor éxito.

Elvis Presley fue rasurado ejemplarmente para servir a su país, pero ahora era más complejo el escenario: Vietnam enrarecía el ambiente. Ali emprendió una batalla pacifista y de franca rebelión contra la política bélica de su país.

–Me resisto a tirar bombas lejos de casa y balas a gente de piel oscura mientras a los negros de mi país nos tratan como perros sin reconocer nuestro derechos más simples. No tengo nada contra el Vietcong –decía convencido.

Las mismas reacciones que provocaba en el cuadrilátero –donde los entusiastas caían seducidos por su encanto y talento; los adversarios respondían irritados a sus provocaciones– se detonaron alrededor de su postura antibelicista.

Dice el escritor estadunidense David Remnick que lo mismo recibía llamadas de odio que le deseaban la muerte, que adhesiones genuinas y asombrosas, como la del filósofo Bertrand Russell.

–En los meses venideros los gobernantes de Washington –le escribió Russell– van a tratar de perjudicarlo por todos los medios a su alcance, pero usted sabe, estoy seguro de que ha hablado en nombre de su pueblo y en el de todos los oprimidos del mundo que desafían al poder estadunidense. Tratarán de hundirlo porque usted es el símbolo de una fuerza que no pueden aniquilar.

La sentencia por la desobediencia que emprendió Ali era de cinco años de prisión y 10 mil dólares. No pisó la cárcel porque el Tribunal Supremo le dio al final la razón.

Sin embargo, durante el proceso estuvo bajo vigilancia de la FBI, que lo consideraba un agitador peligroso. El mismo trato que se prodigó a los activistas Malcom X y Martin Luther King.

En abril de 1968, la revista Esquire ilustró su portada con Ali como una representación de San Sebastián. El peleador con el torso desnudo y cruzado de saetas como un mártir moderno que resumía una época. Porque eso fue Ali: un entertainer, comediante, mártir, activista. Era el rey del mundo, el ícono popular del siglo XX.