Opinión
Ver día anteriorLunes 11 de julio de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La razón sensata y los sinsentidos
Hermann Bellinghausen
E

n la selva del pensamiento, que como tantas otras selvas y sabanas está en peligro de extinción, crepitan grillos, chicharras, escarabajos, bichos. Con su persistencia, nos están llamando la atención. Pero la atención en estos tiempos la acaparan las distracciones y las desgracias, que también distraen y hacen correr a la gente. Ambas ocupan nuestra permanente atención y nos hacen desatentos a lo que está faltando: el uso de la razón sensata. Porque razón, todos la tienen. Es cosa de preguntarle a quien sea si tiene la razón y de inmediato nos va a decir que claro.

Lástima no saber como el ornitólogo y el campesino el nombre de ésta, o esa, o aquella ave que combinan sus voces, las sobreponen en un verdadero concierto de las especies. Invisibles, adentro de la verde espesura, cuando canta chiflan, gorjean, tremolan, vocalizan, matizan, exclaman o susurran. Pero son inconstantes, volátiles, nerviosas por naturaleza. Los bichos de rechinar, en cambio, son perennes como la piedra. Están aquí, en mañanas como ésta, desde la antigüedad más remota. Ellos, si algo o alguien, tienen la razón. Metáfora no es, ni pensamiento mágico. Por supuesto, las chicharras no piensan, ¿verdad, míster Darwin? Pero lo hacen mejor que nosotros. En su abismal ignorancia de ser simple, sometido al destino como ninguno de los mortales de Eurípides, y en cuestión de días, semanas a lo más, se las arreglan para ser eternas o lo más parecido.

A partir de estos seres fugaces y deleznables, las sociedades campesinas que podríamos llamar profundas o ancestrales llegaron a la conclusión en que basan todo su ser colectivo de pueblos: con la tierra no se juega, la tierra no se juega. Perteneció a los abuelos y pertenecerá a los hijos. Si esta conclusión se mantiene, estos hijos dirán a sus hijos como a sus padres dijeron sus padres: esta tierra es de ustedes, no nuestra. O sea que la Tierra no es de nadie, pero los territorios deben estar a cargo de quienes lo cuidan, no de cualquier imbécil con dinero, ambición y poder que ande de culo pronto en otro lugar del mundo.

Por eso resulta incomprensible la tozudez racionalista de decenas de científicos premios Nobel apoyando con entusiasmo los intereses más depredadores contra la vida natural en el planeta a nombre del avance de la ciencia y sus aplicaciones en la vida humana. Muestran la arrogancia del hombre blanco y de sus imitadores, y confirman algo doloroso, que uno no esperaría de la Gran Ciencia: que con dinero baila el perro.

No es la primera vez, ni mucho menos, que la ciencia se muestra tan estúpida, pero permite poner en perspectiva el verdadero sentido de los sobrevalorados premios Nobel de ciencia. Los galardonados son siempre beneficiarios, protegidos, subsidiados, promovidos y patentados por el gran capital. Lo que antes parecía un acto de oportunismo, cínico pero con buenos propósitos, hoy se sabe que es y sólo es cómplice de la depredación suicida. Pero, contra la evidencia empírica, traicionando el principio básico de su quehacer racional, los científicos más condecorados del mundo demandan luz verde para los transgénicos de Monsanto y Cargill, que a su vez potencian hasta la estratósfera los fertilizantes, insecticidas y exfoliantes cada día más agresivos y definitivos para el porvenir del suelo de un mundo que nunca comprendieron.

¿En qué estarán pensando estos malos sabios, como si no vieran que esos avances (no todos, pero sí esos que tienen que ver directamente con los suelos del mundo) desertifican, pervierten, desgastan, desaparecen millares de formas de vida, innumerables billones de semillas y pequeños seres en un Tierra cada día más caliente? ¿Que porque los alimentos diseñados van a alimentar a los millones de pobres que le dan trabajo al señor Meade y sus risibles puentes aéreos, por ejemplo, siendo que hoy los campesinos producen, todavía, la mayor parte de los alimentos del mundo? Esto hace de los señores Nobel verdaderos profetas del hambre. Vergüenza había de darles.