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Réquiem por un sueño americano: Noam Chomsky
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os aficionados a Nextflix debieran ver sin falta la extraordinaria entrevista que ahí aparece de Noam Chomsky, uno de los intelectuales más conocidos e influyentes en el mundo de nuestro tiempo. En esta entrevista, aparte de una multitud de observaciones agudas sobre la actualidad, Chomsky expone sintéticamente las ideas que han dominado el desarrollo del capitalismo estadunidense en las décadas recientes, y nos entrega un fresco muy impresionante: el totalitarismo y el dominio desde arriba que prevalece en esa sociedad, así como la disminución de la democracia efectiva, lo ha llamado, como el título de este artículo, Réquiem por un sueño americano.

Como definición general Chomsky nos dice que la desigualdad creciente en Estados Unidos se origina esencialmente por la extrema riqueza que ha crecido exponencialmente en ese país en las décadas pasadas, en que 1 por ciento de la población controla 90 por ciento de la riqueza nacional. Lo que ha ocurrido es que la concentración en manos de los superricos ha terminado por corromper y aun destruir la democracia de ese país, que se supone es uno de sus elementos fundadores.

Lo que ocurre es que en un país con tamaña concentración de riqueza la democracia está corrompida o distorsionada desde su origen, ya que los amos del dinero tienen medios suficientes para modificar o determinar la opinión pública, poniéndola al servicio de los partidos políticos y candidatos afines a los oligarcas que, llegado el caso, en los puestos de elección, estarían dispuestos a defenderlos incondicionalmente: los amos del dinero se convierten en verdaderos amos de la opinión pública y de la política. Esto se ajusta a determinados párrafos de la más célebre obra de Adam Smith, La riqueza de las naciones, uno de los grandes clásicos del capitalismo, que ya anuncia, desde el siglo XVIII, la vocación de poder y su ejercicio por parte de las clases adineradas.

Pero lo que cuenta de la democracia en el sistema –dice Chomsky– es más la riqueza que las corrientes de opinión pública. Es decir, en el capitalismo la opinión pública que influye es la que se cocina arriba, en los círculos privilegiados, no la que viene de abajo, del trabajo, y este rasgo de la sociedad distorsiona a la democracia, y, como diría directamente Madison, esta democracia sirve directamente para proteger a las minorías ricas de las mayorías pobres.

Cuestión, por cierto, que no es nueva, anota Chomsky, porque desde la democracia de Aristóteles se buscaban disminuir las carencias de abajo para frenar las reivindicaciones y exigencias del pueblo, y amenazan la situación de los privilegiados.

El autor se pregunta: ¿cómo es posible que haya 40 millones de pobres en Estados Unidos? Y concluye, como muchos otros, que es indispensable contrarrestar las exigencias, sobre todo las que vienen de los más jóvenes, porque suelen ser las más explosivas. Es por eso que, al final de los años 70 y principios de los 80, se rediseña el entero sistema capitalista, ya que antes buena parte del dinero de las empresas y de los bancos permanecía inactivo.

Tal es el neoliberalismo: las instituciones financieras se multiplican, tal vez por 40 o 50, justamente para poner en movimiento el llamado dinero inactivo. Fue tan radical el cambio que en muchas empresas sus divisiones financieras fueron en adelante las más importantes. Lo que se proponían fue producir dinero con más dinero, con el llamado capital inactivo acrecentado que se producía y reproducía a placer. Por supuesto que esta situación dio origen a escándalos y fraudes de proporciones gigantescas que incrementaron justificadamente la imagen del capitalismo estadunidense como uno marcado por la inmoralidad y la corrupción.

El nuevo sistema tenía por objeto producir más dinero con el dinero, por arriba de los bienes y servicios. Tal ha sido una de las mayores reconversiones de la economía mundial: sobre todo su sistema de financiamiento, lo cual implicó también mayor concentración de la riqueza, y, al mismo tiempo, trabajo para todos, pero menos trabajo para los pobres, para la clase proletaria en general, y menores ingresos para los trabajadores. En esta fase de la economía capitalista se cumplía plenamente el principio de que en el sistema se mueven los capitales, a veces con la velocidad de la luz, mientras los trabajadores permanecen arraigados a sus sitios de origen o de trabajo tradicional. Sobre la dinámica del dinero la parálisis del trabajo.

Chomsky señala que uno de los responsables más reconocidos (y criticados) por este rotundo cambio en la economía fue Alan Greenspan, quien, contra la corriente dominante, fue partidario de la desregulación de las actividades financieras y bancarias, que hoy la mayoría de autores serios en Estados Unidos sitúan en el origen de la gran crisis económica del segundo quinquenio del siglo, con repercusiones mundiales. Greenspan fue presidente de la Reserva Federal durante varios sexenios (bajo Ronald Reagan, Bush padre e hijo y Bill Clinton). Fue también uno de los mayores artífices de la concentración mundial de la riqueza y del acrecentado intercambio internacional conocido como globalización.

Naturalmente una de las herramientas más eficaces para lograr estos cambios y reorientación de la economía fue el control por los consorcios de los principales medios de comunicación que les han servido para imponer una imagen del mundo que muchos, en regiones enteras, estuvieron dispuestos a seguir. Estaba, pues, establecido un modelo de consumo que aseguraba una gran rentabilidad para los consorcios internacionales y que hizo posible también la creciente acumulación. Naturalmente que una sociedad construida así se asemeja, quiéralo o no, concluye Chomsky, a las sociedades totalitarias.

Entre los cambios que se propuso el nuevo sistema fue criticar la solidaridad de los desposeídos que se asomaba aquí y allá y que podía poner en peligro la solidaridad de los ricos. El sistema fue siempre muy severo en contra del sindicalismo e inventó fórmulas originales para alentar la concentración de la riqueza y el empobrecimiento de los pobres: por ejemplo, trasladar en buena medida el impuesto sobre las ganancias al de consumo (todo mundo debe pagar IVA).

Otra de las actualizaciones que realizó el sistema fue el de las privatizaciones en gran escala, en Estados Unidos comenzando por la educación pública.