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Perú: escenario sombrío
E

l candidato liberal Pedro Pablo Kuczynski se perfila como el presidente electo de Perú al adelantar a Keiko Fujimori con 12 mil 562 votos, una ventaja considerada irreversible cuando falta por computar únicamente 173 de las más de las 73 mil actas de la segunda vuelta realizada el domingo 5. De acuerdo con este resultado, el veterano político obtuvo 50.12 por ciento de los votos frente a 49.88 por ciento de su contendiente. Pese a esta apretada victoria, el gobierno entrante deberá enfrentar una oposición fujimorista que contará con mayoría parlamentaria absoluta al haber obtenido 73 de los 130 escaños en el Congreso.

No puede soslayarse que el proyecto construido por el fujimorismo es en realidad el de un grupo delictivo arropado por la institucionalidad política, el cual resulta particularmente peligroso por la base de apoyo social construida a partir del reparto de recursos cuyo origen nunca ha sido aclarado. Por ello, constituye un motivo de alivio para la sociedad peruana el que se haya logrado derrotar a la mafia encabezada por Keiko Fujimori desde que su padre, el ex presidente Alberto Fujimori, fue encarcelado por las graves violaciones a los derechos humanos perpetradas durante su gobierno (1990-2000).

Sin embargo, es difícil depositar expectativas de cambio en la figura de Kuczynski, un miembro de la vieja clase política oligárquica que desde hace medio siglo ha combinado su papel de directivo en grandes trasnacionales con el ejercicio de la política. Su ideario de neoliberalismo irrestricto y su cercanía con la industria extranjera de la energía y las minas permiten anticipar una falta de novedades frente a las políticas implementadas por sus antecesores, las cuales enfrentan una oposición creciente de amplios sectores sociales y se han mostrado incapaces de responder a las carencias crónicas del país.

El actual resultado electoral se inscribe en la lucha que ha signado a la política peruana desde que Alberto Fujimori desplazó a la clase gobernante tradicional con el llamado autogolpe de 1992, un proceso que incluyó la disolución del Congreso y la intervención del Poder Judicial. Es deplorable que un cuarto de siglo más tarde, la disputa por la Presidencia siga siendo una lucha entre estas dos facciones políticas, y no un proceso que contraste alternativas para resolver los graves conflictos sociales acumulados en Perú.

Cabe recordar que el mandatario saliente, Ollanta Humala, llegó al gobierno gracias a un discurso crítico hacia las medidas neoliberales que habían exacerbado la desi-gualdad económica y atizado el descontento social, pero ya en el poder se plegó a esa misma lógica de corrupción institucional. Este viraje muestra la capacidad de las facciones tradicionales para neutralizar propuestas transformadoras y explica el tremendo desgaste del mandatario saliente, quien deja el cargo con una aprobación de apenas 17 por ciento.

En un escenario tan sombrío para la nación andina, cabe hacer votos porque Kuczynski lleve adelante al menos una administración honrada y con sentido de país, más allá de las limitaciones que su proyecto permite vislumbrar desde ahora.