Opinión
Ver día anteriorLunes 13 de junio de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Los votos perdidos
C

on los comicios (en lo que hoy se da por democracia) pasa lo que con los mantras del neoliberalismo que gobierna nuestras vidas: se sabe que están mal, intrínsecamente; nos la pasamos insatisfechos con sus resultados pero concluimos que no hay opción, ¿por pereza, miedo, falta de imaginación, ingenuidad, fatalismo, conformismo? En México, nuestra existencia legal se construye a partir del hecho de que somos personas electoralmente registradas. Sin credencial de elector no eres ciudadano. Aunque su uso específico sea identificarnos cada tres o seis años cuando las autoridades nos llaman a votar por ellas mismas, esa mica es indispensable para existir bancariamente, acceder a contrataciones, licencias, pasaportes, visas, permisos, títulos. Equivale a lo que en otras partes del mundo llaman cartilla de identidad, pero aquí este documento básico sólo está ligado a la emisión del sufragio.

Paradójico en un país donde la palabra elecciones se asocia popularmente a prácticas de mala fe, ilegales o mentirosas. Fraude. En cada ocasión hay ciudadanos que hacen la lucha para cubrir el requisito electoral impulsando candidatos que gobernarían con mejores intenciones que los anteriores. Son los que nunca ganan aunque ganen. Los que no deben ser elegidos, según los verdaderos dueños del escenario electoral que corre por avenidas de doble vía, ida y vuelta, entre el colegio autónomo en la materia y el poder político. Contra toda esperanza, justos ciudadanos, dignos de Ibsen, se reorganizan para la siguiente con la ilusión de que entonces sí vamos a desembarazarnos de estos pillos.

En el último tramo de su vida Jean Paul Sartre arremetió contra las elecciones en el ensayo Trampa para necios (Les Temps Modernes, 1973; recogido en Situaciones X) en términos que hoy están casi que prohibidos. El que vota institucionaliza su falta de poder y confirma que una discutible legalidad se impone a la legitimidad: Cuando voto, abdico a mi poder, que consiste en la posibilidad de juntarme con otros y formar un grupo soberano sin necesidad de representantes. Al votar reitero que nosotros, los votantes, somos otro y no nosotros mismos, y que no podemos desertar del pensamiento serial (para Sartre opuesto al pensamiento de grupo, o colectivo, que sin trasladarlo mecánicamente a nuestro contexto bien puede aplicarse a las prácticas de comunalidad indígena y campesina, precisamente donde el corset partidario-electoral resulta más tóxico). Así, votamos por la institución política que nos mantiene en un estado de serialización sin poder.

El santón Sartre después de muerto fue condenado por la izquierda (especialmente el comunismo reformado), la derecha, las feministas, los nacionalistas, la academia, los analistas políticos y hasta sus biógrafos. (El que se lleva se aguanta, claro; tenía la mano pesada y la pluma polémicamente cargada.) Hasta pareció derrotado por los anticomunistas Raymond Aron, Albert Camus, los nuevos filósofos y demás). Calló largamente por Stalin, siempre optó por la revolución, la revuelta, Cuba, la China de Mao, la acción directa, los árabes contra los israelíes, los condenados de la Tierra. Puras posturas pasadas de moda a finales del siglo XX.

Este Sartre penúltimo venía de la espuma y la resaca del 68, y enfrentaba unos comicios en Francia que confirmarían a los gobernantes contra los que había luchado el pueblo. Mas no debemos restringir lo que escribe a la circunstancia temporal o su radicalización tardía. “Los electores provienen de infinidad de grupos, pero ante la urna dejan de pertenecer a su comunidad y se convierten en ‘ciudadanos’. La casilla electoral en el vestíbulo de una escuela o el ayuntamiento es el símbolo de todas las traiciones que el individuo puede cometer contra el grupo al que pertenece”. Aunque la lógica dominante alega lo contrario, para Sartre la promesa del voto secreto, condicionado por la propaganda y las promesas, es la madre de todas las traiciones.