Opinión
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¿Origen es destino?
Jorge Durand
H

ace ya una década, uno de mis alumnos de maestría en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) me contó que él y su hermana estaban en la universidad, pero ninguno de sus primos lo había logrado. Su explicación era muy simple: la madre los obligaba a quedarse en casa hasta terminar sus tareas. Todos los primos, igualmente hijos de jornaleros agrícolas, llegaban de la escuela y se ponían a jugar.

Para este estudiante exitoso de la UCLA la explicación era esa: su madre. Algo que confirman muchos estudios, con respecto a la importancia de la educación de la madre, en este caso, ella había cursado algunos años de universidad. Es el contexto de origen, el capital humano y social de la familia, lo que puede influir de manera decisiva en el comportamiento posterior de los hijos de los migrantes. No sólo es el contexto de llegada, como tradicionalmente se afirmaba y se recalcaba. Las dificultades para integrarse, el llamado proceso de asimilación segmentada, influyen, pero no son el único factor a tomar en cuenta.

Ésa es una de las conclusiones a las que llega Enrique Martínez Curiel en su libro Los que se van y los que se quedan, recientemente publicado por la Universidad de Guadalajara y premiado como la mejor tesis de doctorado en ciencias sociales y humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México.

La novedad, como suele suceder en los estudios que marcan una diferencia, es el cambio de perspectiva. Los estudios de segunda generación de migrantes casi siempre se han investigado en el lugar de destino y no tienen la perspectiva del lugar de origen. Más aún, hay que tener las dos perspectivas, estudiar a los que se van y a los que se quedan, trabajo comparativo en el que destaca la aportación de Martínez.

En las localidades de origen de los migrantes de la región histórica, el proceso de selectividad ha cambiado. En la actualidad, para el caso de Ameca, Jalisco, los menos educados se quedan en el pueblo y los profesionistas suelen ser migrantes internos y abandonar su lugar de origen. Por su parte, los que optan por la emigración a Estados Unidos suelen tener un nivel educativo intermedio.

La conclusión no puede ser más desoladora. Las comunidades de origen pierden capital humano por la migración interna e internacional. Y en una comunidad como Ameca, que es la puerta de entrada a la Sierra Madre en esa región, las opciones de los jóvenes para engrosar las filas del narcotráfico son cada vez más atractivas.

Además de ser una investigación con carácter binacional y orientada tanto a estudiar los migrantes como a los no migrantes, el estudio se enfoca desde la óptica familiar. La familia, entendida ya no como una institución monolítica donde priman las estrategias familiares, sino como un espacio donde la individualidad de los hijos y cónyuges juega cada vez más un papel determinante.

No obstante, las aspiraciones educativas de los hijos de migrantes están directamente relacionadas con el tipo de parentalidad que predomine en la familia. Según Martínez se pueden distinguir cuatro tipos: autoritario, democrático, permisivo y negligente. Y la conclusión no deja de llamar la atención. Los modelos parentales negligente y permisivo repercuten directamente en una escolaridad mucho menor que en el caso de las familias de corte autoritario o democrático. Pero el asunto es mucho más complejo y se relaciona con el tipo de familia biparental o monoparental, una realidad que ya no se puede soslayar en el análisis.

El contexto familiar es sin duda un elemento fundamental para poder evaluar y distinguir los comportamientos escolares de los hijos de migrantes. Pero al mismo tiempo, la familia se enfrenta a un entorno bicultural, donde los padres actúan de acuerdo con sus criterios, marcados profundamente por el lugar de origen, y los hijos, que ya van a la escuela y hablan inglés, están integrados al lugar de llegada. De este modo, en muchos casos, los padres de familia pierden poder e influencia ante los hijos, que suelen conocer mejor el medio, las normas y el funcionamiento mismo del sistema.

La biculturalidad también se expresa en la manera de percibir y apreciar las relaciones familiares. Los padres esperan, al modo mexicano, que sus hijos les agradezcan por todos los esfuerzos que han hecho por ellos. Especialmente las madres que esperan de sus hijos ayuda, apoyo y consuelo. Pero los hijos, ya nacidos en Estados Unidos, se vuelven más exigentes, no son conscientes de lo que ha costado lograr lo que tienen y siempre exigen más. Peor aún, consideran que su situación es deplorable porque viven en barrios de inmigrantes, se le llama latinos y forman parte de la clase trabajadora. No participan para nada de la clase a la que sus padres pretenden pertenecer, la de emigrantes exitosos, desde el punto de vista de su comunidad de origen.

Sin embargo, no todo es conflicto y calamidad. Paradójicamente los hijos de migrantes indocumentados, los que forman el llamado grupo de los dreamers, que llegaron de pequeños, son los que ponen más empeño en la escuela y se esfuerzan para poder entrar en la universidad, a diferencia de quienes nacieron en Estados Unidos. Al fin y al cabo son inmigrantes, luchadores, mientras sus hermanos nacidos en el país vecino son ciudadanos y permanecen en una situación de confort.

Paradojas y complejidades de la familia que se queda en el pueblo o que vive allá, más allá de la frontera. En todos lados se cuecen habas, se forman y se disuelven familias, se tiene hijos y estos tienen aspiraciones diferentes. Pero hay patrones que se establecen desde del contexto de lugar de origen y el contexto de llegada.

El libro de Enrique Martínez se adentra en toda esta problemática, a partir de un conocimiento profundo y personal de la localidad estudiada y más de veinte años de experiencia en los estudios de la migración mexicana a Estados Unidos.